La primera vez que leí Enoch Soames fue en un aeropuerto (¿quizás Puebla o Oaxaca?); la segunda fue en un viaje en carretera; la tercera lo leí en mi casa, con pluma en mano para señalar todos los rasgos imitables; la cuarta fue ahora, justo antes de escribir este artículo.

Es entonces que me doy cuenta de por qué me cuesta tanto trabajo la narrativa breve. No podría ser de otra forma siendo que mi mayor referente cuentístico, mi cuento favorito en toda la historia de los cuentos que he leído es precisamente Enoch Soames, esta cuasinovela corta de once mil palabras escrita en 1896 por el también caricaturista Max Beerbohm.

Muy a grandes rasgos -para no arruinarles nada- Enoch Soames cuenta los encuentros del propio Beerbohm con un sujeto atípico y gris de nombre Enoch Soames. El tal Enoch se jura el mejor escritor de la galaxia, pero en realidad es poco más que un perdedor. La vanidad y la pretensión de genialidad de este sujeto lo llevan a ser víctima de acontecimientos atroces. El cuento es exquisito e impecable en la trama y en el estilo.

Y, sin embargo, Beerbohm y su obra son casi desconocidos en el mundo de habla hispana. Borges y Bioy Casares lo incluyeron en su antología del cuento fantástico y por eso quizás algunos lo conozcamos. Pero, de ahí en fuera, siempre me encuentro a mí misma hablándole a la gente de Beerbohm y de Soames como de queridísimos amigos a los que nadie conoce y a los que –con mi historial de ser fantasiosa- bien pude haberme inventado.

Nadie piensa en Beerbohm siquiera como en un referente obligado en la literatura de terror y eso que hay fragmentos de Enoch Soames y de otras obras como Recuerdo de un expreso de medianoche que son francamente espeluznantes.

Pero hay en Beerbohm mucho más que esas piececitas muy bien armadas que provocan un terror sutil y apenas advertido. Trataré de mencionar algunos rasgos de su escritura por los que creo que todos deberíamos de correr a leer a este señor:

  1. El terror está oculto en la ridiculez.

En Recuerdo de un expreso de medianoche, el narrador (presumiblemente el propio Beerbohm) experimenta un terror desmesurado hacia un hombre, y este terror se intensifica cuando el hombre se coloca un gorrito negro encima de su calva, hecho que Beerbohm identifica como el epítome, la señal inequívoca de que se encuentra en presencia de un ser malgnísimo y cruel.

En Enoch Soames, aparece el Diablo como personaje, pero, antes de que se nos revele la identidad de este sobrenatural caballero, Beerbohm nos comenta que viste un chaleco muy feo y que no logra decidir si tiene pinta de traficante de diamantes o de jefe de una agencia de detectives privados.

La nota de hilaridad no le resta horror a ninguno de estos ejemplos; antes bien, lo intensifica. Es como si, para Beerbohm, el horror residiese justamente en esa especificidad, en esa disonancia o peculiaridad absurda que bien podríamos observar en cualquiera de nuestros semejantes.

  1. El humor descarado para aliviar la tensión.
  • En Enoch Soames, mientras Soames viaja al futuro y Beerbohm-personaje vaga por Londres angustiado por el destino del alma de su amigo, el escritor rumia la idea de enviarle una carta a la Reina de Inglaterra para que, con su sabiduría y largos años de reinado, interceda por el alma de Soames.
  • Cuando Beerbohm le pregunta angustiosamente a Soames cómo es el futuro, ocurre lo siguiente:

—Eran todos muy parecidos —recordó de pronto.

Mi espíritu dio un salto atroz.

—¿Todos vestidos con mallas?

—Sí. Creo que sí.

—¿Una especie de uniforme? —Él asintió—. ¿Con un número, quizá? ¿Un número en un gran disco metálico cosido a la manga izquierda? ¿DKF 78.910, por ejemplo? —Era así—. ¿Y todos, hombres y mujeres, parecían muy bien alimentados? ¿Muy utópicos?  ¿Con un fuerte olor a ácido fénico? ¿Y todos completamente calvos?

