Este texto es una traducción de una obra de Max Beerbohm.


A menudo me ocurre que presiento el mal; pero, como nunca se cumplen mis presagios, he dejado de prestarles atención. Me doy cuenta de que he caminado con la serenidad de no saber lo que ocurrirá, siempre en dirección de cualquier trampa que el Destino decida tenderme. Cuando pienso en todas las cosas horribles que me han acaecido, su horror se intensifica por el recuerdo de su aparición repentina. Un momento antes yo me sentía tan seguro, tan feliz. Pero, al momento siguiente… me estremezco. ¿Por qué entonces estar siempre a merced del Destino, cuando echar una segunda mirada nos bastaría para…? ¡Pero no! Eso es lo peor de un presentimiento: nunca nos advierte del mal, sólo nos perturba los nervios. Lo mejor, después de todo, es tener solamente presentimientos falsos como los míos. Flechas inevitables que nos alcanzan desde lo repentino.

Por eso estoy agradecido de que la única emoción que sentí al entrar en un compartimento vacío en Holyhead fue esa ansia por dormir que aqueja después de medianoche a todos los viajeros; especialmente al viajero sajón que proviene de la perspicaz y tumultuosa Dublín. Mecánica y cómodamente, me hundí en un rincón y enrollé la cobija alrededor de mi cuerpo; subí los pies al asiento de enfrente, tiré hacia arriba el cuello de mi abrigo hasta cubrir mis orejas, y tiré hacia abajo mi gorro para cubrir mis ojos.

No fueron las sacudidas de arranque del tren las que me despertaron, sino la consciencia de que alguien se había arrojado al interior del compartimento cuando el tren ya se encontraba en movimiento. Vi a un hombrecillo poniendo algo dentro del portaequipajes: una gran maleta de mano negra. Entresueños lo vi y resentí vagamente su presencia. ¿Qué razón tenía para dar semejante portazo? ¿O para saltar dentro de un tren en movimiento? ¿O para echar esa enorme maletilla dentro de un portaequipajes exclusivo para equipaje ligero? ¿O para usar un sombrero de copa en este sitio y a semejante hora de la noche? ¡No, no había razón! Estas cuatro perversas objeciones flotaron entre el sopor de mi cerebro; pero no fue sino hasta que el hombre se volvió y me encontré con sus ojos que me di plena cuenta del peligro. Nunca antes había visto a un asesino, pero tenía la certeza de que aquel hombre que me miraba fijamente… Cerré los ojos y traté de pensar. ¿Podría estar soñando? En los libros la gente se pellizca la piel para saber si de verdad están despiertos, pero en la vida real ese asunto está fuera de toda discusión. Lo más importante ahora era conservar mi buen juicio: todo podría depender de mi presteza. Quizás el asesino estuviese loco y, si miras fijamente a un trastornado…

Me armé de valor y lo miré fijamente. Nunca había visto unos ojillos tan horrendos como los suyos, pero eran unos ojos cuerdos también: irradiaban la serenidad fría y sin piedad de un hombre que no te mataría por simple perversión pero sí para satisfacer un propósito. Te mataría tan rápido y con tanta pulcritud que nadie podría descubrir nunca su delito.

¿Sería fuerte? Lucía enjuto y era pequeñito y estrecho como sus ojos. No conseguiría subyugarme por la fuerza, pero pensé (e instintivamente extendí mis hombros contra el respaldo para que se diera cuenta de que le sería imposible someterme) que el sujeto poseía la suficiente “ciencia” para convertirme en menos que un rival adecuado para sus posibilidades. Intenté lucir astuto y determinado. Deseé tener un bigote como el suyo, así podría ocultar mi boca tan amable. Qué suerte que a él no se le viera la boca, así no podía ver el peor rasgo de aquella cara que me miraba bajo la luz artificial del compartimento. Pero, ¿podía haber algo peor que sus ojos, fulgurando desde la profundidad de la sombra proyectada por el ala de su sombrero?  ¿Habría algo más mortífero que aquella mandíbula cuadrada, con el hueso tan delineado bajo la tirantez de su piel?

