Blas y yo habíamos sido amigos desde la preparatoria y yo le tenía cierto aprecio, sí, pero pedirme que me creyera esa bufonada de que se había convertido en artista era ir demasiado lejos. Vamos, que el de la pinta de artista siempre fui yo. En nuestros días de bachillerato, yo arrastraba a Blas a todas las exposiciones colectivas que se me ponían enfrente; entonces me quedaba mirando esos lienzos ridículos que le hacían burla al papa o al capitalismo y los reporteros me preguntaban “joven, ¿usted es el autor de la obra?”

Yo, claro, les decía que no, o a veces les decía que sí, pero eso no es lo importante. Lo importante es que a mí me pasaban esas cosas y a Blas, bueno, a Blas más bien se le acercaban los policías para preguntarle si se había perdido y si no querían que lo acompañaran a su casa. Blas tenía pinta de estar perdido en todo lugar y a menudo era yo quien tenía que ir a rescatarlo y decirle a los policías no, señor, este chico no se perdió, viene conmigo.

Y como Blas y yo siempre tuvimos un somero parecido físico, los policías terminaban mirándome a mí con lástima, como si pensaran, “pobre chico, seguro ése es su hermano retrasado y tiene que ir cargando con él por todas partes”.

Por eso cuando Blas me dijo que se dedicaba a hacer arte no le creí ni la tercera parte de una palabra. Tú no tienes un pelo de artista, le dije. No te gusta el arte y no puedes dibujar ni siquiera un caracol, ¿cómo esperas que te crea eso de que eres artista?

Blas se calló. No porque se hubiese sentido ofendido sino porque ni siquiera me estaba escuchando. Tenía la cabeza hundida entre los hombros y los ojos clavados en el hercúleo monitor de su laptop marca Toshiba. Hacía ruiditos frenéticos con el mouse y apretaba los labios hasta casi sangrárselos. Ese nivel de ausencia era raro hasta para él.

Cuando estuvimos en el bachillerato, Blas me escuchaba a veces. Y ahora que me lo encontraba  en una mesita del centro de convenciones de la universidad, parecía que al tipo le interesaba más su Toshiba que hablar conmigo.

Anda, Blas, no seas huraño, le insistí. Tenemos más de seis años sin vernos, es normal que me sorprenda saber lo de tu nueva profesión. Pero está bien, Blas, lo entiendo. Yo también intenté pintar y nunca salió nada bueno de eso. No te dejes llevar. El arte es un constante fiasco. Por eso ya no estoy en ese mundo, pero qué va. Tal vez a ti te vaya mejor que a mí.

Blas levantó los ojos de su laptop por primera vez desde que nos habíamos encontrado, me dirigió algo que más que una mirada era apenas el roce de unos ojos ausentes y me dijo algo así como:

El arte que hago yo no es así. Es de-otro-tipo.

–¿De-otro-tipo? –repetí yo.

–Sí, de otro –dijo él y volvió a guardar los ojos en su monitor.

De-otro-tipo, repetí sin mover los labios. Qué declaración tan ridícula, pensé. Lo miré con benevolencia y le pregunté qué quería decir con eso.

Ahora me arrepiento tal vez, de haberle hecho esa pregunta. Pero qué va, no sólo se lo pregunté, sino que encima Blas me dio una respuesta que no podía ser más contundente: como llevado por un deseo de demostrarme que no era ningún mequetrefe, aquella tarde Blas me condujo a su despacho y me mostró su obra.

La oficina de Blas se ubicaba en el sótano del edificio F, que era el último del complejo universitario. Mientras atravesábamos las zanjas de pasto para llegar hasta ahí, Blas no paró de hablarme.

Me dijo que hacía tres o cuatro años la universidad lo había buscado para que diera clases de una disciplina que sólo él conocía. Otros dos o tres sabían hacer algo similar aquí en la ciudad, pero ninguno valía la pena. Son todos unos farsantes, dijo, y añadió que, aunque daba clases, tampoco creía que era algo que se pudiera aprender.

