Llegué al páramo durante mi convalecencia por las muelas del juicio, aunque pongo lo de convalecencia sólo por ponerlo, ya que no sé por qué le hacen tanta alharaca a esas muelas y lo digo empezando por los dentistas. Ya sé que ganan dinero cada vez que extraen una pieza dental, pero, ¿no es mucha manía eso de querer que siempre la perdedora sea la muela del juicio?

Si la vida real fuera una película animada de los noventas, seguro los dentistas sacan las muelas para traficarlas en un laboratorio subterráneo porque resulta que nuestras muelas contienen uranio y entonces hay estas bandas giratorias infinitas y esta especie de duendes con una sola pata destilando el uranio de nuestras piezas dentales y un grupo de niños va a detenerlos de sus fines macabros, ¡ah, verdad!

O ya de perdida debería de ser cierta esta idea que tuvo Lin, mi amiga de China esta mañana que hablé con ella por Skype.

Le dije que me iban a sacar las muelas y el lado bueno era que comería mucho helado en mi futuro inmediato.

Si los dentistas fueran listos venderían helado en su consultorio. Sería una gran oportunidad de negocio- dijo ella y también me contó que ahora viaja por toda China vendiendo equipo médico de vanguardia.

Bueno, la verdad es que no vende equipo médico de vanguardia. La verdad es que sólo provee capacitación para utilizar el equipo médico que su compañía vende, pero es que me gustó imaginarla en el siglo diecinueve, quizás, yendo por toda la China continental y tocando de puerta en puerta con un maletín para vender equipo médico que nadie está seguro de si necesitará.

-¿Equipo médico, señor?

-Ahorita no, gracias, para la vuelta.

O para qué viajar sólo por la China continental. Mejor incluso viajar en el tiempo. Viajar a todas las dinastías chinas del pasado para vender equipo médico del futuro, qué bonito empleo, sin duda. Mucho mejor que el mío, eso sobra decirlo.

Empleo, que por cierto, intenté explicarle a Lin esta mañana. Soporte de redes en la compañía de equipos de cómputo del Hematoma Punzante. Soporte de redes: asignar direcciones IP por todo el globo, monitorear dispositivos y verificar sus conexiones.

Abstracto, irrelevante, aburridísimo. La verdad es que no sé si conseguí explicarme. A veces, al hablar con ella pienso que quizás un 10% o 15% de lo que decimos se pierde entre las traducciones mentales chino-inglés-inglés-español y español-inglés-inglés-chino, pero qué importa, igual me parece que Lin me cuenta cosas más sustanciales que el 85% de las personas con las que no tengo ni la mitad de las barraras idiomáticas.

Ya fueron muchas estadísticas y porcentajes, ¿no? Mejor decir simplemente que igual me gusta hablar con ella porque aquí es de día y allá de noche y es un poco como si viajáramos en el tiempo. Un poco como si me compartiera sus habilidades para viajar en el tiempo y vender equipo médico del futuro, volando, levitando con su maletín por encima de toda la China continental de todos los tiempos pasados y futuros.

Y hay que decir que eso de la levitación no es precisamente una habilidad de las mías.

Ya venía diciendo que estaba en mi convalecencia por las muelas del juicio y que me quedé dormida leyendo a Bachelard. No es que Bachelard no me guste, pero es que siempre he creído que con él yo me compré el libro equivocado.

En El aire y los sueños se la vive hablando de los sueños de levitación, de la ligereza con la que uno puede entrar en impulso de suspensión y tener una experiencia aérea. Una experiencia aérea de levitación sobre la China continental, pero la verdad es que yo soy de esas personas que nunca nunca jamás han soñado que vuelan.

Lo mío es más bien el agua, sí. Los sueños de tsunamis destruyendo ciudades y acantilados imposibles en medio de océanos embravecidos y habitados por monstruos de caricatura japonesa.

Por eso debí comprarme El agua y los sueños de Bachelard en lugar de El aire y los sueños pero qué iba a saber yo que no me estaba comprando el libro apropiado para mi elemento. A uno no le enseñan esas cosas en la secundaria.

Así que en fin, me quedé dormida delante de Bachelard y antes de saber qué estaba pasando ya estaba en ese lugar, el páramo.

No estoy segura de que páramo fuese el sustantivo apropiado, pero, ¿se les ocurre una palabra mejor para describirlo?

Un páramo informático, sería más preciso decir, quizás, porque había números binarios deslizándose sobre un cielo rojo y entidades abstractas que podríamos haber calificado como paquetes de datos. Algunos usuarios hacían log-in y log-out y sus conexiones mediante IP se veían dibujadas sobre el cielo como estampas de la Matrix o de algún libro de matemáticas.

“Esto debe ser mi trabajo por dentro”, pensé, pero antes de regodearme en la obviedad de mi observación escuché una voz como de piedra pómez diciendo “Well, well, my dear folk”, en un inglés de fuerte acento tejano. Como un gringo gordo afuera de un rancho en el que producen Top Sirloin de 250 gramos: más o menos así hablaba la voz.

Me volví y era, por supuesto, el único tejano gordo que conozco. Scott Martin, el experto en paquetes de datos que a veces nos asesora desde Houston y que un día me habló sobre sus múltiples y patológicas excursiones a Las Vegas.

O por lo menos era un tipo que se le parecía bastante. Digo, a Scott sólo lo he visto en esa extraña foto de pesca que utiliza en el Messenger corporativo.

-¿Scott?- aventuro.

¿Qué tal va la muela?– me pregunta en ese inglés aguardentoso y tejano.

