-¿Sabes por qué? Él te engañó tan fácil- me preguntó Paper luego de que yo aceptara su propuesta.

Yo negué con la cabeza y seguí tecleando código en el ordenador que había conseguido que Paper me prestara. No me daba la gana escucharla. No me daba la gana escuchar a nadie realmente.

-Porque querías creer que podías hacer algo. Algo por el mundo- dijo. –Pero no se puede, V. El mundo no se arregla detrás de una pantalla- pero Paper tenía la razón solamente a la mitad. El mundo es una causa perdida desde detrás de una pantalla, eso estaba claro. Pero algo se puede hacer por él con las pantallas, por eso se me ocurrió que podíamos usar una pantalla para implementarle un buen timo al Taquero.

Paper quería engañarlo con sus cargamentos de fósiles, con su evolución alternativa. Pero el Taquero no se creería ni una de esas cosas. Yo sabía. Si me había enviado aquí, si le había pagado el importe de un fósil a Paper era porque quería saber hasta dónde llegaba el ingenio de la chica, su eterna adversaria en los Concursos Internacionales de Mentiras. Nada más y solamente.

Al Taquero no le interesaban los fósiles porque había una sola cosa en todo el mundo capaz de interesar genuinamente a ese sujeto que se parecía a un vendedor de tacos venido a menos.

Y yo le vendí ese secreto a Paper a cambio de que pagara mi boleto de avión de regreso a México. Un trato muy conveniente. Yo no tenía nada que perder, salvo mi honor. Y de todos modos ya era un finalista en eso del Mayor Crédulo del Año así que mi honor caía como los precios del petróleo: valía poca cosa, ya.

Terminamos los preparativos para el timo y luego marchamos en un tren nocturno al Norte, hacia la finca del Taquero.

Paper se portó rara durante el trayecto, casi como si de repente tuviera ganas de ser otra persona. Hablaba de su nostalgia por volver al país al que pertenecía, pero había estado en tantos lugares que ya no le pertenecía a ninguno. Yo al menos podía regresar a algún sitio. Ella no. Ella no tenía ningún sitio.

-El internet es el lugar de los que no tienen lugar- dijo de repente y yo echaba todas esas cosas como en un bolsillo con agujeros porque sólo pensaba en una cosa. Sólo pensaba en timar al Taquero, por depravación, por venganza, por quién sabe qué. Quizás para demostrar que no me merecía el diploma que él y Paper habían pretendido adjudicarme. Quizás por eso.

Al amanecer desembarcamos por fin en la finca del Taquero, acompañados por el gigantesco arcón en el que los esbirros de Paper habían intentado meterme. Ellos lo intentaron en broma.

Para mí, en cambio, ese arcón era una cosa muy seria.

Le até las manos a Paper para fingir delante del Taquero que la había sometido, que no estaba ahí por voluntad propia y por supuesto no se había coludido conmigo solamente para robarle el premio de un absurdo concursito. Luego llamé a la puerta.

El ansía me mordía los estómagos.

Esperaba que nos abriera un esbirro. Pero nos abrió el Taquero, con su barriga inmensa y su bigotito de vendedor de tacos inexplicablemente caucásico. Nos esperaba tan ansioso que nos hizo pasar y nos sirvió un trago de vino en un vasito desechable de plástico.  Quiero decir, me lo sirvió a mí y se lo sirvió a él mismo, porque Paper no llegaba en calidad de huésped. Llegaba en calidad de prisionera.

Unos esbirros se ocuparon de retener a Paper por los hombros. No se le fuera a ocurrir alguna extravagancia. Yo fingí darle un trago al vaso de vino y luego vertí el resto de la bebida en una maceta. Quería que aceleráramos nuestro asunto pendiente, pero el Taquero parecía no tener prisa.

Se sentó en un sofá y me preguntó por el fósil. “¿Viene en la caja?”

Le dije que sí y el Taquero me dijo que “ni se hubiera molestado, Vargás.” “Ese fósil es basura.”

-Usted pagó por él- le insistí. –Usted me envió ahí por él. Debía ser una cosa importante.

-¿Tan importante se siente usted, Vargás?

No, por supuesto que yo no me sentía importante. Estos tiempos son anónimos, nadie puede ser tan importante. Me temblaban los puños.

Vargás, ¿qué tiene?- el Taquero cruzó la pierna por encima de su rodilla –Está tenso. Bébase su vino. – yo le enseñé el vaso vacío. El Taquero me escrutó con sus ojos verdiazules y luego puso cara de saberlo todo. Aunque él siempre tenía esa cara: siempre lo sabía casi todo –No me diga que esta puta asiática le contó cosas que no debía.

El Taquero le hizo un gesto a uno de los esbirros y el esbirro obedeció la señal abofeteando a Paper en la cara.

-¿Se lo contó, Kim Yae-Sook?- dijo el Taquero con mucha calma. Aunque no estuve seguro de si dijo Kim Yae-Sook. Lo mismo pudo decir Eun-Kyung Lee o Yong Yae-Hwa. Era impronunciable, así que ni valía la pena recordarlo de todos modos.

El esbirro abofeteó a Paper tres veces más, mientras el Taquero le repetía muy lento la pregunta.

-No- se excusó Paper mirando al suelo. Una gotita de sangre deslavada le escurría por el labio. Sentí un poquito de pena por ella, pero solamente un poquitito.

Evidentemente el Taquero no le creyó porque a continuación se volvió a mí y me preguntó que por qué me afectaba tanto saberme engañado. ¿Qué no me enorgullecía el premio que iban a darme? Según él, hablaba muy bien de mí el que me hubiera creído la estafa. “Usted quiere hacer algo bueno por su país, Vargás. Es un justiciero. Que su causa sea ficticia no le quita mérito a sus intenciones.” Dijo. “Y lo que importa son las intenciones. Lo que importa es cómo se siente uno con lo que hace. Si tiene resultado o no… Ya sabemos que ésta no es la época de cambiar las cosas ni de obtener resultados, Vargás. Usted no se preocupe. Siga adelante con sus buenas intenciones. Con eso nos basta.”

Los dientes me chirriaban de enojo.

-¿Podemos hablar del asunto que tenemos pendiente, sir?- increpé yo mientras le daba un trago mental a mi propia bilis.

-Pero, ¿por qué la prisa, Vargás? Nos queda una larga celebración por delante. Pero antes tenemos que ocuparnos de nuestros enemigos, ¿no le parece?

Entonces el Taquero se levantó y le cortó el cuello a Paper con una navaja.

Pero la chica no se murió.

Solamente le brotaron cables de las entrañas del pescuezo.

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