Lo más raro de Moka era que no le gustaban las hamburguesas. Se lo pregunté desde el primer día en que llegó a ocupar el lugar que estaba a un lado del mío en nuestro pasillo de Monitoreo de Rendimiento.

En realidad, esa vez le hice el interrogatorio completo. No era nada personal, sólo trataba de romper el hielo: “¿Y tú qué estudiaste? ¿Te acabas de graduar? ¿Tienes novio? ¿Qué te gusta hacer en tu tiempo libre? ¿Y te apuntas para los viernes de hamburguesas?”

–Sí, Gazcón. Me apunto –me dijo en aquel momento con una carita dócil que, luego supe, sabía poner de vez en cuando.

Sin embargo, cuando se llegó el mediodía de su primer Viernes H, Moka no hizo fila detrás de la gavilla de oficinistas que abarrotábamos el Carl’s Junior con el secreto deseo de pedir un Combo Kids para recuperar doscientos cincuenta gramos de nuestra infancia perdida.

En su lugar, la chica se sentó en una de las sillas amarillas, sacó un topercito lleno de carne en su jugo hecha en casa, le echó limón y empezó a comer sin sentir ninguna tentación por nuestras Bacon Cheeseburgers. Tampoco se rió de los chistes que contábamos en la mesa para tratar de amainar un poco de ese tedio que era igual al tedio de todos los días en el comedor industrial, sólo que un poquito distinto porque hombre, no es lo mismo tedio que tedio con tocino y extra queso.

También ese día fui yo quién le preguntó por qué no había pedido una hamburguesa y ella simplemente me dijo:

–Pues porque están caras, Gazcón.

Lo raro del asunto fue que se le siguieron haciendo caras aun después de cobrar su primera quincena.

–Moka, tú ganas lo mismo que yo, ¿no? En eso estamos de acuerdo. Entonces, ¿por qué te parece caro comprarte una hamburguesa de Carl’s Junior? La vida y el salario son para disfrutarse. ¿O qué? ¿Estás ahorrando cada centavo para retirarte antes de los treinta? –me dio por preguntarle algunos días más tarde, aunque la verdad es que su rechazo por las hamburguesas era solamente la puntita de una serie interminable de rarezas.

Moka, por ejemplo, carecía del entrenamiento necesario para aguantar el día entero montada en una silla giratoria y mirando gráficas de rendimiento en el monitor de su computadora. Se pasaba el día entero probando todas las posiciones del kamasutra del oficinista sólo para al final concluir que no, que otra vez era hora de levantarse de la silla con la excusa de irse a comprar otro mokachino.

–A ti nadie te cree que tomas tanto chocolate. Mírate qué flaca estás –le decía yo y Moka me respondía con la sonrisa turbia de un niño que efectivamente se ha tomado muchísimos chocomiles.

Cuando lograba estar sentada más de cinco minutos, yo volteaba a verla y la descubría leyendo a escondidas una revista que se llamaba “Acertijos Semanales”. Otras veces tenía Youtube abierto y discretamente me llamaba para decirme:

–Gazcón, ¿quieres ver un video de creepypastas?

–¿Y qué es una creepypasta, disculpa?

–Son historias de terror y misterios inexplicables que circulan en internet.

Muy rauda para contestarme esas cosas, sí, pero la muchacha no soltó prenda cuando le pregunté si pensaba jubilarse antes de los treinta años.

–Y a ver, si te retiras antes de los treinta –seguía galopando yo –¿qué vas a hacer con el resto de tu vida? ¿Has oído de la gente que se retira muy joven y luego se deprime porque se siente inútil e improductiva? ¿No te da miedo que eso te pase?

–Gazcón –finalmente Moka levantó la vista de su monitor y me miró con el cansancio de un barco que hubiese naufragado durante muchísimo tiempo –¿Y tú de veras crees que es muy productivo pasarte el día entero fisgando en una grafiquita? ¿Qué estamos produciendo aquí según tú, Míster Productivo?

