Uno no espera que le pregunten en una entrevista de radio si los textos que escribe tienen la intención de acercar al común de la población a la lectura. Quiero decir, si quisiera que la gente se acerque a la lectura probablemente envenenaría el agua potable con una sustancia que los obligue a leer o instauraría un Estado policial en el que sólo puedan elegir entre leer o ser enviados a un campo de trabajos forzados.

Vamos, porque eso sería más efectivo que esperar que la gente adquiera la súbita compulsión de leer solamente porque uno es muy bonito y escribe y participa en un colectivo literario que hace lecturas en plazas públicas.

Digo lo anterior porque esta semana el Jardín Blanco tuvo su primer entrevista de radio y los locutores tuvieron a bien preguntarnos cosas como qué proyección queremos darle a la sociedad, y cuál es nuestro compromiso con causas como la promoción a la lectura.

Son buenas preguntas, en realidad. Ese tipo de cosas que hacen que uno se cuestione si escribe solamente porque tiene tiempo libre -¡ojalá!- y mucho odio a la humanidad o si lo hace porque quiere llegar a algo. Ya saben, hacer nuevos amigos, concientizar sobre causas importantes, criticar al sistema, difundir técnicas de fabricación de bombas caseras. Lo normal: cosas que ayuden a mejorar este planeta ridículo que habitamos.

Esto de hacer crítica con la literatura –y en general con el arte- parece que ha estado de moda desde hace unos cuantos siglecitos. No faltan, por ejemplo, los programas de History Chanel en los que se explica cómo Miguel Ángel encriptó en su Capilla Sixtina un montón de mensajes anticlericales y cómo El Quijote puede leerse como un libro secreto si uno hace quién sabe qué códigos rarísimos con los caracteres; y es que evidentemente Miguel de Cervantes puso ahí un código secreto para destruir al sistema, digo, ¿alguien ignoraba sus intenciones incendiarias?

Hoy en día, sin embargo, ya nadie se molesta en esconder sus mensajes y sus pronunciamientos utilizando codiguitos secretos. Tal pareciera, más bien, que mientras más evidente es la intención crítica en una pieza de arte, más cool se vuelve. Si usted no me cree, sólo dese una vuelta por cualquier base de datos de videoarte o pregúntele a su amigo hípster –todos tenemos uno- por el último documental que le pareció inspirador.

Se va a encontrar con que el 90% de lo que se produce tiene mucho compromiso social: hace denuncias, critica cosas como la trivialización de la violencia y la guerra en la Franja de Gaza; ridiculizan los estereotipos de género y hunden a los medios de comunicación masiva. Si estos temas no le bastan, inserte a continuación la causa de su preferencia.

Eso será muy bonito, pero a veces parece que toda esa crítica transcurre con el beneplácito de los criticados. Si no, ¿por qué el arte crítico recibe apoyos del gobierno y es exhibido en galerías importantísimas? Claro, porque hay libertad de expresión, diría cualquiera.

Alguna vez escuché que la represión está solamente ahí donde el gobierno tiene miedo y que es, de hecho, una medida de qué tan amenazado se siente ante sus poblaciones. Así, si usted vive en un sistema que se siente ligeramente amenazado –o amenazadito- es probable que la prensa pueda criticar las corruptelas de funcionarios menores, pero que nadie pueda meterse con el presidente o con la naturaleza del orden establecido.

De ahí que si nosotros podemos darnos el lujo tan grande de expresarnos y criticar hasta con el arte, no es porque los poderes nos quieran mucho y deseen hacernos felices con tanta libertad de expresión, no: es porque no nos tienen ni tantito miedo y por lo tanto su actitud se parece más a un “sí, déjalos que hablen. Es más, dales dinero para que hablen más y nos critiquen más a gusto y hasta con más presupuesto.”

Y así el arte crítico y toda la crítica terminan pareciéndose a un gigantesco buzón de sugerencias. Ese buzón sin duda se ha ensanchado ahora que el internet potencializa las posibilidades de difusión de diversos contenidos. Ante esto, el sentimiento general seguramente es que qué bueno, que nunca estuvimos mejor que ahora y hasta cierto punto es verdadero: nunca tuvimos tantas posibilidades de hundir nuestro papelito en un buzón de sugerencias tan profundo y tan parecido a un abismo de ideas irrecuperables.

Recuerdo, por cierto, que una vez un chico me contó que estuvo de becario en una biblioteca y que a veces, muy de vez en cuando, les decían a él y a los demás becarios que abrieran el buzón de sugerencias y lo vaciaran en la basura porque ya se les había llenado. Así que ya lo sabe: ¡no deje de enviarnos su sugerencia! Ahora que el buzón es más grande, quizás nunca tengamos necesidad de abrirlo y quizás su sugerencia jamás será leída ni siquiera por nuestros becarios despistados y accidentales.

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