A la gente le gustan los escorzos. Los escorzos son, ya saben, esos dibujines en los que parece que la figura humana está retorcida y aparece un codo doblado enfrente de la cara de un parroquiano: son, vamos, dibujos construidos con una suerte de perspectiva. A la gente le gustan porque producen el efecto curioso de que cuando uno los mira no puede sino pensar “¡Ah qué maestría, qué virtuosismo técnico!”

Un escorzo
Un escorzo

Yo que alguna vez traté de dibujar en serio les puedo decir que no son tan difíciles.

Por eso mismo mi novio –que va siempre en contra del mundo y es además el mejor dibujante que conozco en persona- detesta los escorzos. Dice que son fáciles. Dale un escorzo al mundo y la gente te aclamará de inmediato como el mejor artista que conocen. Los escorzos impresionan y hacen que la gente se olvide del resto de la obra. Ya no les importa el color, la línea, la composición: ellos sólo ven un escorzo. El escorzo distrae, sobra. Una buena obra plástica no lo necesita para ser increíble.

Pasa lo mismo con la perspectiva arquitectónica, con las luces y las sombras realistas, con las estructuras no lineales en narrativa -¿Memento de Christopher Nolan es una buena película o sólo es memorable porque está contada en reversa?- y yo tengo una opinión análoga con respecto de las hamburguesas.

Sí, sí, yo a veces pienso que el pan les sobra a las hamburguesas. Conforme como y se me va quitando el hambre, tiendo a quitarles las tapas y termino comiéndome la carne sola –después de todo la carne es el núcleo de la hamburguesa, ¿no? El pan le roba sabor a la carne y por ende sobra igual que sobran los escorzos.

Así las cosas, el viernes comí hamburguesa y el domingo fueron las elecciones de medio término.

Resulta que, para sorpresa mía, en Jalisco ganó la oposición encabezada por el Movimiento Ciudadano, un partidito de tres pesos que quién sabe con qué artimañas se infló aquí en Jalisco en los últimos años y ahora consiguió convertirse en la primera fuerza política del estado. Anoche vi a mucha gente entusiasmada con esa rara efusión ciudadana que sólo se respira en las elecciones y aunque sé que la emoción era más por Kumamoto –emoción que, por cierto, comparto- también se veía un dejo de “Ahora con MC por fin derrotamos a los partidos de siempre.”

Mi generación no tiene gran memoria del cambio que se dio cuando en el país finalmente se apareció la alternancia y con ella la ruptura con el PRI y los dos o tres sexenios panistas –dos en el país, tres en Jalisco. Luego volvió el PRI porque castigaron al PAN. Ahora votan por el MC para castigar a los dos anteriores. Y la pregunta es, ¿vemos alguna diferencia?

¿Pintar la casa de otro color nos genera alguna diferencia?

Ayer un amigo me decía que el triunfo del MC seguramente fue pactado y que los reptileanos del PRI que controlan el país desde las sombras y demás teorías chistosas. Si esto fuese así, bueno, ¿no tiene incluso un poco de sentido que de vez en cuando gane la oposición para generar la sensación de alternancia simulada, de que de verdad la democracia opera y responde a los ciudadanos por encima de los pactos entre oscuros reptileanos?

En narrativa los escritores tratamos de hacer mentiras verosímiles. Si yo fuese un reptileano del PRI trataría de que la mentira de la democracia fuese tan creíble como la buena narrativa. Pero más allá de conspiraciones –que ni me creo ni me descreo del todo- ¿qué pasaría si a la democracia le quitáramos todos los escorzos?

¿Qué pasaría si le quitáramos los discursos, la “oposición” –que rara vez se opone a algo sustancial y fundamentado-, el circo de los escándalos y corruptelas, los votos de castigo, la rivalidad absurda entre partidos que son lo mismo, el candidato de oposición que gana cuando parece que las cosas empeoran sólo para que después no cambie nada y la ilusión de que los políticos hacen algo más que  obedecer a poderes más grandes y gestionar concesiones al narco y a los empresarios? ¿Qué pasaría si le quitáramos todos esos panes a nuestra hamburguesa democrática?

Porque son panes, son escorzos, vamos. Son tapias que nos disuaden de ver lo evidente.

Yo me pregunto si entonces la hamburguesa que nos comemos tendría siquiera carne o sería solamente un bodrio de harina y entonces al quitarle los panes no tendríamos nada; al quitar el escorzo nos descubriríamos mirando un lienzo absurdo y en blanco.

Y, si tenemos delante un lienzo en blanco o cuando mucho una pintura sin valor, ¿por qué rayos nos distraemos mirando el escorzo del supuesto cambio de fuerzas políticas? ¿Tiene sentido siquiera perder el tiempo haciéndole caso a escorzos y distracciones?

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