A veces me pregunto qué hay adentro de la cabeza de un fascista de izquierdas. La pregunta no es muy distinta a la de qué hay en la cabeza de un fascista en general; pero, ya que la izquierda está tradicionalmente asociada al cambio, a la solidaridad y a la justicia social, uno se pregunta cómo hacen estos conceptos para convivir tan bien con la intransigencia y la aversión a la crítica propias de los fascistas de izquierdas.

Y es que uno se pregunta cómo se pasa de defender a Aristegui por aquello de su despido, a insultar a cualquiera a quien se le ocurra no defender o mantenerse al margen de la periodista porque entonces se es un “maiceado”, un peñabot, un lamebotas del gobierno y del PRI por siempre jamás.

Como a mí no me apetece ser un peñabot, esta semana he decidido que ya estaba dicho: me uniría a las filas de los fascistas de izquierdas.

Luego de analizarlo, decidí que el punto de partida tenía que ser sensibilizarme ante la realidad social del país, así que me puse a ver noticieros y a leer crónicas en periódicos independientes, y, después de unos cuantos minutos de mirar a vendedores ambulantes e indígenas explotados, me sentí lo suficientemente rabiosa como para dar el siguiente paso: buscar culpables.

Claro, si uno quiere ser un fascista de izquierdas, todo siempre tiene que ser culpa de alguien. No me esforcé en hacer un análisis multifactorial de la realidad, mucho menos me cuestioné si yo misma tenía algo de responsabilidad en el asunto. No, no fui tan lista ni tan creativa. Lo único que hice fue culpar al PRI, al presidente en turno y, ¿por qué no? A Estados Unidos como actor de fondo.

Habiendo establecido a mi triada de culpables, me di cuenta de que no me sentía particularmente fascista de izquierdas. En realidad, me sentía casi como cualquier mexicano decente y más o menos sensible a las problemáticas nacionales. Hasta mi papá –conocido miembro de la ultraderecha- estaría más o menos de acuerdo conmigo.

Me faltaba algo más, algo que pudiese abonar la tierra de mi justa indignación ciudadana. Así que me puse a hacer algo muy importante: apagué mi sentido crítico y empecé a escuchar sólo a los periodistas, canales de información y políticos que comparten su visión del país conmigo. Asumí a todos los demás como parciales, mentirosos y hasta un poquito vendidos.

Pero todo bien, mi papá –a quien ya establecimos como sujeto de control en mi pequeño experimento- también cree que algunos medios están censurados o vendidos, así que todavía no me sentí como una fascista de izquierdas consumada.

Lo cierto es que el paso decisivo no vino de mí, sino de afuera. Bueno, yo ciertamente hice algo, pero no mucho: empecé a compartir material en mis cuentas de Twitter y Facebook y a hacer un poco de spam con mi visión política de la vida. Luego también empecé a hacer comentarios a cuento de nada en las reuniones familiares porque pensé que podría convencerlos a todos, que lo razonable sería que todos estuvieran de acuerdo conmigo. Pero no fue así.

¡No sólo no estuvieron de acuerdo conmigo, sino que me insultaron! Me dijeron que era una chaira, una pejezombie, y, en el mejor de los casos, una ingenua desinformada. Pronto empecé a sentirme acusada y perseguida y me di cuenta de que todos esos detractores no están en contra mía: están en contra del cambio y de la evolución nacional. No comprendo cómo pueden ser tan estrechos de miras, ¿qué no se dan cuenta de que su actitud retrógrada nos atrasa a todos?

Ya en esa tónica, me di cuenta de algo muy importante: la libertad de expresión en realidad no nos hace bien cuando sólo permite que se expresen los retrógrados, los vendidos y los maiceados. No sirve de nada cuando le abre canal a las personas que quieren estar en contra de nosotros: del bienestar de la nación y de los ciudadanos. Si no quieren la revolución por la buena, habrá que hacerlos entrar en razón por la fuerza.

Entonces di el salto. Los insulté y quemé sus casas. Hasta pinté una esvástica en la vivienda de uno de los detractores que además de miope era judío. Y me sentí bien. Lo había logrado: me había convertido en una fascista de izquierdas.

Y así, estando más allá de todo remedio, no me di cuenta de que no sólo fui un producto de mi falta de actitud crítica y de mi intolerancia. También la intolerancia del otro me llevó a la paranoia. Y la paranoia y el fascismo, vaya, son casi la misma cosa.

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