El tren aceleró, meciéndose ruidosamente entre el silencio de la noche. Pensé en la placidez de todos los paisajes nunca vistos que atravesábamos, en los ingenuos aldeanos que roncaban en sus camas, en la gente que se encontraba segura en el compartimento vecino al mío… al suyo. Sin mover un músculo estábamos ahí sentados, los dos, mirándonos el uno al otro como dos gatos hostiles. O quizás, pensé, él me miraba como una serpiente miraría a un conejo. Y yo, como el conejo que era, no podía apartarle la mirada. Me parecía que mi corazón latía al ritmo del tren. Repentinamente, mi corazón se detuvo en seco y el latido del tren también retrocedió débilmente. El hombre apuntaba hacia lo alto… Sacudí mi cabeza. Me había preguntado en voz baja si acaso debía colocar la cubierta sobre la lámpara.

Se encontraba ahora de pie dándome la espalda. Estaba sacando su maleta del portaequipajes. Su espalda era furtiva. Era la espalda de un hombre que tenía muchos alias. Hasta el día de hoy me avergüenzo de no haber sido capaz de saltar sobre él e inmovilizarlo. Si hubiera tenido tan sólo un gramo de valor lo habría hecho. Pero, como el cobarde que soy, dejé que la oportunidad se me fuera. Pensaba en cómo podría moverme hacia él. ¿Qué tal si era muy rápido para mí? ¿Qué tal si estaba furioso conmigo? Me sentaría quietecito y esperaría. Cada momento se me volvía una prórroga larguísima; algo debía intervenir para salvarme. Ojalá hubiera un choque en la línea. O quizás fuera un hombre inofensivo… pero vi sus ojos y temblé…

Su maleta yacía abierta sobre sus rodillas. Su mano derecha hurgaba dentro de ella (¡Gracias al cielo no había colocado la cubierta sobre la lámpara!). Lo vi sacar algo… un objeto blandengue, hecho de tela negra; no distinto del trapo que el dentista coloca sobre tu boca al administrar el gas de la risa. El gas de la risa no es cosa de risa, el embrión de este idiota juego de palabras se colgó por un instante de mi cerebro. ¿Qué otra cosa horrible saldría de aquella maleta? ¿Quizás algún instrumento reluciente? Cerró la maleta con un chasquido y la colocó a su lado. Se quitó el sombrero de copa y también lo puso por un costado. Me sorprendí (no sé por qué) de ver que el hombre estaba calvo. Su calva y redondísima cabeza emitía un resplandor excesivo y fulgurante. El objeto blandengue era un capuchón que se ajustó lentamente con ambas manos, calándoselo hasta cubrir sus cejas y el reverso de las orejas. Era como si, después de todo, le hubiese puesto la cubierta a la lámpara, porque en mi imaginación delirante me pareció que, ahora que el brillantísimo orbe de su cabeza estaba oculto, el compartimento se oscurecía. Tan complacido estaba de su acción que la sombra de otra sonrisa emergía, le explotaba en la cara… Se había calado el capuchón con tanta seriedad… casi judicialmente: asumió el capuchón negro como el símbolo decente que enarbolan los ladrones de la vida… ¡que el Señor se apiade de mi alma!… El hombre se dirigía a mí… ¿Qué decía? Le pedí que lo repitiese. Mi voz sonó mucho más lejana que la suya. Me repitió que creía que nos habíamos visto antes. Escuché que mi voz le dijo gentilmente, en algún sitio distante, que creía que no. Sugirió que yo había estado hospedado en algún hotel en Colchester hacía seis años. Escuché mi voz un poco más cercana explicándole que yo nunca había estado en Colchester. Me suplicó que lo perdonara y esperó que no me sintiese ofendido por su atrevimiento. Mi voz, de vuelta en su guarida, le aseguró que por supuesto no me sentía ofendido y añadí que yo mismo confundo las caras de las personas de vez en cuando. Replicó, casi inconscientemente, que el mundo es un lugar pequeño.

Evidentemente el hombre tenía listo ese comentario para emitirlo después de que yo admitiese haber estado en aquel hotel de Colchester seis años atrás, y, como era un comentario muy contundente, debe haberle parecido una tontería desperdiciarlo. Una creatura sin astucia, evidentemente; y no un criminal después de todo. Luego pensé que casi todos los criminales más terribles tienen éxito menos por su propia astucia demoníaca, y mucho más por la incompetencia de la policía. Además, este hombre parecía la mismísima encarnación de la astucia despiadada. Seguro estaba disimulando. Mis sospechas resurgieron. Pero, de algún modo, ya no le tenía miedo. Podría haber cometido y cometer cualquier clase de crímenes, pero sentí que a mí no me haría daño. Después de todo, ¿por qué me había imaginado tantos peligros? Mejor trataría de sonsacar al hombrecillo, probando mi inteligencia contra la suya.

