Entonces le dijeron al abogado Ascorbus que lo llevarían a conocer a Gimmy.

-¿A Gimmy?

-Aja- mascó el hombre que iba al volante. “Nosotros queremos que te convenzas, abogatti. Esto no se trata de hacer nada que tú no quieras”, le había dicho y luego, con la pistola en la mano, le ordenó que se bajara del auto, que le diera la vuelta y que se subiera del lado del copiloto.

El sujeto, mientras tanto, se puso al volante y luego comenzó a conducir quién sabe hacia dónde.

Buena jugada la de Simental. Tengo que decir que la subestimé. Siempre me han dado tirria las mujeres que tienen más caderas que cerebro, pero la abogadilla repentinamente se portaba como si tuviera un poquito de las dos.

Digo, eso de meterle peces en la camisa al abogado Ascorbus fue medio buena idea. Una forma de tortura un poco atípica, eso sí; pero en estos tiempos el crimen y la tortura ya no son lo que eran antes. Me digo a mí mismo que debo dejar de añorar los tiempos en los que usábamos taladros y alicates para arrancar las uñas, porque esta es la era en la que uno va a la tienda de mascotas y ya con eso tiene para subyugar a sus enemigos. Hay que modernizarse, pues.

Además se lució con esos diálogos la abogadita. “¿Por qué le tienes miedo a los peces, Ascorbus? ¿Te caíste de una lancha cuando eras chiquito?” y el abogado temblaba como si le estuvieran reemplazando la sangre con gelatina de mango. Estaba paralizado, yo no sé por qué no hacía nada, ni siquiera intentaba zafarse mientras los peces le goteaban por la espalda como arenas de un reloj infectado.

Luego tomó el tenedor e hizo como que iba a atacar con él a Simental, pero Simental le preguntó:

-¿Me vas a sacar los ojos, abogado? Y, cuando te acuse por el delito de lesiones, ¿de quién será la culpa? ¿Tuya? ¿O de los peces que te provocaron?

“¿De veras crees que puedes controlarlo, Ascorbus?”

Pues no sé cómo, pero lo controló.

Se levantó de la silla del restaurante con pinta de destilería y le hizo frente a la abogada y reunió el valor que le hacía falta para salir corriendo. No iba a dejar que lo sobornara ni que lo convenciera de entregarle las grabaciones. Tenía que llegar al auto y seguir con su idea de denunciar las extorsiones antes de que la abogada le hiciera algo. ¿Qué podía hacerle, después de todo? ¿Meterle más peces en la camisa? ¿Eso era todo? Ascorbus se decía que no podía seguir siendo un cobarde, pero le escurría un sudor frío por la nuca y un cuerpo con escamas le daba coletazos todavía en la rabadilla.

Llegó a la puerta del restaurante y la hostess le dijo “Pero, ¿y la cuenta, señor?” Claro. La cuenta. Sacó varios billetes de la cartera y se los entregó sin mirarlos.

Simental no lo seguía. Así, ¿tan rápido se había dado por vencida?

Asorbus cruzó la calle llena de sol mientras se desfajaba la camisa y dejaba que esas bestias acuáticas y horriblespantosas se le resbalaran hasta el suelo. Una torre altísima de oficinas lo encandilaba con su cobertura de espejos. Se sentía borracho de sol y de espanto y temblaba como una fruta a punto de caerse del árbol.

Entonces se metió a su auto y quiso encenderlo, pero antes de hacer ignición con la llave, aquel sujeto le saltó del asiento trasero.

Estaba escondido, quién sabe dónde y quién sabe cómo porque el tipo era larguísimo. Larguísimo y con los ojos claros. Un güero de rancho, seguramente el novio absurdo de Simental estaba metido también en todo esto. Iba armado con una pistola y le dio a Ascorbus el saludo más ridículo del mundo.

-Qué bonitas grabaciones tienes aquí atrás, abogaduki.

El sujeto apuntaba a la cabeza de Ascorbus y traía la diadema del aparato de escuchas todavía colgada del cuello. Fue entonces que le gritó “Bájate.” Y Ascorbus se bajó y le dio la vuelta al auto mientras el tipo lo perseguía con la pistola al tiempo que iba a subirse del lado del asiento del conductor.

Después de arrancar, pasaron enfrente de la fachada del restaurante. Ahí se subió Simental y ella tomó el relevo con la pistola. Apuntaba a Ascorbus en la nuca desde el asiento trasero. Ahí fue que le dijeron lo de Gimmy.

Pero Ascorbus no supo nunca quién era Gimmy.

Condujeron como perros sedientos por aquella ciudad provinciana y el sujeto y Simental se reían por la adrenalina quizás. El éxtasis de apuntarle a un tipo con una pistola, de torturarlo con la inutilidad de unos peces. Luego la risa se les fue apagando, se les hizo cenizas mientras entraban por aquella colonia de Chapalita, con sus jardines verdes y su glorieta redondísima e innecesaria.

Ascorbus no dejaba de preguntarles “Pero, ¿quién es Gimmy?”, “¿Gimmy es quien les paga por todo este disparate?” “¿Sí se dan cuenta de que es un caso de negligencia médica? Sólo negligencia médica.”, “¿Se dan cuenta de que no es para tanto?” Y lo decía mientras trataba de abrir la puerta de su propio auto y bajarse como un pirado en cualquier semáforo rojo, pero no podía porque el novio mirrey del apellido larguísimo había activado el seguro para infantes y la puerta estaba cerrada por dentro para siempre.

Ninguno de los dos le decía nada. El mirrey volteaba al asiento trasero cada vez que Ascorbus preguntaba por Gimmy y parecía buscar en Simental la confirmación de ese código inquebrantable de silencio y de circunspección.

Ascorbus no se daba cuenta de que las miradas se les iban desgastando con cada rodar de las llantas, como si ellos no fueran los dueños de ese desatino y de esos actos y de repente tuvieran miedo, miedo de estar haciendo cosas que se les escapaban terriblemente de las manos.

Desembarcaron entonces a Ascorbus en una casa como las de los ricos de antes. Había un policía en la puerta.

-Ya se acabó la hora de visitas, patrones- les dijo con ese acento de policía gordo una vez que se bajaron. La abogada Simental sacó unos billetes y el sujeto los dejó pasar. No dijo nada acerca del arma ni acerca de que el mirrey iba usándola para apuntar a la nuca de Ascorbus.

Entonces subieron las escaleras y, todavía sin decirle nada, encararon a Ascorbus con una puerta larguísima de roble pintada de blanco.

El mirrey le dio un empujón en la corva. “Ándale, métete, abogaduki. Te están esperando.” Lo esperaban, sí pero, ¿quién o qué rayos? ¿Era esto la reunión de una cofradía secreta de la colonia Chapalita?

Simental miró al mirrey como si algo se le estuviera olvidando. En sus ojos se distinguía algo turbio y alado como los cuervos de los cementerios.

-¿Lo vas a dejar que entre solo, baby?- le preguntó Simental al mirrey.

-Tienes razón- entonces el mirrey le embutió a Ascorbus la pistola entre los dedos para que ya no atravesara la puerta así, tan solito y tan abandonado.

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