Ahora que acaba de pasar el Día de Muertos, deberíamos de tomarnos un rato para hacerle un altar a nuestros abortos de cuento.

Sí, hablo en serio. Todos tenemos por ahí ese texto en el que, después de mil o mil quinientas palabras, decidimos que no teníamos ni idea de a dónde rayos estábamos yendo. O ese cuento que empezó con una muy buena idea pero que, después como de 8 borradores, nada más no terminó de cuajarnos.

Quizás, de hecho, tenemos varios textos que cumplen con el requisito así que, ¿por qué no hacemos un altar (es decir, hacemos una lista) con las ideas abortadas a las que más les tuvimos cariño?

Pero, ¿para qué rayos le voy a hacer un altar a mis ideas fracasadas?

Bueno, por varias razones:

En primer lugar, pasarle revisión a tus textos aborto hará que te preguntes si hay alguno que todavía puedes salvar escribiéndolo desde un nuevo enfoque. Habrá otras cosas, claro, que ya no tengan ningún remedio.

En segunda, contarnos nuestras ideas muertas es una forma de quitarle importancia a los pequeños fracasos. Sí, ese cuento nunca salió pero, si me cuentas la idea en bruto, quizás me saques una risita o me evoques una emoción breve. Así quizás descubras que el aborto de cuento por lo menos sirvió de algo y con eso le extiendas un pequeño carnet de existencia, los dos segundos de fama que se merece ese adefesio que quiso ser mucho y nada más no pudo ser gran cosa.

En tercera, hágamoslo para que circulen las ideas, para combatir esta filosofía horrorosa de tenerle miedo al plagio. Tratemos de aprender que las ideas no son de nadie o que las ideas son de quien las trabaja.

Siempre me ha gustado sostener la teoría de la imposibilidad del plagio. Y es que me parece que un cuento no es un cuento: un cuento es el producto de una configuración única de circunstancias: el imaginario personal del escritor, su existencia particular en cierto lugar y en cierto tiempo, el carácter aleatorio con el que una idea nos brota en el cerebro, las lecturas del escritor, su disposición de ánimo, su capacidad técnica en un determinado momento.

En fin, que si alguien toma un cuento tuyo, lo registra a su nombre y lucra con él, te está robando los beneficios que debieses haber obtenido gracias a tu trabajo, pero no puede robarte lo demás. El plagiador nunca podrá recrear tu configuración única de circunstancias. Tú sí porque tú eres la fuente de esas mismas circunstancias.

Si comentas una idea en bruto con un amigo y tu amigo escribe un cuento acerca de esa idea, no te está robando nada. Las ideas fluyen. La particularidad imposibilita que, aun partiendo de la misma idea, tú y tu amigo escriban exactamente el mismo cuento así que, si acá partimos del hecho de que tenemos algunas ideas que terminamos por abortar, ¿por qué no se las regalamos a alguien en lugar de echarlas a la basura?

Tal vez a ti ya no te sirvan pero quizás alguien allá afuera pueda hacer algo interesante con tus desechos.

Explicada la iniciativa, aquí les dejo mi altar:

  1. Alguna vez fui amiga de un robot tropical.

Me propuse hacer un cuento sobre una chica que intenta ayudar a su amiga robot a pasar la prueba de Turing. La prueba de Turing le permitirá obtener el estatus legal de persona y evitar la discriminación que sufre debido a su estatus de seudopersona. Claro, para ello hay que saltarse la ley porque hay ciertas implicaciones que impiden que la chica robot se presente a las pruebas de Turing organizadas por el gobierno. La chica robot, por cierto, habla con acento tabasqueño y es la responsable de leer los turnos y los avisos oficiales en una oficina del Seguro Social.

En fin, intenté escribir este cuento en unos cuatro borradores y nunca me cuajó. Ahí les dejo la idea.

2. La Virgen del Topo

Una chica invita a su amiga a la peregrinación de la Virgen de Talpa y la amiga le tiene miedo a los topos. Detalle irrelevante hasta que resulta que en Talpa hay topos. Unas apariciones creepies de topos hacen que las chicas descubran que hay una peregrinación secreta ocurriendo debajo de la tierra: los peregrinos humanos recorren la superficie para visitar a la Virgen de Talpa, y los peregrinos topo, en una especie de espantoso reflejo, recorren el subsuelo para visitar a la Virgen Subterránea del Topo.

Existe este tópico de que, quien peregrina a Talpa una vez, termina peregrinando toda su vida. Ah, pues las chicas descubren que en realidad uno termina peregrinando después de la muerte también, pero convertido en un horrible topo.

Es un cuento muy random. Tengo como 9 borradores, y creo que nunca lo logré porque no conseguí empatar el aspecto ridículo de la historia con el aspecto tenebroso. Ahora creo que sabría mejor cómo escribirlo, pero por ahora no me dan ganas de hacerlo.

3. A mí tampoco me gusta bailar

Una chica va a la graduación de una de sus mejores amigas de la secundaria, se hace tonta bailando un rato con el grupo, pero la fiesta dura horas y horas, así que llega un momento en el que la chica se harta y decide ser fiel a sí misma: se va a una especie de terraza-balcón que está cerca de los baños del salón de eventos, se tumba en un sofá y ahí se queda, mirando la ciudad desde la lejanía.

Mientras está ahí, recuerda que hizo eso mismo en la secundaria, en todas las fiestas de XV años a las que fue, porque bailar siempre le ha parecido tonto y aburrido. Sólo que antes se alejaba del bullicio con su mejor amiga y platicaban, ahora su mejor amiga ya no está.

De pronto se aparece por ahí un chico, el rey de la fiesta, un amigo de la graduada y uno de los que más bailaba y más despertaba simpatías en el grupo. El chico le pregunta qué hace ahí, si ya se cansó, y la chica le dice que no está cansada. Le explica su secreto de que odia bailar y que prefiera estar ahí sola. Para su sorpresa, el chico le dice: ¿Te cuento un secreto? A mí tampoco me gusta bailar.

La chica lo escucha y se queda sorprendida de que el rey de la fiesta sea, en realidad, alguien que finge y les miente a los demás y a sí mismo todo el tiempo.

Quise escribir este cuento porque fue algo que me ocurrió literalmente, pero lo abandoné porque se me hizo muy chafa contar un suceso de la vida cotidiana sin enmarcarlo con un poco más de fabulación o de magia o de otro significado más allá de lo meramente anecdótico. Creo que el cuento realista-cotidiano y yo nada más no nos llevamos bien.

¿Y tú? ¿Tienes cuentos abortos para sumarle al altar?

Si decides hacer tu propio altar, déjame el link en los comentarios para hacer un directorio de altares. También, si tomas alguna de mis ideas y la desarrollas, comparte por favor un link a esta entrada para que más personas conozcan la iniciativa. Y déjame un link en los comentarios con el cuento, porque creéme que me encantará leerlo.

 

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