¿Quieren otro tip básico para extorsionar a sus amiguitos de la primaria? Bueno, pues es simple. Se trata de la discreción, ya saben, esa virtud olvidada que hace que no vayamos por ahí exhibiendo nuestras extorsiones delante de los testigos equivocados.

Por ejemplo, a la abogada Simental le dije muchas veces que tuviera cuidado. Pero no, no, ahí andaba: siempre desafiándome que si porque Ascorbus era un tonto y ¿quién se cuida de los tontos? “¿Tú te cuidas de los tontos, acaso?” “¡Pues hasta de los tontos tienes que cuidarte, Simental! ¿Crees que una carrera en el mundo del crimen se construye siendo un insensato o un altanero?”

Pues sí, ella creía que sí. Yo digo que ni siquiera era necesario que regresara para reiterarle las amenazas al medicucho ése. Creo que Fragua ya tenía muy claro que debía portarse bien y estarse calladito y no contarle nada a su abogado, pero Simental tuvo que ir aquella tarde a recalárselo y a decirle aquello de que si le iban a reducir su ración de alimentos y de que si el mara salvatrucha de la celda del final del pasillo iba a ir a ponerle una “calentada”.

Para rematar, le soltó aquella de su esposa y de sus hijas. “Acuérdese de que se las estamos cuidando, docsie.

Digo, yo valoro la iniciativa. Qué bueno que a Simental le guste el chantaje y todo eso, pero, ¿en serio tenía que amenazar al doctor mientras Ascorbus la estaba escuchando?

Les dije muchas veces que el chico era un listillo y tenía recursos, pero nadie quiso hacerme caso. Pero ya saben, todo en esta vida se paga, así que ellos no me creen y entonces el abogado, harto de no poderle sacar información a su cliente ni por la mala ni por la buena, pega un micrófono en la celda del doctor Fragua.

Y luego se sienta en la comodidad de su auto y, con la ayuda de su sistema de escuchas portátil, se chuta enterita la conversación entre la abogada y el medicucho y entonces, al ser consciente de por qué su cliente no le ha soltado ni una triste palabrita, Ascorbus se enciende con una rabia porcina y comienza a imaginarse lo bonita que se verá la cabeza de Simental: sus rasgos finísimos y sus cabellos de sirena montados delicadamente sobre una bandeja en el escritorio de la jueza.

Se imagina todos los cargos que lloverán sobre aquella señorita: extorsión, amenazas, obstrucción de la justicia y hasta conspiración, cuando poco. Ascorbus se frota las manos con delicia y cree que alcanzará a denunciar los hechos antes de que se termine el día y quizás hasta podrá comprar un moño rosa para adornar la cabeza de muñequita de papel recortada de la abogada Simental.

Navega en estas ideas de venganza, cuando ve salir a la susodicha por el estacionamiento del reclusorio.

Va mirando hacia todos lados. Ascorbus se da cuenta de que pasará justo frente a él antes de que él encienda el auto y se largue, así que intenta ser lo más invisible que sus células le permiten.

No llega muy lejos en su carrera por la invisibilidad, porque la abogada consigue hacer contacto visual con él y Ascorbus se hunde, trata de arrebujar el sistema de escuchas portátiles y echarlo al asiento trasero, pero ya es tarde: Simental está parada junto a su ventanilla.

-¿Qué haces aquí, Ascorbus?- pregunta inútil.

-Evidentemente nada. Sólo me gusta freírme como un pollo bajo el sol de las tres de la tarde- cree que el humor hará que no se le ocurra mirar la diadema de escuchas que está encima de la palanca de velocidades. Pero Simental mira. No mira ahí en particular, pero mira hacia todos lados. Las envolturas de chocolates guardadas en el cenicero, el polvillo que cubre los asientos: lo mira todo.

-Vamos a comer, ¿no?- es casi una orden.

-Tengo planes.

-¿Planes?- se ríe la abogada- ¿Y cuáles son? ¿Comer de un tupperware enfrente de tu computadora, workaholic?- y le dice que ande, que se deje de idioteces y vayan a comer a un restaurante de Providencia.

Ascorbus le vuelve a decir que no puede, que quién va a esos lugares, tiene mucho trabajo; pero entonces ve los ojos inquietos de la abogada yendo aquí y a la diadema; y allá y al dispositivo de grabación y prefiere que la siguiente pregunta sea un “¿Qué quieres comer?” en lugar de un “¿Qué grabaste, Ascorbus?”, así que accede.

