Con aquello de que el precio de la gasolina sube y sube, la Ordeña de Gasoductos y la Ordeña de Pipas están a punto de convertirse en deportes olímpicos. En deportes nacionales, cuando menos, porque el Comité Olímpico todavía no se ha pronunciado a favor de la iniciativa y quizás no se pronuncie, ya que corren rumores de que se trata de deportes de alto riesgo.

Esta semana, sin ir más lejos, mi papá nos contaba cómo una competencia intermunicipal de Ordeña de Pipas en el estado de Tabasco se convirtió en tragedia cuando, luego del choque de una pipa en medio de la carretera, los competidores se lanzaron a la ordeña armados con tambos y botes y repentinamente a la pipa le dio por estallar en pedazos –¿a quién se le ocurre, ni que la gasolina fuera explosiva?- dejando a varios competidores muertos y a tantos más heridos.

A propósito del asunto, mi mamá comentó aquello que decía su abuela –o quizás la mía, ya no supe cuál de las dos- de que “Dios castiga sin vara ni cuarta”, pero yo me pregunté en el acto cuál sería la consideración moral para castigar a alguien que roba gasolina probablemente para conseguir un ingreso extra que le abone al salario mínimo. Vamos, que una persona que tiene un salario digno no anda por ahí robándose la gasolina y exponiéndose a ese hábito raro que tiene la sustancia de explotar de repente.

“Pues claro. Roban porque hay pobreza y resentimiento social”, decía mi papá. Y el asunto éste del resentimiento social me hizo eco el otro día que Rosa escribió sobre sus aventuras con el sistema de seguridad social mexicano y cómo por obtener una simple incapacidad laboral tuvo que robarles el lugar a varias personas que tenían aprietos de salud mucho más severos que el suyo.

Rosa dijo que se sentía culpable. Culpable, de cierto modo, de tener un poquito más de suerte que millones de personas que no tienen nada. Me parece que estos conceptos son reflejos el uno del otro: el resentimiento social del que no tiene y la culpa esporádica que le surge al que tiene un poquito más cuando se encuentra de cara con la realidad de las desigualdades.

Y son sentimientos chistosos, también, porque la persona que tiene un poco más se descubre repentinamente culpable de un pecado abstruso e indefinible. Intenta pensar y sabe que no tiene consciencia de haber explotado a ningún ser concreto para haber obtenido lo que tiene –que usualmente tampoco es gran cosa, apenas lo de una vida digna y algunos placeres.

Al que no tiene, en cambio, como que le suena una campana en la cabeza que le ordena odiar al “rico” inmediatamente más cercano. Y entonces, ya saben, odia al señor que puso su tiendita con ayuda de un crédito o a la chica que fue a la universidad privada porque empeñó su alma durante los próximos diez años de créditos educativos.

Vaya sí es un sistema de explotación eficaz, ¿no es así? Porque los verdaderos explotadores están siempre enmascarados, pero eso no evita que el pobre descargue simbólicamente su frustración usando como chivo expiatorio a la clase media –explotada también- robándole de vez en cuando o rapiñando cada vez que hay desastres naturales o choques de pipas de gasolina. Y la clase media tiene oportunidad de redimir la culpa que no sienten los verdaderos explotadores, dando una limosnita a la gente que pide dinero en los cruces de calles o dejándole su lugar a una señora enferma en las inconmensurables filas del Seguro Social.

Y a todas estas medidas se les podría dar un premio por su ineficacia.

Son comprensibles, sin embargo. Y también me parece que son buenos síntomas. Que nos sintamos culpables o molestos por sabernos explotados es un signo de que no hemos interiorizado la desigualdad desmedida como algo natural e inevitable. Es un signo de que no estamos todavía en 1984 de George Orwell y la búsqueda del poder y la explotación del prójimo no nos parecen todavía el único medio de vida.

Son buenos síntomas, sí. Pero no le sirven de nada a usted, resentido social. Ni a usted, clasemediero culpable. Si quieren hacer algo de verdad unan fuerzas, desenmascaren al verdadero explotador, construyan una bomba y apunten. Y disparen.

Les prometo que entonces ya no se sentirán culpables. Ni explotados.

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