–Ninguno de mis alumnos tiene el don que tengo yo –puntualizó.

Yo lo escuchaba sin mucho interés. Pensaba que Blas tenía la obligación de seguir siendo un pelele. No me creía que la universidad hubiera saltado sus murallas solamente para ir a buscarlo. Las universidades no hacen eso. Si no, con lo que yo sabía de arte, me habrían buscado a mí y no a él.

Para entrar a su oficina tuvimos que atravesar un pasillo oscuro, más bien una zanja vertical empotrada en la pared que nos despojaba de toda luz a medida que lo avanzábamos. Me pregunté si no habría alguna intención siniestra en aquel paseíto. Casi me arrepentí de haberme burlado de Blas. Me impacienté. El supuesto artista señaló un hueco que permanecía oculto al fondo del pasillo y me dijo pasa, allá adentro tengo mi obra.

Dudé un poco, pero entré. Blas me indicó una silla y yo tomé asiento como un ciervo que espera que le disparen.

Blas encendió una lámpara de escritorio y sólo entonces vi que estábamos en una oficina ordinaria. La silla en la que me había sentado miraba de frente hacia el monitor de una computadora de escritorio tan grande que hacía que la Toshiba portátil de Blas luciera como un triste microorganismo.

Blas la encendió mientras me decía que aquella tarde había estado en el centro de convenciones porque sus alumnos tenían un evento de desarrollo de videojuegos. Dijo que los videojuegos eran una de las aplicaciones de su tipo-de-arte, pero que ésa era una de las razones por las que no creía que ninguno de sus alumnos pudiera hacer algo de valor.

El problema es que ellos buscan en qué aplicarlo, dijo Blas. No entienden que el tipo de arte que les enseño yo es un fin en sí mismo. Todos ellos están equivocados.

La pantalla del ordenador terminó de encender y Blas me mostró algo que parecía ser un paisaje: un lomerío gris saturado de casas grises.

Al principio, el pobre contraste de la imagen no me permitió distinguir gran cosa, pero conforme me fui acostumbrando a ese apocamiento cromático noté que todo el cuadro llevaba encima una infamia de detalles: las lomas estaban salpicadas de helechos; las casitas tenían imposibles frisos, grietas, muros al alto y bajorrelieve y todo, en sí, tenía pinta de ser real. Pero al mismo tiempo ese realismo tañía una especie de falsedad indefinible, parecida a la de los reportajes de sucesos inexplicables que pasan a veces en las noticias.

Me pregunté si esto era lo que hacía Blas, si toda la faramalla que me había montado había sido solamente para decirme que era el paisajista oficial de una aldeíta ridícula y gris ubicada en un país que yo no conocía. Quise preguntarle pero me contuve. En lugar de eso le pregunté cualquier cosa:

–¿Lo pintaste de ojo, durante algún viaje?

Blas me respondió con una mirada vacía, reprobatoria, y luego se sentó en una silla que estaba delante de la mía. Tomó el mouse de la computadora y, mientras lo agitaba entre sus manos, me di cuenta de que el paisaje se movía. O más bien de que nosotros nos movíamos como si estuviéramos observando desde una cámara: los ángulos cambiaban, el campo de visión se volvía distinto y el paisaje allá, dentro del ordenador de Blas, permanecía constante. Le pregunté qué rayos era eso.

El fracasado me dijo que era una simulación digital de un entorno; que él había esculpido cada detalle utilizando herramientas digitales. Al escucharlo, me sentí como un imbécil. Una simulación por computadora, claro. Resultaba tan obvio que no supe por qué no se me había ocurrido antes.

Sin mirarme, Blas me dijo que eso no era todo. Hizo zoom con el mouse y me dejó ver que dentro de todas las casitas había personas: seres grises que sobresalían como promontorios encima de un entorno igual de gris.

