Acabo de pasar por una crisis y es curioso: yo pensaba que la mayor crisis de un escritor era esto de que nadie te paga por hacer lo que te gusta, pero no es así. Cuando te profesionalizas descubres que, en realidad, la obra de un escritor es algo así como lo que sucede en los interludios de un rosario intermitente de crisis.

La crisis más reciente de mi secuencia fue sobre la brevedad.

De pronto terminé el quinto cuento de mi proyecto, me di cuenta de que ninguno tiene una extensión menor a las 4500 palabras y me dio por pensar que qué tal si mis cuentos son demasiado largos, qué tal si mi vocación como escritora se verá frustrada por una vocación secundaria tendiente a exasperar y aburrir al lector con cuentos interminables.

La crisis se agudizó cuando vi que hay un concurso para obtener una beca completa para el Festival Internacional de Escritores de San Miguel Allende y de inmediato me dije: “¡Participa!” Y luego me dije: “Oh, pero piden un cuento de 3 a 5 cuartillas. Times 12. A doble espacio”.

Vaya. Mis cuentos más breves bordean las 7 u 8 cuartillas. Lo único que tengo inferior a esa largura son dos ejercicios: uno en el que me burlo precisamente de cómo la narrativa breve tiene la manía de contar poco, o de contar poca cosa, o de plano de no contar nada; y otro ejercicio random que salió de un tajo una mañana que estuve muy inspirada.

No sé si mi tirria por la narrativa breve viene de que mis cuentos favoritos (Enoch Soames, Bartleby, El alien agropecuario) son cuentos larguísimos. Incluso mis favoritos de Borges (Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, El aleph) son de los más extensos. O quizás viene de mi creencia de que un cuento breve sólo se sostiene cuando eres Borges y tienes una idea del calibre de El libro de arena. O quizás es porque gasto mucho alimentando a mis personajes y a mis ideas como para darles vida sólo por un lapso de dos paginitas. O tal vez es porque creo en la literatura más como viaje que como en la disrrupción sorpresiva de un instante.

Nunca he terminado de entender por qué algo así como el 68% de los concursos de cuento pieden extensiones inferiores a las 5 cuartillas. No sé si es que el papel se ha vuelto muy caro, que el lapso de atención de los lectores online es muy reducido o simplemente que también a la literatura le ha dado por glorificar esta idea absurda de la inmediatez, del vigor del instante que se desvance tan popular entre las artes plásticas y performantivas.

El caso es que no sé si es la literatura o soy yo la que se pierde de algo. No sé si el error es mío al querer encapsular viajes completos en una figura –el cuento– que está destinada para encapsular instantes, o si quizás me falta la maestría para aprender que se puede viajar –austeramente– en mucho menos de mil palabras.

Como quiera que sea, creo que uno tiene que recordarse constantemente que su obra es un proceso y un trabajo continuo que ha de ser juzgado, primeramente, en relación a sí mismo.

Así pues, no sé por qué terminé leyendo algo que escribí hace unos tres años. Fue lo primero que hice después de decidir que “ahora sí voy a escribir en serio”: es una novela corta de 46 páginas (interlineado sencillo: unas 30 mil palabras) de la que yo originalmente me dije “esto va a ser un cuento”, pero superó mi ingenuidad y creció y creció como un cáncer insoslayable.

En la pieza en cuestión abordo a una chica con problemas vocacionales y complejo de detective, el secuestro de un escritor, una subtrama en el que el escritor en cuestión es un exconvicto, un novio pintor que se cuestiona el sentido de su obra; un galerista y un escultor cubano con pinta de vampiros que tienen una extraña conspiración para cambiar al mundo usando una “máquina de decir la verdad”, sucesos sobrenaturales, un sable de acero de Damasco, en fin… Una locura.

Creo que más que lamentarme por no poder –o no saber– escribir cuentos de 5 cuartillas, lo que tengo que hacer es glorificar el hecho de que, en tres años de trabajo literario, al menos he aprendido a domesticar mis tramas imposibles y a constreñir mi extraño ideario en historias redondas que sí: duran 4 o 5 mil palabras pero, se mire por donde se mire, están más del lado del avance que del fracaso.

Anuncios