Le digo que va bien, va bien. No fue tan malo. Le gente exagera sobre sacarse las muelas del juicio. Estoy hinchada, ya sabes. Y durante la operación no dejé de apretar mi bolsita de mano mientras escuchaba ese como taladro que de seguro me perforaba el hueso, pero no fue para tanto. Seguro es gracias al analgésico para caballos, pero ni siquiera me duele como todos me vaticinaron que me dolería.

Scott se me queda mirando con sus lentes de sol, aunque no diría que el páramo informático es precisamente el lugar más soleado de la tierra. Seguro los trae puestos por su manía del desierto y de Las Vegas, sí, seguro es por eso.

-Y’sure everything’s ok, folk?

Pues claro que estoy segura de que todo va bien.

-Si te cuento un secreto, ¿me invitas una margarita?– me pregunta, con esa forma que tienen los gringos de decir marga-rira.

-Shoot it, Scott.

-La muela de abajo está infectada. La infección se irá al corazón y what do you think is gonna to happen then, folk?  Vas a morir de la infección– me miente.

-Pero tomé antibióticos, Scott.

Yeah, well… Los medicamentos fallan, y’know? Now… my margarita, please.

Al diablo con su margarita o qué se cree este tejano, ¿un espía sobrenatural?

-No puedo morirme, Scott- negociación vana.

Oh, yes, you can, little folk. Ya estás muriendo, de hecho. ¿Ves este sitio?- ¿cuál? ¿El páramo informático?

Scott me dice que este sitio es a dónde va el personal de soporte de redes cuando les cae el telón a su obra de teatro insípida y barata. ¿El Cielo? ¿Valhalla? ¿El Mictlán? Te timaron, folk. El único sitio al que vamos nosotros es la Network, la intranet, el ciberespacio, en donde podremos seguir asignando direcciones IPs y monitoreando dispositivos de redes durante toda la eternidad, durante los siglos lentos que se le escurren al globo terráqueo. Qué horror, voy pensando. Pero no te alarmes, folksita, me dice Scott. Aquí las IPs se asignan diferente. Aquí no necesitas de un clic y veinte copy-paste inútiles para hacer tu trabajo. Aquí puedes levitar, ir flotando como un fantasma de la Network a través de todos los cables y conductos de nuestro universo y dejar caer las IPs como la nieve que condimenta las cumbres de las montañas.

¿Ves cómo se pintan todas esas cifras sobre nuestro cielo informático? Esto es la Network viva, folk, relájate. Hasta puedes convertirte en un carrier de paquetes de datos. Mira bien el cielo, folk.

Y entonces miro. Un montón de empleados del Hematoma Punzante levitando como insectos voladores cargando maletitas. Estos cerdos capitalistas. No le pierden, de a de veras: sus empleados se mueren y siguen gravitando en la red llevándoles sus paquetitos de datos, aunque ahora que lo pienso esas maletas se parecen un poco a la maleta para vender equipo médico de vanguardia que le imaginé a Lin en sus viajes por toda la China continental. Entonces miro más alto y allá está: Lin también va gravitando en el tráfico de la Network, con su cabello lacio y sus lentes de montura roja pendiéndole de su cara redonda.

No es cierto que los chinos sean amarillos. Tienen un color que se parece más bien al de nosotros los mexicanos de mestizaje impreciso, pero ahora es como si ese color se abrillantara y desprendiera un candor lunático sobre el cielo purpúreo de la Network.

-¡Lin!- la llamo muy fuerte para que pueda escucharme.

Oh, folk, no le hables. Ella gravita en otros niveles. Todavía está en el mundo de los vivos.

Y tiene razón, porque Lin no me contesta. Es como si no pudiera discernirme entre la bruma de su viaje ingrávido sobre la China.

Algo extraño hay ahora que nos separa.

-¿Y tú, Scott? ¿Estás en el mundo de los vivos?

Yes, off course, folk. Sólo vine a dejarte. That and… aún espero mi marga-rira.

Y yo pienso que qué le habrá pasado a la clásica Catrina de todos los tiempos que ahora decidió enviar en su lugar a este tejano adicto a las margaritas. Pero igual ya no pienso mucho en la rotación de personal de las puertas del más allá ni en la margarita de Scott. Sólo pienso en cómo aquella chica china con la que compartí tantas tardes en la cocina de una casita en un pueblo perdido del Canadá francés se va alejando con el impulso de levitación de este mundo enlentecido y espeso. Se aleja sin apenas mirarme y quizás así mismo habrán de alejarse todas las cosas bellas que conocí en el universo hasta que sólo queden el vuelo y la aridez de las IPs sobre la Network.

Creo que quizás se me escapa una lagrimita de pensar en eso.

-Ah, no, no crying, folk!

But Scott… ¡Tu más allá es espantoso!

Entonces Scott me mira con sus lentes de sol y esa sonrisilla picarona.

-¿Te cuento otro secreto, folk? But that’s gonna cost you a bottle of tequila- y me lo cuenta, a cambio de una botella del mejor tequila que conozco –hay que decir que no conozco muchos tequilas así que Scott hizo un pésimo trato sin darse cuenta- y gracias al secreto de Scott he podido regresar al mundo de los vivos.

Pero sólo es una solución temporal, chavos. Me gustaría decirles que ahora soy inmortal y todo eso, pero la verdad es que Scott sólo me dijo que si quería vivir tenía que dejar de tirar mi vida a la basura.

“Nuevas políticas de la casa. Si no usas tu vida, ellos vienen y te la tiran.” Dijo que en los registros poblacionales del INGEI dice que me gusta escribir. “Then why are you not writing, folk?” hasta se puso agresivo. “Si no escribes, te vas a morir.”, me lo dijo así, simplemente.

Así que por eso desperté y me puse a escribir este aborto de cuento. Ya sé que está cursi y que no está muy bueno, sí. Pero tienen que entender que era una cuestión de supervivencia.

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