Fue Paper quien terminó adentro de la caja. Yo la metí.

O por lo menos me hubiera gustado, porque antes vinieron unos tipos, los mismos gigantones que me habían reducido a la nada en el museo, trajeron una caja enorme hecha de maderas crudas, parecida en anatomía a un ataúd porque la tapadera se levantaba con bisagras. La abrieron. Pude ver que dentro no había nada: una palidez mortuoria solamente.

Luego los esbirros trataron de embutirme ahí.

Yo les di pleito, me resistí como un gusano, me saqué las ataduras de los tobillos y después me lancé sobre Paper, la tomé por el cuello y le apunté la cuchilla contra el pescuezo.

-Nada de cajas o Paper se rompe- les grité.

Los tipos se miraron entre sí sin hacer nada. Eran dos contra mi flacucha humanidad. Pensé que arremeterían contra mí y yo tendría que proceder fatalmente contra Paper, pero no me hicieron nada. Uno de ellos sonrió.

Luego sentí que el cuello de Paper vibraba también con una risita hueca y ahogada.

-Felicidades, V- dijo sin emoción. Y yo pensé felicidades, ¿por qué?, pero evidentemente uno no hace preguntas en voz alta en un momento como ése.

Uno de los esbirros se inclinó sobre el arcón de madera y extrajo una especie de cartulina tamaño carta, adornada con letras cursivas y florituras horribles. El esbirro se me acercó –se nos acercó, mejor dicho- y yo qué podía hacer. ¿Acuchillar a Paper? ¿Sólo porque el tipo venía armado con una especie de diploma?

Me puso el papel enfrente y Paper me ordenó que leyera.

LA SOCIEDAD DEL INTERNET PROFUNDO Y ASOCIADOS

Reconoce a

(Espacio en blanco)

Con el distinguidísimo título de:

MAYOR CRÉDULO DEL AÑO

Y un montón de sellos, firmas y leyendas burocráticas.

-Felicidades, V- repitió Paper- Vamos a escribir tu nombre ahí. En el espacio en blanco.

No pude evitar pensar que esto era como las estafas telefónicas en las que le llaman a uno para decirle que se ganó un premio y que tiene que depositar cinco mil pesos en tarjetas de Telcel para poder cobrarlo. Me querían dar un premio absurdo que no pedí. Que no merecía. Y sólo podía preguntarme, ¿cuántas tarjetas de Telcel tendría que pagarles a cambio?

Explique-lui, Malthus- ordenó Paper y el esbirro que se había quedado más lejos empezó a hablarme. Tenía cara de hablar inglés, pero hablaba en francés. Yo apenas entendía su idioma, pero alcancé a escucharle una explicación abstrusa sobre cómo todos los años la sociedad citada en el diploma organiza un Concurso Internacional de Mentiras Difundidas por Internet.

Antes se trataba de mentiras masivas. El premio se lo llevaba la mayor absurdez creída por el mayor número de personas.

-Pero, ¿qué reto tiene eso, V?- intervino Paper. –Ninguno. Un video en Youtube y ya. Evolución falsa. Civilización alienígena anterior al humano. Conspiración. Todos se creen todo, V. –dijo –Por eso inventamos una modalidad individual.

Y luego el esbirro siguió explicándome en su lengua de palabras mordidas que todos los años cada competidor elige una víctima y la hace caer en un gran timo vía web. La víctima con más ingenuidad y talento para creerse timos es reconocida con el título del Mayor Crédulo del Año y el autor de la estafa recibe una suma cuantiosa tasada en bitcoins.

Yo sentía que me estaban diciendo la cosa más ridícula del mundo. No podía ser cierto. Sin apenas darme cuenta, había relajado la presión que ejercían mis manos sobre el pescuezo de Paper.

-Los primeros en caer, ¿sabes quiénes son, V?- me preguntó girando un poco la cabeza para encontrarse tangencialmente con mis ojos. –En los timos.

No le respondí.

-Los que buscan la verdad, V – dijo.- Como tú.

Y antes de poder detenerla, Paper se zafó de mi poder y se giró para mirarme de frente. Me estremecí. Me acarició la mejilla con su mano fría como animalito muerto y luego se puso en puntillas y me pasó la mano por detrás del cuello, como hacen las chicas antes de pegarse a los labios de los chicos que las aman.

-¿Todavía no entiendes, V?

Pero yo lo entendía todo. Sólo que no quería escucharlo, así que me puse a declamar mentalmente todos los poemas solemnes que me enseñaron en la secundaria mientras Paper me explicaba con su sintaxis anómala que yo era la víctima de un timo que el Taquero habría de presentar en el Concurso. Un timo sobre gánsteres mexicanos y un chico tan ingenuo que se cree que puede perseguirlos, denunciarlos y acabar con ellos desde la comodidad de su computadora. El chico recibe entonces una amenaza de muerte. Virtual, tan virtual como el resto del engaño. No hay rastros, no hay evidencias físicas. Nadie puede matarlo porque los criminales no existen y ni siquiera existen las evidencias cibernéticas. Todo se envió desde IPs dinámicas y enmascaradas, que se destruyen instantes después de utilizarse.

Cuando el chico ha caído, el timador se ofrece a salvar su vida y lo asila para protegerlo de una amenaza que no existe. Entonces lo incorpora a la prosapia de sus filas de crédulos y se echa miles de bitcoins en el bolsillo.

-Pero te voy a proponer algo, V- dijo Paper y yo tuve que hacer un esfuerzo para dejar de recitar versos de Sor Juana y volver a la tierra, donde Paper me hablaba.

Y entonces me propuso que timáramos al Taquero para el Concurso de este año. Ella y yo juntos.

-Su nombre- dijo. –En lugar del tuyo. Lo vamos a escribir en ese diploma.

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