Siempre dije que había que sobornar al abogado Ascorbus con dinero y no con peces. Lo de los peces podrá ser una innovación, y uno tiene que innovar en el negocio de las extorsiones y esas cosas, pero nadie va por ahí diciendo “con peces baila el perro” o “poderoso caballero es Don Pez”, así que, ¿qué querían?, ¿Que les aplaudiera esa idea mentecata?

Ya, bueno, pero les tuve que aplaudir, porque la verdad es que casi nos funcionó un poquito.

Cuando Ascorbus metió la pata en su mocasín de charol negro y sintió esa masa de cartílagos resbaladizos pegándosele a su pie, lanzó el zapato con tanta fuerza que pudo haberle arrancado la cabeza a alguien. En el acto se derramó el café sobre su corbata de cubitos rojos y vociferó una tímida maldición que no alcanzó a insultar ni al zapato.

Entre gruñidos fue por el mocasín, lo tomó con cautela de una puntita y, sin dejar de temer lo peor, lo agitó para que lo que estaba escondido cayera enterito encima del suelo.

Y sí: era lo peor.

Ascorbus se llevó la mano a la frente. ¿Qué hacía un pez adentro de su zapato? Encima era su zapato favorito para litigar, porque sí, uno no puede litigar con cualquier zapato. Ya le había dicho muchas veces a su hermana que no quería peces en la casa. “Pero es que a bebé le gustan”, decía su hermana. Y ay, Ascorbus se había doblegado por el niñito, pero desde ahora sería un hombre duro. No más concesiones de peces en la casa.

Se cambió de camisa, de corbata y de zapatos y luego bajó a desayunar. Tenía los papeles del caso encima de la mesa. Intentó volver a leer el expediente del doctor Fragua, pero el pececillo incómodo que yacía sobre el suelo de su recámara se le colaba entre frase y frase. Ya basta, pensó Ascorbus.

Y tuvo que armarse con unos guantes de goma y un montón de papel higiénico, recoger al pez y verterlo en el excusado. Además se entretuvo echando limpiador sobre la manchita de jugo de pez que había quedado sobre el suelo y metiendo los mocasines contaminados en una bolsita de Soriana. Arruinados para siempre, suspiró Ascorbus. Tendría que tirarlos a la basura.

Para cuando llegó a la sala del tribunal, la jueza ya estaba con aquello de que advertía la ausencia de la defensa.

-La defensa está presente, Su Señoría- gritó Ascorbus, mientras arrastraba las sillas para colocarse en su lugar. Su cliente le dirigió una mirada de hierro.

La jueza lo miró feo también. Aunque eso era normal, los jueces tienen la obligación de mirar feo a toda la gente. Luego hizo un montón de ceremonias reglamentarias y, “para centrar el debate y evitar derivaciones innecesarias”, les hizo saber el motivo de la fiestecilla. Quiero decir, del juicio.

Les contó aquello de que el día ocho de abril del año en curso el Señor Hostal presentó una demanda en contra del señor Epigmenio Fragua Ibarra, médico neurólogo, por negligencia en el diagnóstico y tratamiento oportuno de un astrocitoma anaplásico de grado tres y su consecuente evolución en un glioblastoma multiforme, –no me juzguen, yo no les puse los nombres a estas cosas- tumor inoperable y de pronóstico oscuro floreciendo como un bello lirio en las orillas de su tálamo.

Luego de que el doctor Fragua declarara que no le apetecía pronunciarse sobre su culpabilidad o su inocencia, la parte acusadora comenzó a darle rienda suelta a su alegato.

Ya saben, estaba esa abogada de apellido extraño. Semental o Simental o Sentimental, no lo recuerdo perfectamente. Recuerdo, eso sí, que tenía un cabello larguísimo y castaño, y que le ondeaba como una bandera sin patria mientras daba vueltas por toda la sala interrogando a su primer consultor técnico: un medicucho de cabeza trasquilada y voz de flauta que decía que sí, sí, Fragua había errado en el diagnóstico.

