Me despierto y veo que por lo menos cinco de mis contactos han compartido que Bob Dylan ganó el Premio Nobel de Literatura. Pienso no puede ser. Se me ocurre que es una broma igual a la que estuvo circulando acerca de que se lo habían otorgado a Paulo Coehlo. Sí, tiene que ser una broma. Bob Dylan es músico, me digo.

Cierro Facebook. Abro Twitter. Más Bob Dylan Bob Dylan Bob Dylan. Rayos. Qué tomadura de pelo de los amiguitos escandinavos. Creo que es en serio. Me leo la noticia y resulta que la Academia se lo ha otorgado por “haber creado una nueva expresión poética dentro de la bla, bla, canción americana”.

Bueno. Primero hay que decir que yo de este señor no conozco mucho. Mi marido lo pone a veces, nunca le hago mucho caso. Mis gustos musicales son post-sintetizador, por principio (o por capricho o por no sé qué retorcimientos del gusto musical) no escucho nada que se haya hecho antes de los ochenta. Me gusta el industrial, el cibergótico, el synthpop. No es extraño que el beat de Dylan me parezca cursilón, pero, subjetividades aparte, yo pecaría de una miopía terrible si no reconociera que hay poesía en lo que hace Bob Dylan.

No hablemos ya de Dylan. Hablemos de la música. Perifraseando a Borges, diría que hasta el más mediocre de los compositores (exceptuando a Daddy Yankee, tal vez) tiene al menos un verso de auténtica poesía.

Recuerdo mis días de la secundaria escuchando a Placebo Haemoglobin is the key – to a healthy heart beat. I’m just a Peeping Tom on my own for far too long. Your eyes forever glued to mine. I hold an image of the ashtray girl as the cigarette burns on my chest I wrote a poem that described her world and put my friendship to the test. You grow me like an evergreen… Me creces cómo un árbol de hoja perenne, qué imagen tan poderosa. La escribí muchas veces en mis cuadernos de la escuela pensando que eso –y no otra cosa– era la poesía.

Hay que ser un tonto para decir que la música no tiene poesía. Pero de ahí a que se la pueda equiparar con el trabajo de un literato…

Quisiera, tal vez, hacer una defensa del oficio (de mi oficio). Decir que lo fuera de lugar (lo injusto, lo inoperante) es darle un premio de una disciplina a alguien que ejerce una disciplina que es distinta en naturaleza. Que los escritores y los músicos quizás confluimos en algunos puntos pero no trabajamos igual. No se le puede otorgar el máximo premio a una vida de esfuerzos literarios a alguien que no ejerció la profesión literaria (las lecturas, las relecturas, las horas nalga, las correcciones infinitas, ustedes saben).

O podría, quizás, decir que esto es obra de la posmodernidad conspiradora. Si ya se trae a la mesa la discusión de que el género (de las personas) es una construcción social, ya hasta nos habíamos tardado en decir que el género (de las artes) es una construcción social y una jaula esclavizadora.

No sé. Me da miedo que los nuevos tiempos le apunten a la pura interdisciplinariedad, a los crossovers perpetuos de géneros artísticos.

Quizás es un miedo eminentemente conservador, eminentemente retrógrada. El miedo de un fósil que a los veinticinco años se da cuenta de que quizás está haciendo literatura obsoleta. U obsolescente.

La Academia Sueca dice que no hay que extrañarnos del Premio. Que Safo y Homero igual escribían cosas cantables y representables y nadie niega el genio de Safo y Homero.

Pues claro. Pero Safo y Homero escribieron en una época en la que las cosas tenían que ser cantables y representables porque no había imprenta y los índices de alfabetización eran irrisorios. No había libros y no había lectores.

Así que esta declaración de la Academia parece sugerir –veladamente– que ahora, como tampoco hay libros y tampoco hay lectores, hay que volver a lo representable, al texto que se ayuda de una guitarra, de una imagen, de una personita en un escenario o detrás de una cámara para poder ser entendido.

Pienso en un artículo que leí hace tiempo en el que se decía que Facebook le apunta a la videatización, a la desaparición del texto. La Academia, a su modo, también parece sugerir que estamos llegando al fin de la Era del Texto.

Y eso, la verdad, da miedo.

 

(Ahora, disculpen que haya puesto una foto de Murakami. Prefiero verle la cara a él que a Bob Dylan).

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