Aquellos personajes tenían algo de incómodo y no estaba seguro de por qué. Quizás porque nosotros los estábamos mirando y ellos estaban atrapados ahí dentro, sometidos a una soledad y a una ausencia que estaba más allá de toda comprensión humana. Además ellos no podían mirarnos de regreso porque no tenían ojos. Lo que tenían en su lugar eran unas pulidísimas esferas, reducidas al simplismo de una expresión estéril. Me estremecí.

Pensé que esos ojos se parecían mucho a esa mirada anémica que ponía Blas al hablar conmigo. Me incomodé y tuve deseos de desviar la vista de la pantalla y mirar hacia cualquier sitio que no fuera esa aldea de seres que no estaban muertos pero que tampoco estaban vivos y que, más bien, hechos de pura información, no estaban en ninguna parte.

Posé los ojos en las paredes que eran aburridísimas porque Blas no tenía ningún afiche pegado ni nada que confirmase su identidad; pero que al menos constituían un lugar seguro. Blas no se dio cuenta de que yo ya no miraba su obra y creo que continuó recorriendo con el mouse ese paisaje inútil mientras me explicaba cosas que yo no sabía si quería saber.

Creo haberle escuchado preguntar si no me parecía asombroso que todo su trabajo estuviera hecho a base de puros polígonos. Yo le respondí cualquier cosa. En algún momento creo que le pregunté cuál era el propósito que perseguía su obra. La respuesta, si es que hubo alguna, fue que no había ningún propósito. Un día hacía varios años había comenzado a esculpir y todavía no se había detenido. La aldea seguía creciendo: en proporciones, en habitantes, en geometría.

No supe por qué, pero comencé a sentir frío. Me pareció que los muros o que la computadora misma expedía un helor irracional. Me inquieté tanto que pronto no me bastó reposar la vista en la quietud de la pared y tuve que ponerme de pie, frotarme el cuerpo con los brazos y mover la cabeza en otras direcciones. Blas seguía hablando pero yo había dejado de prestarle atención.

Caminando por la oficina me di cuenta de que, justo detrás de mi asiento, había una puerta. Era una puertecilla pequeña y azul, elevada un medio metro por encima del piso.

–¿Qué hay ahí dentro, Blas? –le pregunté instintivamente.

–¿Dentro de dónde? –me preguntó sin desviar la vista de su gigantesco monitor.

–Detrás de esa puerta –reiteré yo y le miré la nuca como si le suplicara una respuesta, aunque en realidad sólo se lo había preguntado para hacer que me hablara de otra cosa. Aún sin mirarme, Blas soltó el mouse de la computadora como si fuera a responderme, pero, justo entonces, alguien llamó a la puerta del despacho.

–Pase –dijo Blas, y alcancé a ver que, mientras la puerta se abría, Blas cerraba la ventana en la que tenía abierta su obra y dejaba a la vista un escritorio decorado con el fondo de pantalla por default de Windows 7.

Seguía sintiendo frío. Volví la vista hacia la puerta y vi que, recargada en el marco, estaba una chica muy joven con la piel blanca y el cabello teñido de azul turquesa. Era bonita. Supuse que era una de las alumnas de Blas y supuse bien, porque la chica entró a preguntarle no sé qué cosa de unos modelos con caras invertidas y vértices de más o no lo sé porque la jerigonza técnica se me escapaba. Blas y ella comenzaron a hablar como si yo no estuviese ahí y pronto sentí que sobraba. Me di cuenta de que no encontraría una oportunidad más acertada para largarme de ese sótano y de esa oficina.

Ni siquiera le dije adiós a Blas, sólo me fui.

 

Pero apenas me hube marchado, me arrepentí. No pude olvidarme de la puerta azul que había al fondo de la oficina de Blas. Yo conocía la oficina de otros profesores y nada, ninguna tenía puerta. Tampoco me olvidé del frío. Aun horas después lo sentí merodeando en mi cuerpo. Yo sabía que Blas no me lo había dicho todo; que algo más tenía que estar oculto detrás del frío y detrás de la puerta.

