Se rumora que hay videos capaces de trastornar la mente y hacer que uno no vuelva a ser capaz de comer un solo bocado de animal muerto. Como a mí me gusta mucho el animal muerto asado, en salsita, en tacos, en lasagna y hasta en pastel, deseo ver estos videos tan fervientemente como deseo ver videos de humanitos decapitados por el Estado Islámico.

Seguro me acusarán de ceguera voluntaria y de ignorar una parte de la realidad y hasta de ser especista –término que, por cierto, aprendí el otro día luego de que un chico me acusara de serlo. Pero juro que no intentaba discriminar a las otras especies, sólo sugerí que me gustaba más la idea de llegar a la escuela en caballo que la de llegar en automóvil.

Comprendo que las esferas de la responsabilidad moral estén creciendo, que alguna vez pensamos que sólo éramos responsables de nuestros actos ante los varones libres y ahora tomamos en cuenta a los que antes eran esclavos, a las mujeres, a las minorías y, ¿por qué no?, también a las otras especies que no son humanas.

Esto suena muy bonito en principio, pero luego me acuerdo de unas ideas que le escuché alguna vez a alguien y que todavía me inquietan mucho. Este señor –un compañero de un antiguo trabajo- me dijo que el único propósito de la especie humana es sobrevivir. Ni siquiera importa que sobrevivamos como individuos, lo que importa es que la especie subsista como colectivo y que, de una o de otra manera, seamos cada vez más capaces de adaptarnos a la circunstancia en la que vivimos.

Según este chico, no importa si nos acabamos el planeta a condición de que ideemos otras formas de hacernos con recursos. Tampoco importa si suena aterradora la idea de poner nuestro cerebro en un frasco de solución nutritiva mientras prolongamos nuestra vida en un sofisticado mundo virtual, a condición de que eso nos funcione para la supervivencia de nuestra especie y de nuestra cultura.

Cuando me dijo esto me rehúse a creerlo. Y sigo rehusándome. No creo que la vida de una especie sirva solamente para perpetuarse a sí misma a cualquier precio. Pero a veces creo que son más mis ganas de rehusarme que los argumentos que pueda o no tener en contra de esta idea.

Todos los días escucho gente preocupada por los precios de algo, por los salarios bajos, por prepararse para hacerlo mejor en la vida. Yo misma me descubro preocupada por trabajar en algo, casi en lo que sea, aunque ese loquesea no me haga brincar de felicidad precisamente.

Estas preocupaciones no son acerca de la dignidad humana ni acerca de la búsqueda de significado. Lo que está debajo, en realidad, es un muy primario deseo de supervivencia individual y colectiva.

Y si nosotros funcionamos –sin darnos cuenta- bajo esa premisa centrada en lo biológico y en la supervivencia, ¿por qué hemos de suponer que las otras especies funcionan bajo una base distinta? ¿Por qué supondríamos que un cerdo o un pollo no aceptan su explotación a cambio de que se les alimente y se les mantenga seguros?

No intento justificar la explotación, sólo intento mostrar que toda explotación es un contrato mutualista. Yo monto al caballo negro para llegar a la escuela con aire de mala de película y el caballo recibe comida y palabras bonitas. Así de sencillo.

Y esto me hace pensar que los humanos funcionamos de la misma manera y por eso me parece raro que nos extrañemos del especismo y la explotación animal, pero no nos extrañemos del mecanismo que nos hace explotarnos a nosotros mismos y no lo digo por las multinacionales pagando salarios de risa en fábricas de Vietnam o algo así. No voy tan lejos. Lo digo porque todos renunciamos a algo, todos aceptamos un cierto grado de explotación –ocho horas diarias en un trabajo de loquesea, por ejemplo- a cambio de continuar con nuestra vida individual y con la vida de nuestra especie.

A veces creo que cuando pienso esto voy a terminar sugiriendo la extinción voluntaria porque si renunciamos a nuestras ganas de sobrevivir como especie, dejaremos de permitir que nos exploten. También el cerdo o el caballo podrían optar por algo parecido. Extinguirse, renunciar a vivir para que ya no los explotemos. A veces parece que nuestra motivación primaria –vivir y seguir viviendo- es lo que nos hace vulnerables. Es lo que nos hace explotar a los otros también. Todo se arreglaría si renunciáramos a ella.

Pero la vida es agradable, a veces. Así que podríamos mejor aceptar que nadie es inmune a la explotación y que de especismo nada, es sólo que así es la vida y ciertas especies han aceptado la domesticación y la explotación para garantizar su supervivencia.

O quién sabe, quizás sólo me digo todo esto por cínica y porque me gusta mucho comer animales muertos, como dije antes: asados, en salsita, en tacos y hasta en pastel de carne. Qué rico.

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