En noviembre del año pasado, me puse a navegar en ese abismo sin fin que es mi historial de Facebook. Como quien no quiere la cosa, me encontré con una conversación que sostuve con un amigo al que tenía cerca de cinco años sin ver.

A propósito de quién sabe qué, este amigo me recomendaba leer un poema de Borges que se llamaba Ein Traum. Por los tiempos en que aquella conversación ocurrió, yo era una pospúber que no sabía nada de la vida, así que su sugerencia no me dijo nada y la metí en mi cajita de cosas que leeré algún día si es que consigo acordarme.

Unos tres años después, me dio la varicela y pasé un largo verano encerrada en casa sin que me pudiera dar el sol. Mi novio me trajo libros como para entretener a un regimiento entero, entre ellos un volumen de las obras completas de Borges.

El libro me produjo una impresión muy agradable, pero, sobre todo, hubo un poema que me gustó mucho. Era, ya saben, uno de esos poemas raros de Borges en los que Kafka hace un berrinche y nos borra a todos de la existencia sólo porque su mujer le puso el cuerno con su mejor amigo.

El poema se llamaba Ein Traum y me gustó tanto que le tomé una foto, me lo aprendí y lo usé durante meses como foto de display en mi celular.

Así que, cuando releí esa conversación con aquel antiguo amigo dije qué chistoso: sin saberlo, yo ya conocía ese poema.

En el acto me dije “le voy a escribir a este sujeto para contarle la extraña coincidencia.” Y lo hice.

Mi amigo en cuestión era este tipo al que seguro han leído por aquí: Daniel Centeno. Luego de contarle sobre la coincidencia borgiana le pregunté qué tal iban sus escritos y antes de nada ya me estaba invitando a participar en un círculo autogestivo de escritores llamado El Jardín Blanco.

Acepté sin saber en qué estaba entrando, solamente porque a veces así acepta uno las cosas. Y, en aquellos días, éramos un grupúsculo errático con exceso de energía, leyendo a Raymond Carver y compartiendo todo el día recursos interesantes para volvernos mejores escritores.

Cuatro meses después, todavía veo el exceso de energía y a veces cierta divagación errática en nuestras reuniones, pero veo algo más. Tenemos un plan de trabajo, un sentido de comunidad interesante, un montón de planes a futuro y, a partir del día de hoy, también tenemos un blog para compartir el trabajo que hacemos en nuestro taller permanente.

Después de este speech sinsentido, quiero invitarlos, como quien no quiere la cosa, a que visiten la página del proyecto y estén al pendiente de nuestras actualizaciones.

Digo, si quieren, tampoco es como que estas cosas sean a fuerzas.

Clic aquí para ir al Jardín Blanco.

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