El otro día me puse a pensar… bueno, en el PRI. Porque claro, ¿quién no se despierta con ganas de pensar en el partido que gobernó durante setenta años consecutivos en México –récord histórico sólo superado por el Partido Comunista en la Unión Soviética?

A decir verdad, fue un pensamiento mucho menos aleatorio. Se podría decir que mi mente terminó ahí luego de escuchar un fragmento del ultraincreíble debate entre los candidatos a la presidencia municipal de Guadalajara en el que, por supuesto, no pasó nada interesante.

La ridiculez del debate me hizo pensar en cuando era una pibe con menos años que la edad electoral y me parecía escandalosísimo escuchar las cifras de abstencionismo en eventos tales como las elecciones locales. Yo pensaba que jamás me abstendría y que iría a votar siempre porque las cosas se arreglarán si todos votamos y somos en general mucho menos apáticos ante las cuestiones públicas y ciudadanas.

Varios años después de ese optimismo, puedo decir –casi con deshonra- que he votado ya dos veces y, ahora que se acerca la tercera, comienzo a entender por qué la gente prefiere mantenerse lejos de las urnas. Y no: no es por urnofobia o porque les parezca que son muy feas las pobrecillas.

Escuchando debates absurdos como el del otro día, no sólo empiezo a entender por qué la gente no vota, sino que también empiezo a pensar en el abstencionismo como una solución radical, una especie de declaración de muerte ciudadana.

Me imagino la siguiente utopía: llega el día de la elección y absolutamente a nadie le pega la gana ir a votar. El Instituto Nacional Electoral se da un tiro por aburrimiento y la autoridad competente sale en la noche a dar los resultados y dice: “Muy bien. Ustedes ganan: dejaremos de fingir que esto de votar sirve de algo, nos ahorraremos los presupuestos de campaña y asignaremos un gobernante al azar –acérquenme la tómbola, por favor- el cual será renovado de manera igualmente aleatoria cada… ¿cuánto les gusta? ¿cada seis años les parece bien? O bien, podemos no renovarlo. Total, a ustedes les da lo mismo, ¿no?”

Y seguro a la mayoría de nosotros nos da lo mismo. Escucho a tanta gente decir que votar no vale la pena que me pregunto constantemente si tiene algún sentido defender la democracia como “conquista histórica”. Al menos aquí no parece que tenga mucho sentido y no sé en qué medida nuestra falta de entusiasmo democrático se debe a este hecho chistoso de que el mismo partido gobernara durante setenta años consecutivos haciendo la faramalla de organizar elecciones y gastar en campañas y todo eso.

Hay gente –sobre todo la gente joven- que le niega sistemáticamente su voto al PRI porque les parece que es una actitud retrógrada eso de apoyar a estos señores que nos hicieron un mal al dificultarnos terriblemente la construcción de una cultura democrática.

A mí se me ocurre contradecirlos y pensar que quizás nos hicieron un bien.

Sí, ¿no? Imagínense. Tantos años de democracia falsa nos vacunaron contra el asunto entero de la participación ciudadana y hay que verle el lado positivo al asunto: esta situación nos permite olvidarnos de las tradiciones y ponernos experimentales.

Al ser un país de nula tradición democrática no nos dolería, por ejemplo, abolir sencillamente las elecciones, o bien –para evitar aquello de que alguien se eternice en el poder con atribuciones absolutistas- sustituir la democracia con medios más divertidos de eliminación de candidatos. Por ejemplo, un programa de concursos atléticos estilo Las leyendas del Templo Perdido o ruleta rusa hasta que el último candidato quede vivo. Seguro que costaría menos que tanta campaña y sería más divertido que tanto debate de tres centavos.

A mí, por ejemplo, me divertiría muchísimo.

Así que ya lo saben, la próxima vez que alguien les diga que el PRI tiene la culpa de todos los males del mundo, díganles que sólo son villanos incomprendidos que no se han dado cuenta de su propia y absoluta genialidad. Díganles que sí, es verdad, estos señores instauraron una tradición de corruptelas increíbles en el país; pero esto habría pasado casi que con cualquier partido y cualquier forma de gobierno. Díganles también que su gobierno de setenta años no fue un error histórico, sólo fue el training, la preparación del pueblo para el advenimiento de la post-democracia en la que nadie votará y el dinero de las campañas se utilizará en asuntos más apremiantes.

Sólo que claro, ni los del PRI ni nadie se han dado cuenta de esto, así que nosotros no le aconsejamos que vote por ellos.

En realidad, no le aconsejamos que vote por nadie. Si de verdad quiere regalarle algo a México en las próximas elecciones, ¡haga terrorismo ciudadano y aléjese de las urnas!

abstencionismo

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