Estamos en tiempos electorales, en elecciones de medio término –ésas en las que nadie vota porque no se siente tan cool como la faramalla de ir a votar por el monigote que la va a hacer de Presidente– y entonces surge el dilema de cada tres años acrecentado por los disturbios, por los desaparecidos y la violencia que ha crecido en los últimos tiempos y la crisis de legitimidad de la que todos hablan como si fuera una cosa nueva pero que, en realidad, lleva ya mucho rato haciendo sus travesuras.

¿Votar o no votar? Ésa es la cuestión. No faltan los paladines de la democracia que le dicen que vote por quien quiera, pero que vote porque de otro modo sólo está haciendo que el poder se quede entre menos personas.

También están otros peores: los del voto útil -¿útil para qué? Ni que fuera un martillo– que le dirán que vote para desaparecer a los partiditos pequeños o para evitar que algún oscuro personaje llegue a los podios electorales.

Luego está la gente sensata. Ésa que sabe que votar no sirve de nada y predica la nulidad y el abstencionismo, pero, ¿y luego? Anulo mi voto y, ¿después qué? El sistema opera con tal cinismo que, aun si se cumpliese la fantasía del 100% de nulidad, no pasaría nada porque hay que dar la imagen de que somos un país con ¿cultura? democrática.

Entonces, si ninguna solución convence y de todos modos da igual, usted puede solazarse con pequeños actos de terrorismo antidemocrático. Aquí le sugerimos algunos pocos:

  1. Consígase un amigo gordo y prematuramente calvo, vístalo como Jared Leto en Chapter 27 y convénzalo de pasar el día entero merodeando detrás de unos matojos enfrente de la casilla electoral de su colonia. Ínstelo a mirar de forma lasciva a todos los señores, señoritas y señoras que vienen o van saliendo de votar.

    Jared Leto en Chapter 27
    Jared Leto en Chapter 27

Quizás los primeros se sentirán osados y no se dejarán amilanar por las miradas impúdicas del gordito, pero, una vez vuelvan a su casa le dirán a sus vecinos: “Oye, hay un sujeto gordo y cachondón acosando afuera de la casilla. Ten mucho cuidado cuando vayas a votar”. Y así la democracia se convertirá en una práctica de alto riesgo y más de uno se la pensará dos veces antes de emitir su voto.

2. Escuché que el PRI está ofreciendo 1500 pesos por ser representante de casilla. Así que muy fácil: vaya usted con el PRI, anótese para ser representante de casilla, reciba sus 1500 pesotes y, cuando estén contando los votos el día de la elección, haga un soberano berrinche y grite que usted vio con todos sus ojos que el presidente de la casilla le sumó votos al PRI. “¡Mi partido se merece menos votos!” alegue muy exaltado y no escuche razones hasta que todos acuerden reducir los votos del partido tricolor.

Puede que esto no sirva de mucho, pero al menos se ganará 1500 pesos y sentirá la satisfacción de haber actuado como un agente antiPRI disfrazado de priísta. Ya sabe, algo así como ser el enemigo actuando desde casa.

  1. Localice las oficinas del Instituto Electoral de su estado y localice a los repartidores de Agua Santorini que surten las instalaciones. Luego, aparte para usted un día entero de su vida, secuestre el camión de Santorini, contamine varios garrafones con una mezcla especial de Escherichia Coli previamente robada de un laboratorio de muestras médicas y repártalos inocentemente a los ilusos del Instituto Electoral de su estado.

El fin de esto es ver qué le pasa a la democracia cuando todos sus paladines y esbirros estén encerrados en el baño con un ataque de diarreas explosivas.

Sabemos que ninguna de estas tácticas sirve de nada ni afectará a los verdaderos responsables del sistema imperante. Pero al menos podrá ser un abstencionista al que no podrán decirle que se limita a predicar y a no hacer nada. Los actos de microterrorismo por lo menos harán que su domingo electoral sea más divertido de lo que sería sin ellos. Y recuerde siempre que un sistema absurdo debe ser combatido con medidas absurdas.

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