Quizás alguno de nosotros ha intentado alguna vez la extraña tarea de escribir un relato de mediana extensión; cosa ya de por sí difícil si consideramos aquello de que la gente no es muy afecta a leer textos electrónicos de más de 1500 palabras y un relato de mediana extensión (digamos cualquier cosa entre 5 y 10 mil palabras) tampoco nos sirve precisamente para entrar en un concurso de novela corta o algo por estilo.

Así que, de entrada, la primera dificultad es “¿cómo vamos a publicar este relato?”. La segunda –que en realidad es más grave- aparece cuando uno ya dijo “yolo, lo publico por partes en mi blog”, ya lo inició, ya planteó un conflicto interesante, ya lo encaminó hasta un punto tenso, ya sabe muy bien cómo debe acabar todo y entonces ¡oh sorpresa! Uno se da cuenta de que no sabe cómo pasar del punto tenso al desenlace.

Por ejemplo, digamos que escribo sobre una chica que persigue a un tipo porque cree que esconde un secreto informático. Ya planteé cómo despiertan las sospechas de la chica, cómo empieza a perseguir al sujeto, ya le pasó una peripecia y una complicación adicional aparece cuando la chica presencia cómo su perseguido es secuestrado por un compañero de trabajo y acto seguido el compañero de trabajo secuestrador llama a la chica y le dice: “Yo me encargo, tú no te metas.”

Supongamos que yo sé que al final la chica debe encontrar al par de tipos en un almacén, el secreto informático debe descubrirse y la chica debe morir tratando de impedir que le den uso. La pregunta es ¿cómo llego ahí desde donde estoy?

Los tips clásicos nos dirán que nos evitamos este problema con mucha planeación antes de sentarnos a escribir, pero si ustedes son como yo y se sientan a escribir solamente con media planeación armada, quizás les sirva alguno de estos consejos para tratar de encaminar la historia una vez que se encuentran sobre la marcha:

  1. Ahorrarse el intermedio.

En serio. Después de hacer muchas cagadas y escribir muchas historias con episodios medios innecesarios, he llegado a la conclusión de que lo mejor es no incluir nada de eso.

Uno puede pensar que no es natural pasar de la llamada estilo “Yo me encargo, tú no te metas” al que la chica llegue al almacén donde ocurrirá el episodio final porque suena demasiado fácil; pero en realidad a nadie le importa leer una serie de amenazas y alternes entre la chica y el antagonista que sólo añaden dificultades artificiosas e innecesarias antes de que suceda lo que tuvo que haber pasado desde el principio.

Esto puede funcionar si tenemos una novela, pero no queremos una novela, ¿o sí? Así que la pregunta que debemos hacernos es “¿qué de todo esto me puedo ahorrar sin que se altere la trama?” porque si uno va a dar una cuchillada, lo más limpio que puede hacer es simplemente encajar el cuchillo en el estómago.

  1. Hacer los puntos intermedios interesantes.

Si descubrimos que no podemos ahorrarnos todo el intermedio –porque, sobre todo si no somos grandes expertos, siempre habrá un codo que no sepamos cómo cortar- entonces hay que procurar sentarse y pensar cómo hacer que ese codo narrativo no sea una pérdida de tiempo para el lector. Es decir, la pregunta aquí es “¿cómo puedo hacer esto tenso, interesante o divertido?”

Por ejemplo, si descubrimos que tenemos que meter un personaje extra para resolver ese codo, entonces hay que procurar que ese personaje sea de lo más ameno o chistoso. Así, el lector novato no verá la costura y el lector experimentado dirá “esto sobra, pero se la perdono porque igual lo disfruté”.

  1. Añadir una subtrama.

Esto en realidad es el nivel dos del consejo anterior. Consiste igualmente en añadir interés, sólo que de una forma más intencionada y compleja. Por ejemplo, en lugar de añadir un episodio interesante y arbitrario que podría cortar con un poco más de pericia, añado un segundo conflicto paralelo, a saber: la chica tiene un interés romántico con su compañero de trabajo secuestrador.

Así, cuando la chica presencie el secuestro, no sólo pensará “oh, ese tipo secuestró a mi presa, ¿qué rayos pasa?”, sino que pensará “el chico que me gusta y con el cual tengo un romance impreciso y trepidante acaba de secuestrar a ese sujeto, ¡qué calamidad!”.

Esto del interés romántico es lo más fácil. Pero puede ser cualquier cosa, por ejemplo: toda la aventura transcurre mientras la chica lidia con su adicción a las máquinas tragamonedas o mientras la chica tiene que hacer de niñera del hijo de su hermana. Ésta última subtrama suena particularmente útil. Un niño en escena mientras ocurren las persecuciones es una fuente constante de conflictos menores, de episodios chistosos y, quizás incluso el niño podría ser el responsable de una chiripa que lleva a que la chica descubra el almacén al que tiene que llegar para el episodio final de la historia.

Y así todo se cierra.

Pero este recurso, por supuesto, es más difícil de aplicar porque decidir a medio camino que añadiremos una subtrama puede forzarnos a alterar un poco –o un  mucho- lo que ya escribimos. Y corre el riesgo de desviarnos del objetivo principal, así que hay que saber mantener la subtrama a raya.

Estos consejos, por supuesto, no los comparto porque sea una experta. Si alguien sigue mis relatos de la sección Misterio Los Viernes, se habrán dado cuenta de que cometo muchos errores –sobre todo en la parte media de los relatos. Pero es justo por eso que he hecho esta lista de consejos: para mí misma y para cualquier otro a quien puedan servirle.

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