“Si le tienes miedo al internet es porque ya estás viejo.”, escribió una amiga mía en su Facebook luego de que el profesor de Ética nos proyectara un divertidísimo documental sobre ciertas facetas del internet que podrían ser motivo de nuevos terrores nocturnos.

Ya saben, en realidad el documental no mostraba nada más grave que aquello de que si a uno se le ocurre mirar en los catálogos online de una tienda de exprimidores de limones, sus redes no dejarán de bombardearlo con ofertas del tipo de Compre hoy un exprimidor de limones. Exprimidor de limones barato y ¿Ya pensó también en comprar un exprimidor de naranjas? ¿Y por qué? Bueno, pues porque el Gran Hermano ya sabe que usted es un adicto a los exprimidores de limones y no habrá forma de que pueda olvidarlo.

Para una generación que creció viendo más publicidad que cuentos infantiles, esto no es razón para preocuparse. Sabemos que unas maquinitas graban todos nuestros datos y vigilan absolutamente todo lo que hacemos, pero a nadie le preocupa porque vamos, casi ninguno de nosotros oculta nada que valga la pena o que pueda incitar represalias de los poderes fácticos. Así que nos acostumbramos a esto: a desestimar la publicidad que no nos interesa como quien aparta una mosca de la fruta y a decir “Bueno, que me vigilen. Total, yo no tengo nada que ocultarles”.  ¿Miedo al internet? Eso déjaselo a los viejos.

Pero pienso a veces que hay un peligro inadvertido en estos asuntos.

Ayer leía una especie de fotoficción sobre una pareja estrella de Instagram. Viajan por el mundo y los dos son hermosos. Tienen trillones de likes y cientos de miles de seguidores. Lo que nadie sabe es que un magnate de Beverly Hills fabricó a la pareja y le inyectó dinero al proyecto de sus viajes hasta que fueron lo suficientemente populares como para empezar a producir ganancias por sí mismos.

Esto por supuesto es ficción –yo me lo creí por completo hasta que comenzaron a hablar de asesinatos, fraudes y celos enfermizos. Pero hay algo detrás que es o podría ser cierto. ¿Qué tan raro sería, después de todo, que un magnate produjera la ficción de la pareja de Instagram que viaja por el mundo sin preocuparse por el dinero? Después de todo, esto de las celebridades de redes sociales es un level up de las películas de Hollywood.

No es de extrañarse que en Hollywood haya un nuevo auge de las películas de superhéroes y de fantasía. Uno sabe que nunca podrá ser un superhéroe y que, por mucho que lo desee, nunca tendrá poderes mágicos.

Así que la fantasía pura es un sucedáneo, un remedio para la entropía y la lentitud de la realidad. Hollywood ya no sirve para darnos sueños plausibles. En cambio la historia –posiblemente ficticia- de una pareja de gente bella que viaja por el mundo y lo publica en Instagram representa un sueño de vida relativamente posible porque nos habla de personas normales, sin poderes y sin talentos especiales. Lo único que han hecho es sacarle jugo a su imagen y hacer buen marketing, buen SEO, posicionarse.

Nada que, con un poco de determinación, no pueda hacer cualquiera nosotros. Así que eso es lo que el internet y el imperio de las redes sociales nos han regalado: han ensalzado la idea de una cotidianidad sublime, de una vida casi normal de ensueño y nos han hecho creer que todos podemos tener esa vida increíble de los que viajan por el mundo sin preocuparse por nada porque está ahí: a dos clics, a una nada. Y si no nos animamos a ir por ella, siempre podemos seguir soñando mientras le damos like a los que sí la tienen.

En su ensayo-novela Pruebas, George Steiner decía que la televisión moldea los sueños de los hombres. Entonces los hombres hacen el amor cómo les muestra la televisión, sufren cómo les muestra la televisión: viven cómo les muestra la televisión. Claro que esta novela se escribió en el 92 y entonces Instagram no nos ayudaba a moldear sueños más perfectos y mucho más accesibles. Y decirle al hombre con qué debe soñar, ¿no es una especie de atentado contra su libertad, contra sus deseos de autoconocimiento?

Entonces, ¿realmente no nos importa que nos vigilen? Si me vigilan para ofrecerme un exprimidor de limones podré resistirme, vamos, no es como que no pueda vivir sin un nuevo exprimidor de limones. Pero si me vigilan para saber lo que sueño, lo que me anima, lo que deseo, para poder ofrecerme fantasías más perfectas, ¿me parecerá igual de admisible? Si me ofrecen una vida perfecta con playa, surf y la promesa del amor eterno, ¿podré resistirme como me resistí a los exprimidores de limones?

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