Ascorbus no había leído las noticias, por supuesto, pero, ¿a quién intentan engañar todos esos que se las dan de muy informados y tal y tal? La verdad es que nadie las lee. Todos leen, ¡oh, sí!, los hechos. Leen que un enfermo terminal fue hallado en un callejón cubierto con la sangre fresca de su esposa. Sí, leen eso; pero no leen la baba que cuelga de la boca de todos los actos de los hombres. No leen ese vapor gástrico, ese caldo de víscera que los anima al exilio y a los precipicios. Los hombres no saben nada, realmente.

Y Ascorbus era un hombre. Ergo, Ascorbus no sabía nada. Y no se creía nada, encima de todo.

Le daba una dentellada a su taco al pastor mientras le insistía acaloradamente a Simental que todo aquello del crimen, del Señor Hostal bañado en la sangre de su esposa y detenido como sospechoso de homicidio calificado, le sonaba a puras pavadas.

-Táctica tuya, Simental- Ascorbus tenía la boca llena. La jueza había dado un receso de treinta minutos y el abogado aprovechó para echarse unos tacos. El pez no lo había dejado desayunar a gusto –Una escena del crimen falsa, una acusación falsa y con eso me arrebatas un interrogatorio importante. No sería la primera vez- Ascorbus se pasó la servilleta por los labios.

-Tienes cilantro en los dientes, defensor- la abogada del apellido raro cruzó la pierna y se alisó la falda con sus manos de langosta.

Ascorbus pensó que el cilantro no era motivo para no insistir. El Señor Hostal era un enfermo. Chocaba con las paredes y le temblaban las manos. “Un tipo así no puede matar a nadie, ¿o sí, Simental?”

-Ni a su esposa, ni a su socio hace tres meses. Y tampoco puede tener ganas de matarme a mí y a mi pobre cliente.

-Un tumor es un rifle cargado, Ascorbitus- Simental lo miraba con malicia y sonreía como si le acabara de contar un chiste malo y Ascorbus debiera reírse sólo por su cara bonita – ¿Has pensado en las intenciones de tu cliente? ¿Qué pasa cuando un hombre deja deliberadamente un rifle cargado adentro del cerebro de otro hombre, Ascorbus?

Hizo una pausa en la que Ascorbus siguió masticando y luego le dijo:

-Vas a perder el juicio, niñato.

Pero Ascorbus era un terco. Por eso yo les dije que un maletín con dinero y a Ascorbus le habrían dado unas ganas delirantes de perder el juicio. Pero no quería perder, el muy ufano. Después del receso, se puso a litigar con toda la vitamina T que ahora fluía por su sistema gracias a los tacos.

Llamó a testificar a los técnicos en imagen del hospital y a la secretaria del doctor Fragua.

-¿Discutió usted la imagen de la resonancia con el doctor Fragua?- Y sí, sí. El técnico la había discutido. Ambos sabían que era un astrocitoma. No tenía sentido que el doctor no lo hubiese diagnosticado.

-Háblenos de lo que escuchó durante la última consulta del Señor Hostal con el doctor Fragua, señorita- le solicitó después a la secretaria.

La secretaria –ya saben que a las secretarias les da por mentir de vez en cuando, pero de todos modos tengo que reproducir su testimonio- dijo que había escuchado unas voces acaloradas dentro del consultorio, pero el doctor le había dado un diagnóstico severo al Señor Hostal, ¿qué querían?, ¿que dijera “bienvenido, tumor, muchas gracias por su visita.”?

Eso era normal. Pero después se escuchó un golpe sordo y luego otra voz, muy tenue, que hablaba entre gemidos.

-¿Esto ocurría a menudo, señorita?

-No, defensor.

-Bien y, ¿qué pasó después de eso?- pues nada. No había pasado nada. El doctor le ordenó a la secretaria que se fuera temprano y él se quedó trabajando hasta quién sabe cuándo, quizás hasta la madrugada.

