La única persona haciéndome compañía eran los restos fósiles de ese cangrejo horrendo que intenté robarme en McGill University. Bueno, menos mal que esos tipos que me metieron en un auto y me dieron un paseíto con la cabeza envuelta en un capuchón de tela pensaron también en mis intereses.

Nadie abrió la boca mientras me transportaban, así que hasta donde yo sabía, bien pude haber sido abducido por una banda criminal de mudos. Mudos unidos por el crimen. Mudos y sangre. Como nadie me hablaba, y para no pensar en toda la gente que me quería muerto en ese preciso instante, me puse a inventarles nombres chistosos a la banda criminal en cuestión, porque una cosa era segura: no era la policía ni los vigilantes del museo ni ninguna autoridad moral quien se había hecho conmigo.

En algún momento llegamos a un cuarto que olía a humedad, me empujaron dentro y detrás de mí empujaron una serie de objetos que al chocar con el suelo hicieron un ruido parecido al cacareo de una gallina. Tenían que ser los huesos del cangrejo, ¿qué más?

Bonita cosa. Un cangrejo y yo. Prisioneros de alguien.

Todavía tenía el capuchón en la cabeza y las muñecas y los tobillos atados con una ridícula cuerdecita. Me dolía la espalda. Quién sabe cuánto tiempo me quedaría ahí, con ese absurdo trapo en la cabeza y esperando a que alguien viniera a liquidarme. Uno piensa en esas cosas cuando sabe que su cabeza vale algo. La mía valía tres pesos, quizás, pero ya era algo. La cabeza de algunos no vale nada.

Eso me decía a mí mismo cuando sentí que mi celular vibró en mi bolsillo. No sabía que todavía estaba a mi lado. Quienquiera que quisiera mi cabeza justo ahora era un inepto. Lo primero que uno hace con un prisionero es incomunicarlo. Ya saldría de aquí y les enseñaría a hacer las cosas como se debe.

Le pedí a mi asistente artificial que le hiciera una llamada al Taquero. Le repetí la instrucción varias veces, pero no me dio respuesta. No, no, Jeannie, no te pongas difícil ahora, le dije. A veces Jeannie tenía problemas para interpretar el español. Probé en inglés “Call Taquero, Jeannie.”, pero Jeannie me contestó que “I’m sorry, but you’re not my lord and master.”

Cómo que no, Jeannie. Descarté que mi asistente maquinal estuviera tratando de rebelarse contra mí y pensé que quizás el capuchón en el que tenía envuelta la cabeza me torcía la voz y por eso Jeannie no podía reconocerme. Sacudí el cuello como con ganas de provocarme una tremenda tortícolis, y, después de varios intentos, conseguí hacer que la tela se me resbalara hasta el piso.

Pero entonces ya no le pedí nada a Jeannie, porque me di cuenta de que estaba en un sitio completamente distinto del que me había imaginado. No era ninguna especie de calabozo, con paredes mordidas de humedad y sin ventanas. Al contrario, tenía más pinta de ser el pent-house de alguna torre altísima. A mi costado había un ventanal que miraba hacia el barranco sin fondo en el que se convierte toda ciudad durante la noche y detrás de mí pude ver, luego de rotar sobre mi propio eje, que no estaba tan solo como me había imaginado.

Hacia el fondo del pent-house crecían pasillos y pasillos habitados por fósiles, rocas y esqueletos de animales de distintos tipos y tamaños. Avancé dando saltitos con los pies juntos. Algunos dormían en vitrinas y otros colgaban de ganchos o reposaban sobre estructuras de metal que hacían las veces de percheros. Ninguno era similar a nada que hubiera visto en mis libros de biología de la secundaria. Entre todos parecían contar una Historia Natural alternativa que no concebía a la evolución como proceso ascendente, sino más bien como una atrocidad, una serie de accidentes y mutilaciones que habían torcido el camino de la Vida de manera irrevocable.

Me tranquilicé un poco. Encontrarme con esto quería decir que mis captores no eran los dealers que me buscaban en México por denunciarlos y sabotearles su sistema de telecomunicación. Ningún narco tendría en su casa semejante galería. Pero, ¿en casa de quién estaba, entonces?

Jeannie, where are we?

Pero si Jeannie me dijo dónde estábamos, yo ya no la escuché, porque alguien más habló a mis espaldas:

-¿Te gusta?

Roté.

Era Paper con sus ojitos de bicho negro y una sonrisa de línea chueca siniestrándole la cara.

-¿Te gusta?- repitió Paper.

-No son bonitos, Paper- tartamudeé. Pero Paper me dijo que ya sabía. Por supuesto que no eran bonitos, Vargas, ¿qué esperabas? Si uno no los quiere para adornar las paredes de la sala. “Se trata de la historia que cuentan”, murmuró y yo retrocedí porque me pareció que Paper se me aproximaba, pero no dando pasos como la gente normal, no. Paper se deslizaba, fluía sobre el suelo como los trenes magnéticos.

-Los voy a enterrar- dijo y entonces sí se me aproximó. Por la espalda, con la navaja que yo no veía desde que me atacaran en el museo. Traté de huir, pero no podía ir muy lejos con mis saltitos de hombre atado.

-¿Para qué los vas a enterrar?- le pregunté como para ganar tiempo. -¿Qué no estas cosas vienen de debajo del suelo?

-Algunos. Otros no –sentía la vocecita de Paper lamiéndome el cuello –Quédate quieto, V –pero yo seguía saltando.

-¿Y de dónde salen, entonces?

-De los museos. De los labs de los científicos. Tú, yo y otros los roban. Luego los tallo. Los pulo. Los hago contar historias que no contaban antes. ¿Vinimos del mono? No, V. Vinimos del celacanto. O del reptil. O de especies vegetales que nadie se imaginó nunca. Mis fósiles van a probarlo. –dijo con su voz inexpresiva mientras me alcanzaba las ataduras de las muñecas con una de sus manos heladas. Luego sentí la navaja entrar en la cuerda: me estaba desatando, pero ¿para qué? –Los voy a enterrar- repitió.

Entonces se me ocurrió hacerle la pregunta que debí hacerle desde el principio. ¿Y el Taquero también quiere un fósil? ¿Para enterrarlo? ¿Para engañar a la ciencia y hacerle creer que los hombres vinimos de la degradación de peces horribles porque la evolución es un barranco, una suma de errores en la que incurrimos todos? ¿Para eso?

-No –dijo ella, mientras me ponía de vuelta en la mano la navaja que aquellos tipos del museo, quizás esbirros de ella misma, me habían quitado. –En la caja no habrá un fósil.

Yo la miré porque esperaba que me lo dijera, pero como no dijo nada, se lo tuve que preguntar:

-¿Y entonces?

-En la caja estarás tú.

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