“Y aquí les muestro una resonancia magnética del día no sé cuál del mes de diciembre del año pasado. Y la explico con un lenguaje incomprensible. Y entonces pueden ver claramente aquí -¿dónde? Yo nunca veo nada en esas imágenes que usan los medicuchos- el tumorcillo en el tálamo. La resonancia fue ordenada y revisada por el doctor Fragua. Si este neurólogo hubiera sido un profesional competente, se habría dado cuenta de que el tumor estaba ahí. Todos lo ven, ¿no?”

-Sólo para que no haya dudas, doctor, ¿se trataba ya de un tumor maligno?- preguntó la abogada con esa vocecilla tiránica en la que incurría de vez en cuando.

El medicucho explicó no sé qué de la forma y la textura y los grados de actividad del tumor. Así que sí. Maligno. Malignísimo a todas luces, ¿qué no lo están viendo?

-Maligno pero tratable, señorita Simental. Yo habría aconsejado radioterapia.

-Bien, y, cuando el agraviado acudió a su consulta por una segunda opinión, ¿estaba siguiendo ya algún tipo de tratamiento?

-Ninguno, señorita. Según me dijo, el doctor Fragua lo envió a su casa con aspirinas efervescentes.

-Aspirinas para aliviar un tumor maligno. ¿Cómo se explica esto usted como neurólogo, doctor Morales?

-No me lo explico, señorita.

-¿Diría entonces que, al no diagnosticar el tumor, el doctor Fragua incurrió en un error comprensible o en un acto deliberadamente negligente?

-Yo diría que… bueno, no lo sé. Diría que quizás… el doctor Fragua no tuvo ganas de diagnosticarlo.

Al acusado le temblaba el bigote y tenía la boca torcida, como si se estuviera reprimiendo para no decir algo.

-¿No tuvo ganas?

-¡Objeción, Su Señoría!- gritó Ascorbus saliendo de quién sabe qué letargo. –La pregunta da lugar a especulaciones.

La abogada del apellido extraño miró a Ascorbus con recelo y luego pasó a preguntar otra cosa. Le preguntó al medicucho cuál habría sido la diferencia en el pronóstico del paciente de haber recibido tratamiento desde diciembre.

-Bueno, señorita. No quisiera especular tampoco, pero… usted sabe. Un astrocitoma anaplásico es tratable. Un glioblastoma, en cambio… Si lo hubiésemos tratado a tiempo, quizás nos habríamos evitado las…

-¿Las qué, doctor?

-Las fatales consecuencias- el doctor miró al suelo como si fuera a echarse a llorar de la pura pena.

-Es cuanto, Su Señoría- dijo la abogada y procedió a sentarse.

Era el turno de Ascorbus. No sabía si tenía algo que preguntarle al medicucho. De momento sólo pensaba un poquito en el caso y un mucho en el pez. No estaba ahí, pero lo seguía sintiendo en el zapato. Ya tendría que hablar con su hermana sobre la disciplina del niño. Y sobre los peces. ¿Por qué dejaba que Minipablo metiera las manos en la pecera? Ni siquiera era una práctica sanitaria para el infante. Podía contraer cólera o tifus o el síndrome de las diarreas explosivas. Y peor: él, Ascorbus, podía enfermarse de los nervios. Las cosas tenían que parar, hablaría muy seriamente con su hermana.

-¿Está usted aquí entre nosotros, defensor? ¿O debo llamar a un médium para que lo ponga en contacto con la sala?- lo increpó la jueza.

Ascorbus se acordó repentinamente de que quería llamar al paciente a testificar.

-El agraviado no se encentra en la sala, defensor Ascorbus. Lo sabría si hubiese llegado a tiempo a la sesión.

-¿No está?- se exaltó el abogado.

-No está.

-Pero, Su Señoría, no podemos continuar con la sesión sin la parte querellante.

-El querellante no podrá venir, defensor- la jueza lo miraba implacable. –El querellante está…

-¿Muerto?- estalló Ascorbus -¡No me diga que el tumorcete ya lo mató!

-No, defensor. El querellante está vivo. Tan vivo que hasta nos cometió un crimen la noche pasada.

-¿Un crimen?- Ascorbus se llevó una mano a la frente.

-Lo sabría si leyera las noticias, defensor.

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