Entonces tuve que salir yo y tomar las poquititas fuerzas que le quedaban a Hostal para explicarle las cosas al abogado. Se las expliqué así, como se las estoy explicando a ustedes. Igualito y sin variaciones.

Lo que no sé es por qué Ascorbus no se lo tomó tan bien como se lo están tomando ustedes. Supongo que le asustó ver que un hombre podía ser dos hombres al mismo tiempo. Quizás le asustó ver que la razón es una cosa tan frágil, que lo que nos separa de la barbarie es apenas una cuerda que a veces –muy seguido- se afloja.

O fue quizás porque le recordé el asunto de los peces. Le dije que lo de Hostal no era para tanto. A Hostal lo provocaba un tumor, a él lo provocaban esos animalitos acuáticos que le producen una reacción igual de ignota, igual de enterrada en una caja negra hallada cerca de los restos de un avión estrellado en los Alpes franceses. Todos somos esa caja negra, Ascorbus, no te sientas tan ofendido.

Pero Ascorbus se ofendió. Y se ofendió tanto que tomó la pistola con la que lo armó el mirrey y bueno… No voy a decirles lo que pasó. Sólo voy a decirles lo que el abogado dijo en su defensa cuando el policía que resguardaba la casa escuchó el disparo y entró y le hizo preguntas; lo mismo que dijo delante de todos los tribunales que lo interrogaron:

-El Señor Hostal sufría muchísimo. Yo descuidé la pistola y Hostal la tomó. No supe cómo pasó: la cortina estaba corrida y yo sólo escuché el balazo. Supongo que era normal. Quería ponerle fin a sus dolores.

Algunos creyeron que Ascorbus había jalado el percutor. Otros se creyeron lo el suicidio pero se preguntaron por qué rayos Ascorbus había entrado en la casa con una pistola. ¿Quién lo había permitido?

No les importó hacer demasiadas indagaciones, de todos modos. Nadie se preocupa por un muerto que de todos modos iba a morirse, que ya no tenía nada por regalarle al mundo aparte de todo el daño que ya le había proporcionado.

Lo único que importaba realmente era que ahora que el Señor Hostal estaba muerto, podían hacerle la autopsia y abrirle la cabeza.

Entonces me sacaron a mí y yo quise saludar muy amablemente a esos embatados que me mostraban por primera vez la luz verdosa del laboratorio forense. Pero no me dieron chance. Apenas me sacaron, un tipo me esposó y me dijo que estaba bajo custodia de la ley.

¡Imagínense la puntada con la que salió el abogado Ascorbus! ¿Qué creen que dijo la prensa cuando tuvo que escribir aquella barrabasada en sus titulares? “¡Extra, extra! ¡El primer proceso judicial en contra de un tumor en el estado de Jalisco!” Que si porque era cierto que mis crímenes y mis porquerías no eran culpa del Señor Hostal, sí, pero ¿para qué culpar al doctor Fragua si podían culpar al tumorcete, a esa pobre aglomeración de celulitas malignas?

A la justicia le gusta que siempre haya un culpable.

Así que me acusaron de los dos asesinatos, de extorsión y de coacción para falsificar documentos. Encima esa bina de niños ricos se puso en mi contra para salvar su pellejito bañado en oro pirata. Dijeron que yo los había obligado a extorsionar al doctor y a amenazar a su esposa y a sus hijas, que tenían miedo de mí y de las represalias que tomaría en su contra si me desobedecían.

Puras pavadas. Yo fui un amor de tipo con ellos y les enseñé todo lo que ahora saben sobre crímenes y sobre extorsiones.

Pero bueno, se imaginarán que no fue fácil encontrar un abogado competente que quisiera tomar mi caso. Me imaginaba escribiendo en los anuncios de clasificados “Tumor cerebral en un frasco de formol busca abogado para caso difícil.”

Con titulares así no hay quién llame, no hay quien quiera defenderle a uno de las uñas de la justicia.

Así que, compañeritos de celda, por eso terminé yo aquí. Yo, el glioblastoma multiforme, o, si prefieren –porque yo sé que mi nombre es largo y escandaloso- pueden llamarme Gimmy.

Su amigo Gimmy, para servirles en todo lo que pueda ofrecérseles.

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