Gimmy, tengo un bebé que tiene cinco años y, por más que le he hecho la lucha, no quiere aprender a hablar. Lo más que hace es ladrarme. Oriéntame, Gimmy, ¿qué puedo hacer para que Bebé me hable?

Gracias y recibe un afectuoso saludo de parte de Bebé.

-Anónima

A ver, a ver señora –porque, por su forma de hablar, asumo que es usted una señora y espero no se me ofenda porque luego las mujeres tienen su temperamento.

Por lo que me cuenta, creo que tiene usted un problema muy gordo. Ya sea que usted tenga un hijo de cinco años que no habla ni una palabra; o sea que usted tenga un perro –por aquello de que ladra- y usted está esperando que le hable como hablaría cualquier humanito… usted está esperando que los olmos den manzanas (¿era así el dicho popular?)

Ya sé que nuestro universo está lleno de cosas insospechadas. Yo mismo soy un tumor que habla y eso no se ve todos los días, así que quizás por eso usted me escribe esperando encontrar respuesta a sus aflicciones, pero, ¿qué le digo yo, señora? Yo hablo, sí; y no debería de hablar, sí. Pero ya sabe, cosas del azar que uno no pidió nunca, pero pasan.

Quizás la tecnología le tenga mejores respuestas. Hace unos meses leí en el periódico que ya estaban inventando aparatos para descifrar las ondas cerebrales de los perros y no sé qué tanto. Quizás le puedan partir el cerebro a su “Bebé” y conectarle uno de esos aparatos para que le hable con una voz mecánica y terrorífica. ¿Eso quiere, pues?

O, si lo prefiere, tenemos la solución de la alquimia. No sé si ha escuchado hablar de las quimeras: son algo así como mezclas genéticas o injertos. Puede, por ejemplo, buscar a algún alquimista en el directorio telefónico y pedirle que haga una mezcla quimérica entre su “Bebé” y algún hijo o hija que tenga usted por ahí guardado –¿tiene usted hijos humanos que ya no le sirvan?

El último sujeto que intentó algo así se llamaba Shou Tucker, creo, y combinó a su perro con su hija para dar a luz a una cosa tristísima que era algo así como un perro con cabello largo y ojos hundidos. Esa cosa hablaba. Ya sabe, decía con una voz muy lastimera “Vamos a jugar” o algo por el estilo. Verla daba pena. Hasta yo lloré cuando me la mostraron y eso que los tumores no tenemos glándulas lacrimales. Ya se imaginará.

El alquimista Shou Tucker y su perro que hablaba.
El alquimista Shou Tucker y su perro que hablaba.

¿Ve a dónde voy señora Anónima? Eso de que los perros hablen es una cosa atroz, siempre atroz. Además, ¿para qué quiere que su perro hable? A los humanos les gustan los perros porque son serviles y mansos y no los cuestionan. Son un extraño elemento decorativo que a veces da lengüetazos y cariño. ¿No le parecería aberrante que hablaran?

Quizás si su “Bebé” le hablara se acabaría el encanto. Ya sabe, empezaría a decirle o “¡No me des de comer esa porquería de croquetas!” o “¡Déjame sola, mamá! ¡Quiero vivir mi vida! ¡Voy a mudarme con un hombre divorciado!”

¿Ve cómo sólo hablaría para decirle cosas molestas?

Mejor disfrute que su Bebé se esté calladita.

Saludos a usted y a Bebé.

Le desea lo mejor,

Su Amigo Gimmy.


Gimmy y yo les recordamos que tenemos abierto el consultorio. Las preguntas que lucen urgentes se responden antes que las otras, y, el resto, lo hacen según el orden de llegada.

Si tienes un lío de faldas, una bronca familiar, un jefe molesto o necesitas un tip terrorista, no dudes en escribirle a nuestro consejero Gimmy utilizando este formulario:

Si quieres saber más sobre Gimmy y sus fechorías, puedes leer su historia completa aquí y un breve resumen acá.

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