Tres días después volví a la oficina de Blas, pero la encontré cerrada. Y volví al día siguiente, y al día siguiente también. Antes de darme cuenta, me había convertido en un espectro que acechaba constantemente aquella oquedad del sótano del edificio F. Llegué a pensar que yo me había inventado mi encuentro con Blas y él jamás había estado ahí conmigo; pero alucinaba. Fui más sensato y lo busqué en el organigrama de profesores.

Encontré el salón y el horario en el que Blas impartía clases y comencé a colarme en aquellas largas sesiones en las que explicaba cómo convertir un conjunto de puntos en una simulación de la realidad. Aprendí a hacerlo yo también. Luego intentaba abordarlo a la salida, pero cuando conseguía hablarle, nunca estaba seguro de qué decirle.

Terminaba hablándole sobre pintura, sobre mis deseos de volver al arte. Blas me ignoraba la mayor parte del tiempo. Siempre tenía prisa, siempre iba a algún sitio que estaba lejos de donde yo podía alcanzarlo.

Aun cuando se detenía por unos minutos a hablar conmigo, me ignoraba. Fingía mirarme pero yo sabía que sus ojos no me miraban a mí porque estaban volcados siempre hacia aquellos seres. Nunca me hablaba, y si lo hacía, era sólo para decirme que había terminado de esculpir una casa de aguas termales o sacado una réplica perfecta de uno de sus alumnos.

–¿Has visto cómo tiene la nariz ese chico? No podía quedarme sin esculpirlo –decía.

Blas se mostraba torpe y ausente incluso en sus clases. Podría ser que yo fuese un fracaso como pintor, pero sabía que podía enseñar pintura e incluso ser mejor profesor de lo que era Blas. Yo no trastabillaría al hablar, yo no me tropezaría. Los alumnos no me mirarían como si fuera un bicho enfermo y lleno de pústulas.

La única que parecía no despreciarlo era la chica del cabello azul. Ella lo seguía a todas partes. No se quejaba del frío que invadía siempre el aula de Blas y que yo apenas era capaz de soportar utilizando una horrible chaqueta de los Delfines de Miami que había encontrado pudriéndose adentro de mi clóset.

Yo quería hablarle a esa chica; me sentaba cerca de ella e intentaba decirle cosas interesantes, pero ella apenas y me hacía caso.

Me preguntaba por qué ella no sentía el frío y rumiaba ésta y otras ideas sin encontrar respuestas, como un perro enloquecido por el hambre. A veces pasaba horas en el internet investigando mejor qué era lo que hacía Blas, tratando de comprender por qué él estaba obsesionado con esa clase de esculturas que no tenían presencia en el mundo real.

Un día sin querer me encontré con un documento acerca de un fenómeno al que llaman el Uncanny Valley. Según los estudiosos, el Uncanny Valley ocurre cuando una réplica del ser humano es tan realista que casi la creemos uno de nosotros. Pero el cerebro, siempre más sabio, entiende que hay algo macabro en la copia y nos lo advierte con una sensación de repulsión, casi de asco ante un ser al que no debemos reconocer como uno de nosotros.

Leyéndolo comprendí que eso era lo que me sucedía ante las esculturas digitales de Blas. Sentí la necesidad de correr a decírselo. Blas no se daba cuenta del error en el que estaba incurriendo, pero yo lo sabía: sus esculturas no funcionaban porque eran excesivamente realistas y se revolcaban en el fango de todos los Uncanny Valleys del universo.

Antes de comprender siquiera lo que hacía, ya estaba corriendo hacia la oficina de Blas en el sótano del edificio F, con una copia del documento impreso arrugándoseme entre las manos.

Atravesé el pasillo negro y justo cuando llegué me puse a pensar que me había dejado llevar por el frenesí del momento. La puerta seguramente estaría cerrada y Blas, como siempre, no estaría ahí. Aterricé frente a la puerta y le di tres porrazos. No hubo respuesta.