Un suceso raro, ¿no? Supongo que hasta la jueza, con su cara de mucho ruido y pocas nueces, se sentía intrigada por el misteriecillo que planteaba el abogado. Lástima que el interrogatorio del doctor Fraude –quiero decir… Fragua- haya sido tan decepcionante.

-¿Puede contarnos qué sucedió dentro de su consultorio mientras su secretaria escuchó los ruidos, doctor?

-No sucedió nada.

-¿Nada?

-Nada, abogado. El paciente se consultó conmigo y eso fue todo- Los ojos del doctor Fragua eran noche cerrada. Ascorbus no pudo sacarlo de ahí.

Después de la sesión, Ascorbus pasó a su oficina a verificar unos datos. Luego le hizo una visita a su cliente y le reprochó su conducta durante la instrucción.

-Yo no le pedí que me ayudara, abogado. Si no está feliz con mi conducta, abandone el caso- Fragua se miraba las manos con el gesto estirado.

-Si no coopera puede quedarse en la cárcel, ¿lo comprende?- el doctor Fragua no respondió. –Le retirarán su licencia. Su reputación se arruinará. ¿Usted quiere eso?

-Mi reputación ya está arruinada, Ascorbus.

El abogado resopló. El caso lo había armado él, por entero. Había buscado a la familia, a los empleados y a las personas relevantes para el caso. Había escarbado en la basura del doctor Fragua en busca de documentos exculpadores.

Y la única palabra que el doctor había pronunciado además de “Yo lo diagnostiqué. Él no quiso tratarse. Eso fue todo” había sido “Ya váyase, abogado. Yo no lo contraté.” Y tenía razón. El contrato lo hizo con la esposa de Fragua luego de que ésta le rogara encarecidamente que defendiera a su esposo.

-¿Qué me esconde, doctor?- le preguntó por diezmillonésima vez.

Fragua miró hastiado hacia el suelo de concreto y luego le clavó unos ojos de hacha al abogado Ascorbus.

-Márchese, abogado.

Pero Ascorbus no se movió.

Sacó un papelucho de su portafolio. Era una fotografía de un hombre con los ojos tan caídos que parecían aviones haciendo aterrizaje de emergencia.

-Este sujeto. H. Guadarrama. Era socio del Señor Hostal y, antes de que, ya sabe, el Señor Hostal le matara, él y Guadarrama tenían juntos una cafetería en Chapultepec, ¿usted lo sabía?

Fragua esquivó la mirada de la fotografía. Ascorbus sonrió con agudeza.

-Pero claro que lo sabía- le dijo – ¡Guadarrama era amigo de usted, doctor! Él refirió al Señor Hostal con usted cuando empezó a quejarse de mareos y jaquecas. Le tenía mucho aprecio, aparentemente. Podría decirme entonces, ¿por qué a usted no le caía bien Guadarrama, eh? Vamos a ver… ¿Serían asuntos de dinero? ¿O sería que Guadarrama tenía muy buena relación con la esposa de usted? Se reían juntos cuando usted lo invitaba a cenar a su casa. Salían a solas, ¿tal vez? ¿Veían cine europeo juntos, tomados de las manos? ¿Es usted un hombre celoso, doctor Fragua?

-Basta, abogado.

-Vamos a ver, vamos a ver. Usted es un neurólogo competente, doctor. Usted debía saber que cuando un tumor está en el tálamo y entra al hipotálamo puede comprimir la amígdala y… ¿para qué sirve la amígdala, doctor? Vamos, refrésqueme sus lecciones de fisiología.

-Ascorbus, mídase.

-La amígdala, doctor. Muy útil cuando se trata de regular la conducta violenta. La amígdala de usted, más que los guardias de allá afuera, son la razón por la que usted no me ahorca todavía, doctor, aunque tenga muchas ganas de hacerlo- los ojos del doctor Fragua estaban hundidos en llamaradas.

-Basta, abogado. ¿Se da cuenta de lo que está insinuando?- Ascorbus parpadeó. Fragua lo volteó a ver y habló muy lento entonces, con la voz oblicua y ensombrecida.

–Usted sugiere que un hombre con un tumor en el cerebro puede ser usado como un arma homicida, abogado.

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