El Taquero me dijo que no había de qué preocuparse. No era la primera vez que se le descarriaba un modelo como Paper. Estaban programados para ejecutar conductas más o menos humanas –no mucho, no se emocione tampoco- porque requerían un mínimo de humanidad para poder cumplir con sus funciones: inventarse mentiras para difundirlas en la web. ¿Lo del Concurso Internacional y la bolsa de premios en bitcoins? Un invento suyo para incentivar la productividad de sus modelos.

Él mismo compite también para ponérselos un poquito más difícil. “A veces gano y me salvo de repartirles el premio. Que a fin de cuentas, Vargas, ¿para qué quiere un bot andar con el bolsillo cargado de dinero, dígame usted?”

Paper era ambiciosa, sin embargo. Y más que ambiciosa era extravagante. “Usted la vio, ¿no es cierto? Siempre fue un modelito difícil. Demasiado interesada en ganarme. Casi como si, ya sabe, tuviera un interés personal en sabotear mis planes.”

-Pero mejor dígame, ¿qué le dijo ella de verdad? Los modelos son muy listos. A veces hacen cosas que yo no puedo. ¿Es cierto que la chica encontró el camino de descenso hasta Marianas Web?- sólo entonces me di cuenta de que el Taquero no ponía en duda el contenido de mi timo.

Yo le había dicho que Paper sabía llegar a Marianas Web. Y que la llevaría ante él para que le confesara su secreto.

Cuando salió a la luz el robotismo crónico de Paper, pensé que el sujeto sabía que todo era falso y sólo estaba interpretando una faramalla antes de hacerme exactamente lo mismo que le había hecho a Paper. Yo tenía mi navaja lista para enfrentar cualquier inconveniente.

-¿Para qué quiere ir ahí?- le pregunté, atrincherado a los muros de la sala de visitas.

El Taquero se sirvió otro vaso de vino. Alzó la botella para ofrecerme un poquito  más. Me negué. Entonces me preguntó:

-¿No quiere venir usted también, Vargás?

-¿Qué encontraré si voy yo, sir?

-¿Usted? Lo mismo que todos, Vargás. El alivio.- el Taquero empinó el vaso de un solo trago. Empezaba a ponerse más rubicundo que de costumbre.

Se sentó en el sillón y me dijo que lo que tenía que imaginarme yo era que internet es el reino de la información libre. Un arma poderosa, sin duda. “Pero usted conoce las normas, Vargás. Si los ciudadanos han de recibir una cuchilla, alguien se tiene que ocupar de quitarle el filo. –Se sirvió un tercer vaso y le dio un trago -Y yo le quito el filo a esta cuchilla.”

Y dijo que por eso recibe un presupuesto enorme, ¿para qué? Para que donde la gente intente hablar, sus agentes viertan toneladas de abejas y entonces sólo se escuche la atrocidad de los zumbidos. Zumbidos como insectos comiéndonos la carne. Zumbidos como las mareas fúricas de los tsunamis aglutinados en los fondos del Pacífico. Zumbidos más efectivos que cualquier censura o cualquier silencio.

-Les hago un favor a todos esos internautas, ¿no cree, Vargás? ¿Qué harían ellos si pudieran escuchar el poder de su propia voz?

Pasé un dedo por mi navaja. La cuchilla sí tenía filo.

-Pero después uno se cansa. Uno se cansa de la confusión, de los zumbidos que no se callan, de las armas sin filo.

El Taquero, medio ebrio ya, se levantó y fue ante el cadáver –si se le podía llamar cadáver- de Paper. Hizo algo horrible entonces. Con su cuchilla le hizo un corte en el cráneo y le rasgó la piel hecha de fibras falsas. Sentí que me dolía. Me dolía por Paper y me dolía por mí. Luego levantó el cartucho de metal que hacía las veces de cerebro y extrajo una pastillita colorada. Se me revolvió el estómago de pensar que Paper, la misma niña coreana cuya foto de perfil era una grulla de origami, la misma Paper que me dijo cursiladas mientras viajábamos en el tren nocturno estaba reducida a esa pastillita roja e insignificante.

El Taquero le entregó la pastilla a uno de los esbirros y le dijo que leyera la memoria en una de las computadoras.

-No hace falta- le dije.

Cómo el Taquero leyera esa memoria en una computadora, se daría cuenta de que Paper y yo nos habíamos coludido para mentirle.

-Me lo contó todo a mí.

-¿A usted?- el Taquero sonrió con sarcasmo. –Sírvase otro vino mientras los chicos le leen la memoria al modelo.