Ya ni me dejó balbucearle una respuesta sobre cómo el que no produjéramos nada tangible no demeritaba el valor de nuestro trabajo. “Todos aquí nos necesitan. Somos los enfermeros de la organización: medimos sus signos vitales y somos la primera respuesta en caso de malfuncionamiento, ¿crees que eso es poca cosa, señorita?”, era mi intención decirle, pero ella se levantó y me dejó con mi cursilería laboral colgando como un hilito de baba afuera de mis labios.

Cuando volvió, le dio por rematarme con una estocada:

–¿Sabes por qué te intrigo tanto, Víctor Gazcón? –Para fingir que no le daba importancia, yo mantuve los ojos guardados adentro de la seguridad de mi gráfica. –Porque de seguro lo que tú querías en la vida era ser psicólogo y no ingeniero de monitoreo, ¡a qué sí, Gazconcillo!

Sentí como si me hubieran encajado un clip afilado en uno de los oídos.

–Cállate o le voy a reportar al mánager que te pasas el ochenta por ciento del turno haciendo quiénsabequé afuera de tu puesto de trabajo.

Me imaginé que vería el terror a perder la estabilidad laboral y a caer en la indigencia reflejado en su rostro, pero la muchachita ni se inmutó. En lugar de eso, miró hacia todos lados y luego me dijo:

–¿Sabes a quién sí deberías de denunciar por pasar demasiado tiempo afuera de su puesto de trabajo?

Yo también miré hacia todos lados y vi a Hilda y a Katya moviendo sus manitas de hormiga; vi a Germán y a Beni-Thor concentrados, con sus cubículos atiborrados de afiches con el logotipo de nuestra Compañía de Equipos de Cómputo del Hematoma Punzante; vi a Manuel picándose un ojo delante de su gráfica, a Max escuchando a David Guetta a todo volumen mientras pretendía atender a su monitor, a Martín mirando descaradamente una página web de motocicletas y, a un lado de Martín, vi un asiento vacío.

–¿¡A Tony!? –me sorprendí.

Moka sonreía como quien se ha encontrado un billete de cincuenta pesos en los bolsillos del último pantalón del armario.

Y entonces, en uno de esos arrebatos de confianza que sólo ocurren cuando uno es emparedado vivo en el cubículo de un corporativo transnacional, Moka me confesó que no se levantaba constantemente de su lugar para ir por Mokachinos ni para jugar partidas de ping-pong o futbolito con otros renegados del corporativo.

No. Todo el tiempo lo que hacía era vigilar a Tony. A Tony-Matatony, como le llamó ella.

“¿No te parece que Tony tiene los dientes demasiado redondos?”, empezó a decirme a partir de ese día. “Tienes que admitir que tanta redondez dental es un poquito siniestra.” “Y esa panza de mafioso… Y esas manos gruesas como de torturador medieval… ¿no te parece que Tony es en realidad un asesino a sueldo?”

A mí, por supuesto, me pareció una ridiculez toda la idea de que uno de nuestros compañeros de trabajo fuera en realidad un sicario, pero Moka se comportaba como un vendedor de bienes raíces que pretende convencer a un incauto de la solidez de un edificio de veinte pisos construido sin cimientos.

–Pst, pst. ¡Víctor! Voltea a ver a Tony –me decía a menudo con el único afán de interrumpir mi amor por mi gráfica y entonces yo –siempre tan débil– volteaba y efectivamente descubría que Tony estaba instalando unos biombos en su escritorio para que nadie pudiera husmear en el contenido de sus monitores.

Otras veces me señalaba con los ojos a los tipos grandulones y barbados con los que Tony departía en la cafetería de la planta.

–Tal vez forman parte de un club de vikingos –le decía yo en un intento desesperado por resistirme a firmar el crédito hipotecario de un penthouse en el último piso de su edificio sin cimientos.

