-¡Rosa! Qué novedad. No te esperaba- le digo entre dientes mientras le abro la puerta de latón y veo que trae puesto un vestidito de playa. ¿Y luego? ¿Debo suponer que esta persona está desarrollando sentido de la moda?

Recojo la publicidad que el Partido dejó en el buzón y le digo a Rosa que se pase. Mientras no me ve, deslizo la propaganda política en la bolsa de Rosa –también una bolsa de playa- así, como quien no quiere la cosa.

Voltea a verme y yo le regalo una sonrisita hipócrita. No pasa nada, Rosa. No acabo de echar propaganda del Partido en tu bolsita de playa, puedes estar tranquila.

-¿Te sirvo algo? ¿Quieres nieve de jamaica?- le pregunto para ver si se olvida del asunto que la trajo aquí en primera instancia.

Pero me dice que no. “No gracias.” Muy digna, como si creyera que le voy a envenenar la nieve de jamaica, y mejor se entretiene en acariciar a mi perro. Ese perro –una hembrita de poodle pirata- es un querendón. Yo digo que un día se va a ir a las faldas de un destripador de perros y ni se va a dar cuenta de que la están destazando para hacerla tacos de suadero por estar ocupada en pedir caricias en la panza y en las orejitas.

Así que deja que Rosa la mime. Perro tonto, no sabe que no podemos confiar en Rosa, pero ¿cómo se lo explico? Es un perro después de todo. Yo, en cambio, sí puedo tomar mis providencias.

Rosa sube a mi cuarto y le pregunto que si trajo su computadora para ponernos a trabajar cuanto antes. La versión oficial es que vino a que aventajemos el diseño de imagen del nuevo evento de recaudación de fondos de la empresa. ¡Ja! ¡Y Rosa cree que yo me lo trago!

-No la traje- me dice con su vocecita afectada. -¡Ahorita me lanzo a mi casa por ella!- su casa está a una cuadra de aquí, pero hay sol y mediodía y hoy es el sábado posterior al mayor evento de narcobloqueos e incendios en la historia de Guadalajara.

Miro a Rosa. Se ríe. Yo sé que me dijo que iría a su casa sólo para que yo le diga que no es seguro salir, que mejor le presto una de las computadoras que tengo aquí en casa. Total, también tienen instalada la suite de Adobe. Así que vale, le presto una laptop Dell, viejona pero bien equipada para tareas de diseño.

Pobre Rosa. No sabe que yo también me lo esperaba y que le instalé un programa espía a esa laptop justo antes de que ella llegara.

-Toma- le digo. –No guardes cosas en el Escritorio, que me estresa verlo lleno de porquerías.

Pero apenas empiezo a espiarla con ayuda del software, me doy cuenta de que lo está guardando todo en el Escritorio. Me doy de topes, de plano. ¿Deberé reportar su incapacidad para seguir instrucciones básicas a mis superiores?

Luego empieza a diseñar y yo también hago como que diseño. Me pregunta dos o tres cositas del tamaño, de Adobe Ilustrador, de las herramientas y las mesas de trabajo. Ya, ya. Se está ganando mi confianza.

Sin previo aviso, la veo que entra en mi directorio secreto. Me tumba un par de contraseñas y sistemas de alarma y ¡pum! Ya está cerquitita del fólder en el que ella cree que están los planos de la nave. ¡Felicidades, Rosa! ¿O prefieres un “Lo siento, Rosa”? Porque de una vez te aviso que no vas a llegar muy lejos, pienso mientras activo desde mi laptop una bomba remota y se la hago estallar en la cara del sistema operativo.

Adiós fólder. Adiós robo de planos de la nave, Rosa. Cuánto lo siento, así es la vida, amiguita.

-Ay- murmura Rosa.

-¿Qué pasó?- y hago como que me asomo a ver su monitor, como si no supiera nada.

-Nada… Es que…- y me improvisa una mentira. Que si Luis le acaba de decir por Facebook no sé qué de la boda. Luis Rivas es su prometido. Pobre chico, yo me pregunto qué pensará cuando se entere de los secretitos de Rosa, pero no es momento ahora de pensar en eso.