Mis previsiones resultaron exactas. El único punto acerca del cual Soames no estaba muy seguro era si los hombres y las mujeres eran calvos o estaban rapados.

  • Pasado un tiempo de los acontecimientos centrales que se narran en Enoch Soames, Beerbohm-personaje se encuentra al Diablo en París, lo saluda y se siente muy indignado porque el Diablo no le devuelve el gesto. “Ser desairado —deliberadamente— ¡y por él! ¡Es para sacar de sus casillas a cualquiera!” escribe Beerbohm en la línea final de su relato.

Lejos de restar verosimilitud al texto, estos detalles cómicos que aparecen–a ratos al por mayor- en los momentos tensos del relato construyen una atmósfera compleja que es justamente la antítesis de las atmósferas densas y fantásticas con las que juegan Poe y Lovecraft. Uno se cree que lo que Lovecraft cuenta es válido y plausible en un universo que opere con reglas lovecraftianas; pero lo que cuenta Beerbohm es plausible en nuestro mundo porque lo que nos dice con sus notas de humor, de cinismo cotidiano es “esto podría pasarle a cualquiera. Podría pasarle a tu amigo. Podría pasarte a ti. Yo también –que soy un cínico- me eché a reír cuando se nos apareció el Diablo. Y ya lo ves, eso no lo hizo menos verídico y menos certero.”

  1. El manejo sobrenatural de un miedo humano.

En Enoch Soames lo aterrador no es el Diablo, ni siquiera la perspectiva del castigo eterno. El Diablo es solamente la excusa sobrenatural para mostrarnos al personaje verdaderamente aterrador del relato: el mismo Soames, ese hombre que es la personificación del fracaso, del olvido, del anonimato con el que cruzamos el mundo casi todos los seres humanos. Del plumazo con el que nos barre la historia a todos nosotros porque somos insignificantes:

¿No sería mejor que yo tomara un coche y fuera inmediatamente a Scotland Yard? Me creerían un lunático. Al fin y al cabo, dije para tranquilizarme, Londres es una ciudad muy grande, y un solo ser humano, muy oscuro por añadidura, puede fácilmente desaparecer sin que nadie lo advierta… […] Lo mejor, pensé, era no decir nada.

 Y, sin embargo, esta nota sobre la condición humana aparece subrayada con un toque espeluznante gracias a la sabia –a ratos cómica- inclusión de los elementos fantásticos.

  1. Las ironías que redondean el texto.

No ahondaré en las ironías porque son las cerecitas del pastel que se disfrutan en la segunda y en la tercera –y hasta en la cuarta- lectura. Diré simplemente que los detalles anticipatorios aparecen con tanto descaro que resultan inocentes al principio e irónicos en posteriores lecturas. La religión que profesa Enoch Soames, por ejemplo; el hecho de que Max Beerbohm-personaje sea ensayista y no cuentista y su obra sea considerada “ficticia” en el futuro; son pequeños guiños, placeres adicionales que le ofrece Beerbohm a nuestra inteligencia lectora.

  1. Enoch Soames llega al futuro precisamente el día 3 de junio de 1997, el día que yo cumplí seis años.

Esto no es importante, pero a mí me parece una feliz coincidencia.

Espero haberlos convencido con esto de que se acerquen a la obra de este divertido sujeto. Con un poco de tristeza diré que su obra es escasa en español y que libros como Siete hombres (antología en la que aparece Enoch Soames) parecen estar descontinuados en formato impreso.

Enoch Soames se puede leer aquí. No es la versión de Borges (algunos chistes traducidos por Borges son aún más chistosos) pero es bastante aceptable. Recuerdo de un expreso de medianoche (A memory of a midnight express) puede leerse aquí en inglés. No pude encontrarlo en español y de hecho no encontré evidencia de que haya sido traducido a nuestro idioma, pero al leerlo en inglés y buscar los términos difíciles para comprenderlo mejor, me dieron muchísimas ganas de traducirlo. Así que si sigo en el humor beerbohmiano, quizás les comparta mi versión en el transcurso de la semana.

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