También me hacía notar la forma inmoral en la que Tony volvía la cabeza a un lado y a otro siempre que caminaba por los pasillos de la planta y la voz arrastrada con la que tomaba las llamadas telefónicas que le hacía su presunta esposa.

–¿Cómo sabemos que en realidad habla con su esposa y no con su cómplice? ¿Qué tal si cuando le dice “y no te olvides de comprar queso manchego en el súper”, en realidad le está diciendo en código que no se olvide de echar los cadáveres en el tambo de ácido?

–Moka, bájale tres rayitas a tu imaginación –la reprendía yo, pero Moka insistía tanto y todos los días en cómo, si alguien no lo impedía, Tony-Matatony iba a continuar con su escalada sin fin de crimen, terror y estrangulamientos, que un día finalmente me endeudé a veinte años para poder comprarle uno de los departamentos de su edificio construido con chicles.

Moka me condujo por los pasillos de la planta del Hematoma Punzante para entregarme las llaves del habitáculo y luego seguimos a Tony-Matatony en una de sus rutinarias escapaditas.

Fuimos a seguirlo –quién diría que el Matatony se iba tan lejos– hasta un páramo terregoso que se bañaba todos los días con el polvo y el smog del Periférico.

Quizás deba admitir que ese día me sentí expectante. Imaginaba que veríamos a una Suburban negra pararse delante del Matatony y entregarle un paquete misterioso o alguna otra escena sacada de una película de mafiosos.

Pero no.

En lugar de eso, Tony se sentó en el páramo con las piernas cruzadas y permaneció allí durante un pesado y larguísimo tiempo.

No hubo crimen ni transacciones delictuosas. Sólo hubo hastío.

Hastío y Tony sentado en el páramo mientras la condena del sol vivo pesándole sobre los hombros empezaba a diluirlo sobre la tierra, a hacerlo verse menos como un hombre y más como el fantasma de alguien que se hubiera muerto a la espera de que le dieran un ride al borde de la carretera.

–¿Qué hace?

–No sé. Se sienta ahí todos los días –dijo Moka–. Está arrepintiéndose de sus crímenes, supongo–. Pero yo sentía que quizás Tony podía ser o no ser un asesino, eso era cosa suya y, fuera de la redondez siniestra de su sonrisa y de sus manos de torturador, no teníamos ninguna evidencia que lo condenara.

Pero sí teníamos evidencia del crimen de su espera.

Al ver a Tony ahí encallado sobre un montecito de tierra seca, yo mismo me sentí culpable de una espera beige, me sentí como una montaña que todos los años va con el mánager a su revisión de objetivos y escribe que su única meta en la vida es esperar a que el tiempo y la geografía la erosionen.

Sentí que en realidad todos los empleados del pasillo de Monitoreo éramos culpables de ser todos los días montañas inútiles que miran una gráfica sin nombre y aguardan el desastre debajo de un sol que las transparenta, que les derrite la vida un poquito más todos los días.

También sentí que quizás nuestro crimen –un crimen de inmovilidad– no encontraría jamás el perdón en toda la Tierra.

–Moka, Tony no es ningún asesino. Ese hombre solamente está esperando.

–Ajá, pero ¿qué es lo que espera?

–Pues yo qué sé, Moka. Eso es cosa suya, vámonos –le dije y pretendí alejarme del carrito de tacos detrás del cual nos ocultábamos para espiar al Matatony.

Moka me miró como si me dijera “Pero no seas aguafiestas, Víctor. ¿Que no quieres descubrir el secreto de Tony?”, pero yo sentí que si cedía ante esa mirada me convertiría en cómplice de un crimen más horrendo que el de la espera.

Así que me fui. Me fui y al día siguiente escribí una línea nueva en mi agenda de metas trimestrales: me propuse empezar a ser muy grosero con mi compañera.

