“Sea lo que sea lo que le proponga, usted juegue su juego, Vargás”, me repetí a mí mismo mientras me agazapaba detrás de una puerta en el auditorio de McGill University. El vigilante acababa de hacer la ronda. ¿Habría cerrado ya?

Menos mal que la vigilancia en las escuelas no es como para tomarse en serio. No quiero ni pensar en qué habría pasado si Paper hubiera querido que me robara un fósil de algún museo nacional.

Deben de estar vigilados hasta el hastío. Y las alarmas. ¿Quién le dijo a Paper que yo estaba entrenado como ladrón? Y además, ¿había visto el tamaño de ese cangrejo-araña? ¿Cree que uno puede andar por las calles de Montreal con un montón de huesos sin que nadie le diga nada?

“Vendré. Estaré a las dos cero cero allá afuera. En el jardín. Traeré la caja vacía y en ella meteremos al fósil.” Había dicho Paper. Una experta en logística, me burlé. Menos mal que pensaba en todo. Me levanté y fui a apoyar el oído en la puerta del auditorio. No escuché nada. El vigilante debía de haberse marchado ya.

Empujé la puerta y salí al vestíbulo. Estaba prácticamente oscuro, lo cual era una ventaja para mí, porque así tendría que cuidarme muy poco de las cámaras.

Avancé por el vestíbulo y regresé hasta la vitrina del fósil. Usé mi celular como linterna y hurgué en el perímetro de la vitrina para buscar el vestigio de alguna alarma. Con esa iluminación, el fósil lucía como un verdadero esperpento. A quién se le ocurre robarse una cosa así. ¿De qué le iba a servir al Taquero?

Intenté preguntárselo. Lo llamé mientras esperaba dentro del auditorio a que las luces del recinto se apagaran y los vigilantes hicieran la última ronda de la noche. Lo puse al tanto, le dije que Paper quería que me robara un fósil y que a mí me parecía ridículo. “Déjeme acelerar el proceso.”, le dije. “Eso del fósil. Es una distracción, ya lo sé. ¿Usted espera que de verdad me crea que lo que ella le va a entregar son los huesos de ese adefesio antediluviano? Ya sé que quiere que me lo robe porque me está probando. Pero es absurdo. Déjeme acelerar el proceso. La rastrearé. Iré a su casa. Le arrebataré la caja de verdad.”

Pero el Taquero me dijo “El absurdo es usted, Vargás.” “Si ella le dice que robe, usted roba.” Y “Si es un fósil, ¿qué más le da a usted? ¿No cree que servirá para adornar las paredes de nuestro laboratorio?”

Claro. Como si el laboratorio no fuera ya lo bastante feo.

El Taquero vivía en un pueblo que más que pueblo era una aberración geográfica. Ahí tenía una casa o más bien una propiedad gigantesca y deforme empotrada a un lado del cementerio y abajo, más o menos a la misma altura que nuestros vecinos enterrados, había construido un laboratorio informático. Era una especie de centro de procesamiento de datos, atiborrado de servidores, de pantallas y de cables que le devoran los pies al visitante que camina sin cuidado.

Desde que puse un pie en su pueblo y en sus dominios, el Taquero me dijo que él era diferente de mí y de Paper y de todos los otros hackers que pululábamos por la Deep Web o Internet Profundo. A Paper, por ejemplo, sólo le interesan las bitcoins, la moneda corriente de la República Virtual. Paper es el equivalente de un magnate. “Usted, Vargás, es el equivalente de un justiciero de pacotilla. Pero yo, Vargás, a mí sólo me interesa la información. No pretendo darle ningún uso, como usted, que la usa para hacerse matar por unos salvajes con sombrero.” No, él sólo quería la información. Porque sí, porque le daba la gana. Y quería información difícil, información enterrada en estratos cada vez más prohibidos del Internet Profundo, enterrada, quizás en la Fosa de las Marianas Informática. El Taquero quería llegar a ese sitio que llaman Marianas Web.

Pero nadie puede llegar hasta ahí abajo. Nadie sabe ni siquiera qué hay y si lo que hay es información, no es de ningún modo accesible, no está indexada en ningún motor de búsqueda convencional o secreto. Hay que entrar ahí abriéndose paso con excavadoras, con barrenos explosivos. El laboratorio del Taquero es el equivalente informático de todas esas herramientas.

Y ahora pretendía adornar el laboratorio con un fósil. Seguro así excavaría mejor, por supuesto, me burlé.

La vitrina del fósil tenía una microalarma de las que no tienen cables. Estaba por dentro, así que iba a ser un problema. Probé con una aplicación emisora de frecuencias que tenía instalada en mi celular, para ver si podía bloquear los transmisores de la alarma. Registré una distorsión, pero era muy leve, casi un murmullo. No podía arriesgarme, maldita sea.

Me alejé del vestíbulo y traté de buscar la caja de fusibles del edificio, pero, ¿qué posibilidad había de que la encontrara? Las venas de la sien empezaron a palpitarme. Me sudaban las manos. Recordé que en el auditorio había muchas puertas y muchas trampillas en el techo. Quizás ahí.

Empujé la puerta del recinto y el rechinido de los goznes tardó en apagarse. Cuando se apagó, escuché otro sonido. Algo como cuando la tela roza contra la madera. Me agazapé y fingí no existir, pero quizás ya era tarde.

No volví a escuchar nada, así que me icé y empecé a hurgar en las puertecillas, todo lo lento, todo lo inaudiblemente que pude.

Encontré los fusibles detrás de una trampilla, los degollé con la navaja que traía dentro del abrigo y salí fugazmente del auditorio, apenas empujando la puerta para que no se escucharan mis rechinidos.

Hice silencio cuando estuve de vuelta en el vestíbulo. Temía que alguien estuviera allá, esperándome a un lado de la vitrina del fósil. No escuché a nadie, pero el silencio tenía una turbiedad muy ácida, como de fosa marina.

Saqué la navaja por si acaso, aunque esperaba no tener que usarla porque no me gusta tener que ocuparme de gente que no está programada en mi agenda del día. Hice un pequeño reconocimiento del área, luego fui a donde estaba la vitrina, me quité el abrigo, empuñé la navaja contra el vidrio y lo rompí.

La alarma no sonó, qué alivio, así que comencé a sacar los huesos, haciendo un bulto con ellos adentro de mi abrigo. Pero algo me detuvo.

Alguien me dio una patada detrás de la rodilla y trastabillé. Se me cayeron todos los huesos. Recuperé el equilibrio y me volví para darle con la navaja. Le asesté un navajazo al sujeto y lo escuché gritar: seguro le di en el brazo.

Quise agacharme para recoger el hatillo de restos fósiles, pero no lo logré. Mi atacante no estaba solo.

Lo supe porque de pronto alguien me golpeó la espalda con una de las larguísimas patas del fósil. ¡Ay!, exclamé. Luego me golpeó de nuevo y de nuevo y de nuevo. Sólo pude pensar que así debe sentirse una piñata justo antes de que todos los dulces se le escapen del cuerpo.

Me desplomé y me pareció que un montón de niños venía a levantar del suelo todos mis órganos y a meterlos en bolsitas de plástico estampadas con dibujos de Monsters Inc., Pero no estaban levantando mis órganos: me estaban pasando una cuerda alrededor de los tobillos y me estaban arrastrando hacia afuera, hacia quién sabía dónde.

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