–¡Blas!, ¿estás ahí? –le grité y volví a golpear la puerta. Nada todavía. Apoyé el oído en la madera para ver si escuchaba algún ruido que delatara la presencia de Blas, pero no escuché nada. Le di un golpecito más; un golpe tímido, casi un tallón de los nudillos contra la madera. Con un rechinido, la puerta cedió hacia adentro.

Entré tan desconcertado en el despacho que tiré los documentos al suelo. No los recogí. Esperaba ver a Blas abriéndome la puerta; pero no había nadie. La luz de la lámpara de escritorio estaba encendida y la silla fuera de su lugar, como si alguien se hubiera ido repentinamente.

–¿Blas? –quise preguntar; pero sabía que mi pregunta era nula. La oficina tenía apenas cuatro o cinco metros cuadrados de superficie, ¿dónde se podía ocultar un hombre del tamaño de Blas? En ningún sitio, a no ser que…

Mis ojos resbalaron de inmediato sobre aquella puertita elevada y azul que se encontraba al fondo del despacho. ¿Estaría abierta?

Quise saber y, con unos pasos trémulos, me acerqué hasta el picaporte. Lo toqué y noté que estaba frío como si un alud de noches árticas le hubiese caído encima. Me arrepentí de no llevar conmigo mi chaqueta de los Delfines de Miami, pero a estas alturas qué podía hacer. Comencé a girar la manija y, antes de saber si estaba abierta o no, escuché una voz detrás de mi hombro.

–¿Qué haces aquí? –me preguntó.

Volví la cabeza y vi que se trataba de la chica del cabello azul. Pensé que sería vano devolverle la pregunta, así que sólo me alejé de la puerta y, como no se me ocurrió otro sitio dónde poner mi cuerpo, fui a sentarme frente al escritorio de Blas.

–Tú debes de saber dónde está –dijo.

–¿Dónde está quién?

–¿Cómo que quién? Pues Blas –enfatizó. Tenía la mirada fija. No parpadeaba; no había ningún rastro de dulzura o de candidez en ella. Tuve la impresión de estar siendo interrogado por una máquina y no por una mujer.

–Ah –dije yo–. Pues no sé. –No tenía ganas de responderle. Sólo quería que se fuera y me dejase a solas con la puerta.

–Pero es tu hermano. Si está enfermo o le sucedió algo, tú deberías de saber –insistió. Yo me detuve en seco y por primera vez la miré con atención. Le pregunté a qué se refería con eso. Entonces me dijo que Blas no había ido a dar clases hoy, ni ayer, ni el día antes de ayer. Quise objetarle, pero me di cuenta de que hacía poco más de una semana desde la última vez que me había colado en una de las clases de Blas.

–A todos les da igual que Blas no esté. Menos a mí –disertó ella, pero la interrumpí:

–¿Blas te dijo que somos hermanos?

–No. Pero es obvio: se parecen. –No supe si desmentirla o no. De momento, me pareció más importante pensar que si Blas estaba desaparecido, podríamos atravesar la puertita del fondo de su oficina sin miedo a que nos descubriese. Como la chica no se iba se me ocurrió que podía incluirla en el plan. Sólo que en realidad no había ningún plan.

–¿Tú sabes qué hay ahí dentro? –le pregunté señalando la puerta con una ceja.

–No.

–¿Blas y tú no comparten…? –En realidad quería preguntarle si Blas se acostaba con ella, pero no se me ocurrió ninguna forma educada de formular la pregunta, así que aborté la idea y bajé la vista hacia el escritorio de Blas.

–No –respondió ella, mientras no la miraba. Me pareció que sonaba triste–. A Blas no le interesan los humanos.

Levanté la cabeza y la miré. Parecía tener ganas de llorar. Pensé que, en el fondo, ella y yo éramos iguales.