Finjo simpatía. “Ay, qué mal que tú y Luis no encontraron fecha en el salón de fiestas que querían, amiguita. ¡Ya sé! Te vas a sentir mejor si traigo algo de comer, ya hace hambre.”

Así que bajo a la cocina y pico unos mangos y una jícama y los subo junto con dos limones y un frasco de chile Tajín.

Tal como esperaba, me encuentro a Rosa hurgando en mi computadora. ¿Buscas aquí también los planos de la nave, chica? Pues lo siento. Dejo la bandeja con fruta picada en la mesita auxiliar y, sin que Rosa me escuche, voy al rincón por mi bokken de madera y hago un movimiento de Kenjutsu muy rápido; sin golpearla, solamente para darle un sustito.

Rosa voltea y se levanta con cara de yonohicenada y yo la obligo a retroceder amenazándola con movimientos bruscos del bokken de madera de maple. La poodle pirata anda por ahí, asustada por tanto revuelo. Consigo llevar a Rosa hasta el cuarto de baño, donde la encierro y refuerzo la cerradura con una cadena.

Me recojo el sudor, dejo el bokken en el suelo y descuelgo el teléfono para llamar al jefe y decirle que el simulacro ha terminado.

-¿Qué tal salió la prueba?

-Mal para mí- le digo.

-¿Podemos enviar a un equipo de evaluación de daños?

-Claro- le digo y me siento a redactar el informe de la prueba mientras me como el mango y la jícama con Tajín que dejé antes en la mesita de auxilio.

Rosa no deja de hacer ruidos en el baño.


Cuando llega el equipo de evaluación de daños liderado por el jefe, inspeccionan la casa, mi computadora, la laptop Dell en la que trabajó Rosa y luego me piden entrar en el baño. Entonces me doy cuenta de que la cadena con la que aseguré la cerradura está rota.

Ésa es sólo la primera sorpresa, porque una vez dentro encontramos que los barrotes que protegen la ventana del baño están cortados con soplete, la ventana está quebrada y lo peor de todo: Rosa ya no está en ninguna parte.

Maldita sea.

Entonces caigo en la cuenta de otra cosa extraña. La poodle pirata no ha venido a pedirle atención ni caricias a ninguno de los invitados. ¿Dónde se habrá metido?

-¡Monstruo! ¡Monstruo!- comienzo a llamarle por su nombre a lo largo de toda la casa.

Me asomo a su cesta para perros y, encima de su cobertor con dibujos de animalitos, encuentro una nota redactada a lo rápido en un papel arrancado de uno de mis cuadernos escolares.

“¡Gracias por los planos de la nave! Tu poodle te envía recuerdos. Con cariño, tu amiga Rosa”, dice.

Me tardó quince segundos en entender lo que está pasando. Entonces el jefe me mira y sus ojos me lo confirman. Escondieron los planos verdaderos en el estomaguito de Monstruo. ¡Qué desalmados! De haber sabido que iban a hacer esto, me habría negado a trabajar para estos inútiles.

En este momento Rosa debe estar destazando a mi poodle para extirparle los planos de su pancita pirata y vendérselos a la competencia. Pobrecita, ¡con lo que me gustaba ese perro!

-Siento lo de tu mascota- me dice el jefe mientras yo me paso un dedo por el ojo para ocultarme una lagrimita secreta –El martes pides una indemnización en la oficina. Y, bueno, ¡alégrate! ¡Felicidades! El modelo de Inteligencia Artificial para Espionaje Industrial que diseñaste funciona perfecto. ¡Pasó la prueba!

Claro, claro. Pasó la prueba. Pero yo sólo pienso en mi poodle.

Rosa me las pagará.

Le diré a Luis Rivas que su novia es un robot diseñado para labores de espionaje industrial. Me pregunto si entonces no le darán ganas de romper su compromiso con ella.


La contraparte de esta historia está aquí.


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Rosa destazó a este animalito adorable.
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