Le respondía con gruñidos, dejé de hacerle preguntas, jamás la volteaba a ver, empecé a burlarme de sus topercitos con comida casera. Quise hacerle creer que no la soportaba, que no le levantaría el castigo hasta que no renunciara a esa absurda idea de que Tony era en realidad un sicario de la mafia italiana pretendiendo asesinar al director general del Hematoma Punzante por motivos de un lío de faldas.

Hice todo eso, pero en secreto yo también empecé a seguir al Matatony. Seguía a Moka cuando ésta seguía a Tony y me ocultaba detrás de un segundo carrito de tacos para espiarlos a los dos.

Nos hundíamos así los tres en una cadenita de esperas inflamatorias: Tony esperando volverse roca, Moka esperando que Tony matase y yo esperando… yo no sé qué estaba esperando.

Porque Moka era arrastrada a esa locura por la enfermedad de su imaginación. A mí no sé qué me arrastraba.

No sé qué era, pero todos los días después de espiar al Matatony me devolvía a mi cubículo con un incremento de mi estadística de cansancio, de tristeza y de náuseas. Empecé a temer que pronto mis números ya no cupieran en mi gráfica: temí convertirme en un incidente, en una falla de rendimiento presta a ser atendida por las manos de hormiguita de Hilda y de Katya.

En medio de ese desastre, Moka había terminado por aceptar mi desprecio. Ya no me hacía pst, pst, ya no me interrumpía para enseñarme creepypastas ni videos de cosas extrañas en Youtube, ya no me ofrecía traguitos de su mokachino.

Quise creer que estaríamos bien con ese silencio, pero un día Moka se me plantó enfrente y yo no tuve otro remedio que mirarla. No supe en qué momento las mejillas se le habían hundido un poco y los ojos se le habían puesto tristes como las pelotas de ping-pong con las que dejé de jugar cuando me convencí a mí mismo de que siempre estaba muy ocupado para esas cosas.

–Ya sé qué es lo que espera Tony –me dijo.

Miré a Moka sin decirle nada.

A ella los labios le temblaron como si quisiera decirme algo más, pero, cuando finalmente habló, estoy seguro de que dijo una cosa distinta de la que pensaba:

–Yo ya no quiero esperar más, Víctor –dijo y, a los pocos días, me enteré de que Moka había renunciado al Hematoma.

Después vino su silla giratoria vacía y la ceniza de los monitores que quedaron encima de su escritorio. Nadie volvió a usarlos. Nadie nunca se sentó de nuevo en el cubículo de Moka.

Nadie resintió la ausencia de Moka, quizás yo fui el único que cruzó con ella más de cinco palabras, sí, pero su partida dejó una huella curiosa. Una maldición, quizás sería justo nombrarla.

Dos semanas después renunció Katya. Luego se fue Hilda también. Manuel se salió para montar un estudio de videojuegos y Martín empezó a dedicarse a tiempo parcial a la compraventa de motocicletas modificadas. Las últimas palabras de Moka se habían propalado como un contagio: “Ya no quiero esperar más, ya no quiero esperar más, Víctor”, y por eso todos se iban.

Porque aceptémoslo: nadie quería estar aquí. Todos estábamos, sin embargo, embarrados al asiento y sobornados por los viernes de hamburguesas en Carl’s Junior, compitiendo para ver quién de nosotros podía esperar más, podía esperar mejor antes de nunca irse.

En medio de tantas renuncias, era yo el que ganaba la competencia.

Un día decidí que mi victoria carecía de importancia, así que me levanté de mi asiento. Volví al páramo en el que esperaba Tony y me senté a su lado.

Miré junto a Tony los autos que pasaban por el periférico y pensé que aquí estaba igual, esperando. Pensé que quizás me volvería de roca o quizás me erosionaría hasta la muerte, pero al menos había sol y había tierra.

Al menos aquí el viento y el polvo podrían decírmelo:

¿Qué estamos esperando, Tony?

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