Se me ocurrió que podía aprovecharme de eso y convencerla de que juntos abriésemos la puerta. Una vez que me lo propuse, no me costó mucho trabajo. El único problema fue que el portal no estaba abierto. Así que tuvimos que embestir y embestir y embestir.

Luego de un rato, hicimos saltar la puerta de sus goznes y pusimos los pies dentro de una bóveda circular con paredes corroídas por el óxido. Al fondo una especie de generador eléctrico rugía, y otro aparato enorme y de filiación incierta también trabajaba sin cesar.

El frío se apilaba en todos los rincones del lugar. Yo sentía que era tan fuerte que me aplastaba los huesos y que pronto me los haría estallar. Quise decirle a la chica que saliésemos corriendo de ahí, pero ella estaba incólume como siempre. Tardé en darme cuenta de que todo el frío que perseguía a Blas provenía de ahí; no sólo de aquel cuarto sino, en particular, de aquella máquina incierta que trabajaba sin descanso en el fondo de la bóveda.

Me acerqué y traté de buscarle algún interruptor, pero la máquina era confusa y muchas luces parpadeaban al mismo tiempo. De todos modos, no pude proseguir.

–No la apagues –me dijo la chica. Le pregunté por qué –yo no aguantaba el frío– y ella me señaló una tercera máquina que yo había sido incapaz de ver hasta entonces. Detrás del generador eléctrico había una computadora de dimensiones titánicas.

El monitor tenía una estatura superior a la mía. La chica caminó hacia él y me di cuenta de que se veía minúscula. Ella lo miraba de frente y me hacía señas para que yo también me acercase. Pero yo no quería ver. Fuera lo que fuese lo que había en el monitor, yo no quería saberlo.

No quería, pero de todos modos me acerqué. Y fue entonces que lo vi.

Aquella enorme pantalla ofrecía una especie de transmisión en tiempo real de todo lo que estaba ocurriendo dentro de la aldea de Blas. Estaban las casitas, las lomas que no se despeinaban con ninguna ventisca; el taller de un zapatero, el recinto de aguas termales que había esculpido Blas en los últimos días.

Nada había cambiado en el paisaje desde aquel primer día en el que Blas me lo presentó. Sólo una cosa era distinta: los personajes se movían. Nos saludaban doblando los brazos como máquinas. Miraban con sus ojos anémicos a la cámara que avanzaba la aldea y estropeaba la intimidad de su pequeño mundo digital. Sólo que aquel mundo no podía ser pequeño. Absuelto por los límites de la espacialidad física, ¿qué le impedía extenderse para siempre?

Quise correr pero no pude. Estaba hipnotizado por aquella pavorosa réplica del mundo real. Muy pronto apareció Blas: de tanto en tanto la cámara se detenía sobre su réplica perfecta, que se nos quedaba mirando durante minutos que se comportaban como décadas.

Devorado por la abulia, Blas no hacía nada. Se limitaba a mirarnos con las esferas pulidas que tenía por ojos como si dijera sí, aquí estoy, ahora he encontrado el único sitio al que pertenezco.

La perfección de la copia era tal que estaba más allá del Uncanny Valley. Mirando a Blas, sentí algo que ya no era asco pero que tampoco pude definir. Pensé que en realidad Blas llevaba mucho tiempo con ese aire grisáceo en la piel y con esa ausencia de mirada. Comprendí entonces que aquella incomodidad que uno sentía al estar cerca de Blas no estaba derivada de su torpeza, sino del hecho de que, en su versión física, él ya parecía una copia digital.

Me pregunté por qué se había tomado la molestia de hacer una réplica tan fidedigna de sí mismo antes de ausentarse por varios días y dejar abierta la puerta de su oficina. La respuesta se me dibujó en el fondo del cerebro y no quise formularla. Mejor sería irnos ya y fingir que no habíamos visto nada.

–Vámonos –le dije a la chica. Pero ella no se movió–. Tenemos que irnos. –La jalé del brazo–. Ayúdame a apagar aquel generador, hace frío.