-No.- le dije. Y dejé mi trinchera para caminar hacia el hueco en el que habíamos colocado la olvidada caja de madera. Me agaché y puse una mano sobre el borde de la tapa. –La caja sirve para llegar a Marianas Web.

Logré hacerme con la atención del Taquero. El esbirro colocaba la pastilla en el puerto USB de un ordenador, pero yo tenía que ser más rápido.

Levanté la tapadera de la caja y dejé al descubierto la madera cruda, la pulcritud de ataúd y algo que no estaba ahí cuando los esbirros de Paper intentaron meterme: una pantalla portátil colgada en la cara interior de la tapadera. La pantalla estaba encendida y hervía de contenidos informáticos que galopaban como caballos indomables. Yo los había programado.

-¿Ya vio?- le dije. Pero era una pregunta inútil. Claro que veía. Se le salían de las órbitas los ojillos envinados. –Tiene que meterse ahí, ¿entiende? La pantalla le va a mostrar Marianas Web, pero tiene que meterse.

El Taquero me miró con suspicacia. Ya decía yo. No es fácil convencer a la gente de meterse a sí misma en un ataúd.

-Métase usted primero.

-¿Yo?- me escandalicé. –Pero yo no quiero ir.

-¡Claro que quiere, Vargás! Usted está molesto porque le han timado. En Marianas Web nadie lo va a timar. Ahí no hay zumbidos. Es el core del internet. Es la única calma para su cerebro. Es el único sitio en el que la información dice la verdad como un cuchillo afilado.

-Entre- repetí. Y lo amenacé con arrancar la pantalla de su lugar. Estaba seguro de que debía de haber una ventana. Arrojaría la pantalla por ahí después si no se metía. –Entre. Tiene sólo una oportunidad.

No sé de dónde me salió ponerme tan autoritario, pero supongo que podía hablar firme de vez en cuando. La cosa es que el Taquero estaba ya tan ebrio que se quitó los zapatos y puso un pie adentro del arcón.

-Ande, ¿qué le voy a hacer yo? No me diga que tiene miedo de mí, sir.

Entonces el Taquero se relajó y pensé que finalmente se sumiría en el interior de la caja; pero no lo hizo. En su lugar, se me echó encima y trató de clavarme su cuchilla en el cuello, justo como había hecho con Paper. Yo forcejeé, me resistí, intenté mover mi propia navaja para someterlo, pero qué hacía. El Taquero era mucho más pesado, mucho más espeso que yo. Me decía entre susurros “No le voy a comprar su timo, Vargás, no le voy a comprar su timo. No voy a caer en esto yo también.”

Sentí el frío de la hoja entrándome por el pescuezo y pensé que debería ser ilegal morirse así.

Entonces el Taquero se desplomó repentinamente detrás de mí.

Uno de sus esbirros lo había golpeado con la botella de vino. En ese momento no supe si su esbirro era también un robot o un modelo, pero no me importó. Al parecer Paper no era la única rebelde. Entre los dos lo levantamos y lo embutimos en la caja.

Bajé la tapadera y le ofrecí el estremecedor crujido de las bisagras como un regalo de despedida. Luego le puse un pesadísimo candado a la tapadera. Nunca le dije a Paper que pensaba ponérselo. A ella sólo le dije que lo meteríamos un rato, que lo haríamos creer que estaba en Marianas Web y luego nos burlaríamos de su humillación, de que lo habíamos metido en un arcón de madera para hacerlo sentir que era un muerto y para después otorgarle el diploma del Mayor Crédulo del Año.

Nunca le dije que no pensaba volver a abrirle la puerta. Nunca le dije que a un loco de la información deberíamos darle una cura de información, que se moriría sin dejar de mirar nunca el contenido de la pantalla: las noticias que zumban como avispas encolerizadas, los engaños, los datos y todas las cifras falsas que se le pegan a uno en el cerebro y que poco a poco le inundan a uno con esa sustancia vacía y gris de la que están habitados.

No le dije eso a Paper. No le dije tampoco que el Taquero no sería el único habitante de la caja porque ella estaría obligada a hacerle compañía para siempre debajo de la luz y del graznido perpetuo de las mentiras de la pantalla.

No se lo dije.

Y en aquel momento sólo deseaba habérselo dicho y haber sido capaz de cumplirlo, pero el Taquero me había ganado y le había sacado esa pastilla roja del cerebro. Ya no podía meter a Paper ahí adentro para que le hiciera compañía.

Maldito Taquero hijo de toda su putísima madre. Maldito.

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