Así que comencé a hacerlo. Era un hombre delicadamente voluble. Dentro de poco ya poseía el material necesario para elaborar una extensa biografía acerca de él. Y la cosa más extraña es que, ni esforzándome mucho, pude creer que estuviera mintiéndome. Nunca había escuchado a un hombre decir tan obviamente la verdad y, pese a que es un lugar común, la verdad sobre alguien siempre es interesante. Definitivamente la verdad trivial, la verdad de más extensa aplicación es la más interesante de todas las verdades.

No recuerdo muchos detalles sobre la historia de este hombre; apenas recuerdo que iba viajando por ahí, que había nacido en Bolonia (este fue el detalle más raro de su relato), que alguien le había dejado una renta de cien libras por herencia y que era el padre de una niñita “bella como una flor”. Pero en ese momento lo escuchaba embelesado. Además, el hombre me agradó inmensamente. Tenía un alma sencilla y amable que contradecía escandalosamente su apariencia. Me pregunté siquiera cómo pude haberle temido y odiado tanto. Sin duda, la reacción de mi estado previo intensificó la gentileza de mis sentimientos, pero, de cualquier forma, mi corazón se volcó en él: sentí como si lo conociera desde hace muchísimos años.  Mientras me compartía sus recuerdos, sentí que estaba hablando con un viejo amigo; que me hablaba de los viejos días que habían sido tan míos como suyos. Poco a poco, sin embargo, el sopor que se me había espantado merodeó de vuelta sobre mí.  Mis párpados caían y mis comentarios se volvieron escasos y amortiguados.

-¡Claro!- dijo -Usted tiene sueño. Debí haberlo pensado.

Protesté débilmente.

-Váyase a dormir- insistió con gentileza mientras alzaba y colocaba la cubierta sobre la lámpara.

Estaba amaneciendo cuando desperté. Una figura con un sombrero de copa estaba de pie sobre mí y decía:

-Euston.

-¿Euston?- repetí.

-Sí, estamos en Euston. ¡Qué tenga un buen día!

-Buen día a usted también- repetí mecánicamente en la grisura del amanecer.

No fue sino hasta que me conduje por las frías y vacías calles que recordé el episodio de aquella noche, y quién era quien me había despertado. Deseé ver a mi amigo de nuevo; me pareció horrible pensar que quizás no nos volveríamos a encontrar. Me había agradado tanto, y yo parecía haberle agradado también. No podría decir que era un hombre feliz: había cierta traza de melancolía en él. Ojalá que prospere, pensé. Tuve el presentimiento de que una gigantesca calamidad le aguardaba, y deseé poder advertírselo; pensé en su hijita que era “bella como una flor”. Quizás el Destino lo atacaría a través de ella; quizás al llegar a casa la encontraría muerta. Los ojos me lagrimeaban al arribar a mi pórtico.

Así experimenté en un pequeñísimo espacio de tiempo dos emociones profundas, ninguna de las cuales tenía el más mínimo fundamento. Experimenté terror, aunque no había nada qué temer; y experimenté tristeza, aunque no había nada qué lamentar. Y tanto mi terror como mi pena fueron apabullantes en su momento.

¿Acaso no tienen paciencia conmigo? Examínense ustedes mismos, examínense los unos a los otros. En cada uno de nosotros las emociones más profundas son disparadas constantemente por el estímulo más absurdo y trivial; o quizás por nada en absoluto. A la inversa, los grandes acontecimientos de nuestras vidas: las verdaderas ocasiones para la ira, la angustia, el éxtasis -¿y qué no?- nos dejan impávidos. No podemos esperar que nuestra emoción se adecúe apropiadamente a todas las circunstancias. Ésa es una de las muchas razones que evitan que el filósofo se tome a sí mismo y a sus congéneres tan en serio como le gustaría.


Este texto es mi versión en español de A memory of a midnight express de Max Beerbohm. Lo comparto porque justo ahora soy una persona muy desocupada y lo traduje por hobbie y por amor al arte.

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