–No lo podemos apagar –me dijo.

–¿Por qué?

–Porque ésta es una máquina de render en tiempo real–. Yo la miré sin comprender–. Esta máquina se alimenta de información matemática y la convierte en las imágenes de la pantalla. El proceso expide mucha energía y este cuarto necesita mantenerse a baja temperatura. Si apagamos el enfriador, la máquina se sobrecalentará y entonces…

–¿Y entonces? –la urgí. Pero no necesitaba decírmelo. La miré a los ojos y vi tal angustia en ellos que supe que ella pensaba lo mismo que yo no me había atrevido a dar por cierto.

¿Sería posible que Blas hubiese conseguido trasladar su cuerpo al interior de esa réplica del mundo que sólo seguiría reproduciéndose mientras las máquinas estuvieran encendidas?

No lo sabíamos aún, pero los ojos angustiados de la chica me pedían que el frío continuara: para que Blas pudiera continuar así también, sostenido del limbo de la información.

 

Yo me fui y no supe qué fue de ella. No la volví a ver en los pasillos de la escuela. A Blas tampoco lo volví a ver. Supe entonces que era cierto: Blas se había quedado atrapado dentro del ordenador por voluntad propia y, al no desconectar la máquina, aquella tarde yo le había perdonado la vida por respeto a la chica que lo amaba.

La vida o lo que sea que tuviera Blas allá adentro. O que tuvieran los dos, porque me imaginaba que la chica había encontrado la manera de cruzar hacia aquel mundo y por eso no había regresado. Me pregunté si Blas podría amarla ahora que ella tampoco era humana y cómo sería ese amor entre dos seres hechos de polígonos. La sola idea me parecía antinatural, me quitaba el sueño. Me gustaría pensar que ellos, los digitales, nunca podrán ser como nosotros.

A nadie le importó que Blas se ausentara durante más de una semana. Pero a mí me importó, yo no pude soportar que la realidad se quedara con aquel hueco. Así que, después de varios días, concluí que mi obligación era suplantar a Blas. Nos parecíamos mucho después de todo.

Y las cosas mejoraron para mí desde que me decidí a ocupar el sitio que dejó Blas. Llamé a los de mantenimiento y les pedí que repararan la puerta. Comencé a dar clases, a ganarme un buen salario. A ser una réplica de algo que no soy y que nunca podré ser por completo. Trabajo en ello, pero lo más difícil es lidiar con el frío. Nadie me creería que soy Blas si un día entro al aula con mi vieja chaqueta de los Delfines de Miami, así que lo único que me queda por hacer es aguantar.

Finjo que no me castañean los dientes y espero. Espero por el día en el que finalmente podré deshacerme del frío. Intento convencerme de que ni Blas ni la chica necesitan ya de la máquina porque su sueño perpetuo en el mundo de la información perdurará aun después de que yo haya apagado la base en la que fueron creados. Allá el tiempo no pasa; nunca anochece, es siempre un momento impreciso y gris que no acaba, que recibe el único perdón que el tiempo ha decidido otorgarle a los hombres: el del mundo digital.

En mis horas de insomnio, rumio constantemente el momento en el que finalmente apagaré la máquina. Espero que entonces terminen los sueños en los que aparecen Blas y los otros habitantes de la aldea; quizás entonces dejaré de sentir que soy una réplica imperfecta, que la gente me mira con asco como si yo también fuese una víctima del Uncanny Valley. Pienso que un día de estos finalmente podré ponerle fin a todo esto. Es sólo que aún no puedo, no puedo.

 

No puedo.
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Escribí este cuento en abril del 2014, mientras llevaba dos asignaturas de Modelado Digital 3D. Fue lo primero que escribí que me pareció que tenía cierto mérito y que no terminé desechando casi de inmediato. Ahora creo que no lo escribiría así o quizás no escribiría ya de estos temas en absoluto, pero el cuento sigue teniendo el mérito de gustarme, por eso lo comparto.

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