Ya va siendo hora de que les cuente las cosas, ¿no? Digo, lo único que me preguntaron ustedes fue cómo rayos llegué aquí y yo ya los entretuve un buen rato hablándoles de Ascorbus y de sus peces y dándoles lecciones de extorsión con Simental y esas cosas, pero es que ay, la verdad es que Ascorbus me daba ternura ahí parado delante de la puerta blanca y asiendo una pistola como un vaquerito de plástico, sin tener ni idea de lo que iba a encontrarse ahí adentro.

No, no, Ascorbus todavía no tenía ni idea de nada. Por eso me daba ternura. Él todavía creía que las leyes son un intento genuino de regular la conducta de los hombres y que el mundo se divide por tanto en dos grandes grupos de personas: las que actúan conforme a derecho y las que violan las leyes.

Así que supongo que Ascorbus pensaba que detrás de la puerta encontraría a un magnate estrafalario acariciando a un gato negro y urdiendo desde su oscuridad un montón de fraudes a la justicia.

Pero no, no. ¡Sorpresa! Detrás del portón Ascorbus se encontró con un hombre moribundo, yacido en la camilla de un cuarto con las cortinas corridas para que la luz no le importunara sus trámites con la burocracia de la muerte.

Dio dos pasos hacia adentro y escuchó que el bulto de la cama gemía: “Cierre la puerta, por favor.” Ascorbus lo hizo y se aventuró dos pasos más adelante para ver si lograba distinguir la identidad de ese amasijo de sábanas y de carnes podridas.

-¿Señor… Hostal?- arriesgó.

Pues sí, era el Señor Hostal. ¿Quién más podría estar a esta hora del día ocupado en pudrirse en una cama y en apestar a morfina? Ya sé que el abogado hacía a Hostal en el reclusorio, pero en cuanto lo vio todo tuvo sentido: a un tipo en ese estado sólo podían darle arresto domiciliario. Eso explicaba también al policía sobornado que resguardaba la entrada de la casa.

-Yo no lo hice abogado…- gimió el bulto- Yo no los maté.

Entonces le dijo a media lengua, como pudo y con unas pausas insoportables que él entendía su obligación de defender al doctor. Fragua hizo un buen diagnóstico. Sería una injusticia que fuese culpado de una negligencia que –todos lo sabemos- no cometió.

“Pero, ¿qué hay de mí, eh abogado?” decía el moribundo. “Si el doctor Fragua no es hallado culpable de negligencia, a mí se me hallará culpable de homicidio doble, de extorsionar e intentar obstruir a la justicia; de obligar al doctor a que cambiara el diagnóstico. ¡Y yo no hice nada de eso, abogado!” “Yo no lo hice, yo no lo hice, ¡tiene que entenderlo, abogado, yo no!”, gemía y el abogado veía cómo las sábanas temblaban bajo la luz entrecortada de la habitación.

Ascorbus intentó responderle como si le estuviera hablando a un niñito recién nacido. Le dijo que si él no había hecho nada, no tenía nada que temer. La justicia daría sus pruebas y todo estaría perfecto. Ningún inocente tenía que ser culpado de nada que no hubiese cometido.

Pero Ascorbus no entendía las cosas. No entendía nada, yo siempre les dije que ese tipo no podía entender nada. De leyes, sí; de extorsiones, sí; pero de estos motivos subcutáneos para los que la ley se queda corta, cortísima y no tiene ninguna respuesta, Ascorbus no podía entender ni pío.

¿Cómo explicarle que un hombre a veces puede actuar a escondidas de sí mismo? ¿Cómo explicarle que era necesario que el doctor Fragua purgara el crimen de su negligencia falsa sólo para que a otro hombre no se le acusara de haberse dejado llevar por la fiebre, de haber recibido la noticia de su tumor cerebral como un festejo secreto, como la excusa perfecta para dejar de comportarse con la razón e iniciar con la fiesta de los asesinatos?

¿El socio de la cafetería de Chapultepec? Era un desleal, un desfalcador de fondos. Había que darle cuello. ¿La esposa de Hostal? Lo engañaba con un jovencito. Un estudiante de letras sin futuro y sin cabeza para los negocios. También merecía que le diéramos cuello.

Pero Hostal era un pendejete y un nimio. Se tentaba el corazón que porque si era su amigo de muchos años, que porque si era su esposa después de todo.

Yo no me tenté el corazón cuando, valiéndome del cuerpo de Hostal, les corté las arterias a esos dos esperpentos.

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