Eligen La Tequila, un restaurante ambientado como destilería y Ascorbus intenta comer rápido. Se embute la carne y el nopal del molcajete todavía hirviendo y piensa que ojalá esa pavada de comer juntos se termine pronto porque qué tal si Simental le hace preguntas sobre las escuchas secretas, sobre sus planes de recortarle la cabeza con unas tijeritas escolares. Para qué vinieron a comer después de todo. Fueron amigos en la facultad, sí, pero esas cosas ya no funcionan. Ascorbus tiene una política de cero corrupción entre sus amistades. Pero luego piensa que quizás la pueda orillar, quizás puede hacer que mientras la señorita se come su salmón en salsa de cacahuate se lo vomite todo. “Sí, Ascorbus, soy una traidora al honor y a las buenas costumbres de mi familia. Merezco morir en una horca decimonónica, vestida con una coroza y una horrible pijama de conejitos amarillos.”, la imagina que dice mientras se embarra la salsa en el cuello blanquísimo de su blusita.

Ascorbus le da un trago a su cerveza de agave y le pregunta:

-¿Qué tal el caso? ¿Ya sabes por qué tu cliente mató a su esposa? ¿Cómo era su relación con ella?

La abogada sonríe.

-¿Cómo te imaginas que son las relaciones entre marido y mujer luego de veinte o veinticinco años juntos, Ascorbus?

-¿Y a su socio? Supe que hubo de por medio un desfalco de algunos cientos de miles. No sólo fue locura tumoral: tenía motivos para matarlo.

La abogada sonríe de nuevo:

-¿Y no tenemos todos motivos para matarnos los unos a los otros? ¿No me matarías tú si pudieras?- le pregunta mientras Ascorbus pincha con su tenedor un trocito de aguacate vivo.

Luego Simental le desvía la plática y comienza a hablarle de su vida, de su perro poodle, de su novio el mirrey de ojos verdes y apellido larguísimo. Iturrigaray de la Peña Martín del Campo Escobedo. Todo junto. Casi como si le dijera podrás crecer tu cartera, pero nunca podrás crecer tu apellido ni teñirte los ojos. Siempre serás un perdedor, Ascorbitus.

Entonces la abogada se limpia los labios con la servilleta de tela, la deja encima de la mesa y le dice que espere, que le permita, que ya viene.

Ascorbus sigue comiendo de su molcajete hirviendo con carne de Sonora y nopales y aguacate y queso fundido, pero pronto empieza a sentir que el queso le sabe raro y le sabe raro porque qué rayos está haciendo Simental en el tocador que se tarda tanto. Ya sabe, mujeres, pero en serio la abogada está tardando más de lo necesario.

Le sabe raro también porque no ha podido encontrar la forma de arrancarle una confesión. “Sí, sí, Ascorbus, extorsiono al doctor para que lo declaren negligente y entonces…” ¿y entonces qué? ¿Entonces lo culparemos por los asesinatos también, por aquello de que el doctor no fue capaz de extirpar el tumor y evitar que el Señor Hostal se convirtiera en un asesino?

Ascorbus se ríe ante tal desatino. Menos mal que la ley no permite cosas tan raras. Pero no termina de reírse porque siente primero una mano de langosta que le aprisiona una de las canillas. Después la siente a ella, con su cabellera larga y su calor de sirena, pasándole unos dedos de pinza por el cuello de la camisa.

Entonces siente un ligero estremecimiento y después se vuelve más hondo, más amplio porque desde el cuello de la camisa y hasta su espalda se precipita una cosa, un cuerpo, un bulto viscoso y lleno de escamas. Ascorbus sabe que esta vez no está muerto como el del zapato. Aletea. Da coletazos. Intenta mantenerse vivo tomando el oxígeno del sudor y la piel húmeda de Ascorbus y Ascorbus piensa que por qué, por qué, por qué. Esto es horrible e intolerable.

Luego la abogada le pregunta:

-¿Te meto otro pez a la camisa, Ascorbitus? ¿O mejor me abres la puerta de tu coche, para que destruyamos esas cintas tan bonitas que tienes grabadas en tu sistema de escuchas?

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