Cosa curiosa, el fin del mundo vino a caernos en una playita del sur de Jalisco.

Yo nunca estuve en esa playa, pero dicen que era un desierto, una planicie marciana cocida al grill de nuestro trópico espeso. No había nada. Dos cocos fueron los únicos testigos de cómo el mundo se vino abajo y se perdió detrás de la tramoya de un circo en bancarrota.

Una vez estuve cerca, a lo mucho. La playa en la que se acabó el mundo estaba cerca de esa otra playa en la que los hermanos maristas organizaban sus viajes escolares en la preparatoria.

Esa playa tenía un pozo volcánico plagado de corales al que llamaban la Tina de Cleopatra. No pasaba un año sin que los profesores encontraran a un chico y una chica yaciendo ahí, debajo del agua y entre los corales salados.

Poco después de que mi salón se fuera de paseo, dos profesores de física se ahogaron en la Tina de Cleopatra.

Alguien debió identificar una señal en eso. Dos profesores se ahogan. Se acaba el mundo. Todo sucede en playas separadas por menos de cinco kilómetros de distancia. Algo iba mal en esas playas y nadie supo dirimir el problema a tiempo.

Encima la tarde en que se terminó el mundo se casó una chica en otra playa de Jalisco. También iba en la prepa. Quizás no fue mi amiga, pero era amiga de mis amigas. Era una de esas chicas que, ¿cómo decirlo? Le caen bien a todo mundo, pero uno nunca sabe qué decirles. “¿Qué tal la clase de Etimologías?” “¿Y cómo te fue en Mate?” “Ah… Sí, había unas ecuaciones difíciles en el examen.” Preguntas genéricas para atravesar el desierto de una adolescencia que se parece a un perro famélico, con las costillas expuestas.

Después esa chica se cargó una fama de bajanovios. Una de mis amigas empezó a llamarle La Bruja Toña porque su nombre nos recordaba inexorablemente al de la tía de otra de las chicas del grupo: una tal Toña que vivía en Catemaco y de verdad era bruja.

Otra amiga se encontró a La Bruja Toña muchos años después, cuando ya estaba prometida con el chico con el que habría de casarse, y nos contó de lo gorda que se había puesto. “Además está hecha una señora. Le da frío y se pone un chalecito beige (encima beige, qué color más horrendo) y calcetines con flats, ¡qué desvergüenza!”

Nunca supe, en realidad, qué novio quiso bajarle a cuál o si quiso bajarles los novios a todas, porque luego esas cosas pasan. Hay chicas de úteros hambrientos que no se bastan con un solo hombre y tienen que devorarse camadas enteras de machos alfa, no sé bien de esas cosas.

Sólo sé que ese huracán que acabó con el mundo no se formó a causa del fenómeno de El Niño como nos quisieron hacer creer los meteorólogos y las noticias.

Recuerdo a Selene Feria pronosticando vientos de mil ochocientos kilómetros por hora en CNN en español y hablando de El Niño y de cambios climáticos que ya no tenían reverso.

Selene no lo sabía, pero estaba mintiendo y mentía sin saber que el huracán era en realidad una rabia antigua, un fermento de todas las noches que pasaron mis amigas en vela pensando en sus novios que yacían con La Bruja Toña en la Tina de Cleopatra o en otros pozos volcánicos más lascivos que el de la playa marista.

El huracán era un fermento de ésa y otras amarguras, centrifugadas al calor de los veinte mil soles de un Océano Pacífico que no conoce de perdones ni de olvidos.

Ahora esa rabia nos arrasaba a todos y nos arrasaba el mundo que conocíamos.

Todo con tal de arruinarle a La Bruja Toña el muy infame día de su casamiento.



Publico esto después de haber desaparecido un rato. En algún otro post quizás les cuente por qué desaparecí, pero en fin. Este cuento es un experimento de hacer algo con un tono un poco más serio de lo habitual. Comencé a escribirlo la víspera de la entrada del Huracán Patricia, mientras se respiraba un aire muy como de fin del mundo.

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