En agosto hice una escala en México DF antes de irme un rato fuera del país. Miss Antropía y uno de mis amigos más antiguos me despidieron como se debe: con unos buenos tacos al pastor. Mientras nos atiborrábamos de carne –Miss Antropía no, porque es uno de esos bots vegetarianos- hablamos de literatura y de Borges y de esas cosas. Ahogada en sus tacos sin carne, Miss Antropía dijo que sabía de Borges que era un tipo fatal: estaba a favor de la dictadura militar en su país, cómo se le podía ocurrir tal cosa.

Para mí, Borges es uno de esos personajes que tienen defensa para todos sus crímenes. Si estuvo a favor de la dictadura militar, sus razones tendría. Si mutiló la traducción de Palmeras Salvajes de William Faulkner, muy buenas razones debía de tener. Esto salió a tema en otra comida: esta vez en una pizzería de Guadalajara, con Daniel y los demás chicos del colectivo de escritores en el que me inmiscuyo.

Daniel hablaba de darle muerte a Borges. Cómo si no hubiera tenido suficiente con la ceguera de tantos años –y como si no estuviera muerto desde hace décadas. Pero en estos tiempos a nadie le extraña la idea de matar a un traductor: desde que estudio traducción, por todos lados escucho hablar de las traducciones malas, incluso de las que deberían ser penadas con ahorcamientos instantáneos.

Mi maestra nos habla del código ético del traductor y de los muchos años que tiene la gente preguntándose si es verdaderamente posible traducir un texto sin sacrificar la estructura o el significado. Borges decidió que la pregunta no valía la pena.

Casi como si hubiera sido un milennial, Borges dijo yolo y reescribió Palmeras Salvajes a su gusto porque de todos modos la traducción perfecta no existe, y porque de todos modos la versión final de un texto tampoco existe y ya de paso también porque la literatura es un artificio y la vida también es un artificio, así que para qué pretender que la traducción puede ser una cosa fidedigna y seria.

Seguro con lo de la dictadura militar le pasó algo parecido: asumiendo que la libertad de todos modos es un artificio, pues ya que nos caiga la dictadura militar, total, muy libres nunca hemos sido.

La cosa es que a la gente le incomoda esta sinceridad. Nos gusta creer que se pueden hacer traducciones fidedignas y que algún sistema político, llevado de la manera adecuada, nos ayudará a desarrollar adecuadamente nuestras libertades. También nos gusta creer que el diálogo, la discusión, el análisis de la realidad y las ciencias sociales harán que le encontremos soluciones al mundo.

Aquí me incluyo yo también. Por eso tengo un blog, por eso leo, por eso escribo esta columna. Creo que no sabemos vivir sin la solemnidad de los conceptos en los que basamos nuestra forma de vida. La realidad y nuestras acciones nos muestran reiteradamente que estos conceptos están vacíos o que, por lo menos, somos incapaces de darles plenitud, pero igual seguimos empeñados en nuestra torpeza.

No sé si la perseverancia sigue siendo una virtud después de tantos errores históricos. Quizás, a estas alturas del fracaso, resulta más virtuosa la actitud borgiana: dar por hecho que todo está perdido, pero igual hacer algo y no limitarse a la típica actitud revolucionaria, no. Hay que ir más lejos: hay que subvertirlo todo.

Si los conceptos prefabricados en los que cree el hombre están condenados al fracaso, entonces hay que arrasar con ellos. Hay que reescribirlos. Si no se puede traducir, hay que volver a inventar el texto y hay que inventarlo mejor, de ser posible.

Lo que me parece asombroso de Borges es que, al “arruinar” Palmeras Salvajes y escribir una versión que en mucho difiere del original, sembró la realidad con las mismas transgresiones de las que habla obsesivamente en su obra. Baste con pensar, por ejemplo, en Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, donde una versión alterada de la Enciclopedia Británica le abre la puerta a una forma nueva de pensamiento que termina por desintegrar el mundo.

Jan Svankmajer dice que fue la imaginación y no el trabajo lo que humanizó al hombre. Entonces, por qué nos empeñamos en defender conceptos rígidos que parecen haber olvidado la imaginación. ¿No le serviría a la ciencia social hacerse una inyección borgiana para rehusar la solemnidad y volver a encontrar soluciones creativas? ¿No nos serviría a todos dejar de creer en conceptos que no son sino quimeras?

Va a ser que así podríamos ser de verdad revolucionarios. Tan revolucionarios como Borges, aunque él decía de sí mismo que practicaba el conservadurismo porque es la única posición política que no despierta fanatismos y por eso –quizás por eso- muchos le acusen de reaccionario.

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