El Taquero me envió a Montreal por una caja. Cuando me reclutó, dio por un hecho que yo igual creía en todas esas cosas extrañas que llamean en las cabezas de sus esbirros. Quizás, de haberlas creído, habría sentido miedo cuando el Taquero me dijo “la coreana le entregará la caja.” Pero no lo sentí: nadie le tiene miedo a una niña coreana cuya foto de perfil es una grulla de origami.

Cambié un poco de opinión cuando la vi llegar, metida en una faldita corta y hundida en un abrigo de cuello alto que le cubría la mitad de la cara. Se me acercó apenas lo suficiente y se me quedó mirando más bien como si me atravesara para ver el grafiti que estaba detrás de mí.

Su silencio me puso incómodo.

-Bueno, ¿y la caja?- aventuré en inglés, pero ella dijo “no”, o quizás no dijo nada, y después se sentó en una banquita de fierro para estar más cómoda mientras me seguía ignorando. Me senté a su lado y la dejé que me ignorara porque recordé que el Taquero me dijo: “Sea delicado al principio. Sólo al principio.”

Así que la esperé, y, de pronto, la oí preguntándome:

-¿Tú sabes?- lo dijo casi en silencio y yo no estuve seguro de a qué se refería, pero igual le dije que sí, claro que sabía.

-No, no sabes.

Luego me volteó a ver y yo me enfrenté con esos ojos negros de caparazón de insecto. Mientras me miraba, repitió:

-Lo que hay en la caja. No sabes.

Me incomodó su contundencia. Pensé en decirle “Sí sé”, pero me sentí tonto sólo de imaginarme el tonito de puberto con el que habría de decírselo. Además, tenía razón: yo no sabía nada.

El Taquero me arrojó a Montreal sin más explicación que “A usted le entregarán una caja. No la abra y regrese aquí con ella antes de que se le cumpla el plazo.” El Taquero era así desde el día en el que me envió un billete de avión para sacarme de México.

Y esa vez yo volé hasta acá como quien piensa que nada nunca puede salir mal. Pero las cosas salían mal, a veces. Yo estaba metido en bastantes problemas en mi país, por ejemplo, así que, cuando sucedió, me tomé la invitación del Taquero como un gesto de bondad. Una bondad extraña, porque el sujeto me envió mis coordenadas geográficas precisas acompañadas de un mensaje que decía: “Si yo sé dónde está, ¿cuánto tiempo cree que tarden en saberlo esos bigotudos que lo andan buscando, eh, Vargás?”

Y encima de todo se sabía mi nombre. Mal escrito, pero se sabía mi nombre de civil el muy impertinente. Luego de enseñarme los dientes, vino el ofrecimiento: me habló del boleto, me dijo que estaría seguro en Canadá. Así que vine y, una vez aquí, el Taquero trató de inmiscuirme en sus cosas extrañas. Pronto empezó a hacerme pequeños encargos y yo comencé a cumplirlos por reciprocidad, por agradecimiento. El Taquero ordenaba y yo hacía los tacos. Pero si eran de tripa o de carnaza, era algo que a mí me tenía sin cuidado.

-A ti no te interesa. Lo que él busca, ¿verdad?

Empecé a preguntarme si la coreana sería capaz de leerme la mente. No le respondí. Entonces Paper, que era el nickname que usaba ella en internet, puso su mano blanquísima sobre mi mano y me dijo:

-A mí tampoco me interesa.

Y salió corriendo con los mismos pasos ligeritos e insignificantes con los que había llegado.

Tardé en salir de mi desconcierto, pero me levanté y corrí detrás de ella. Me palpé la navaja que traía en el bolsillo interior del abrigo y traté de recordar las instrucciones del Taquero. ¿Ahora? No, ahora no. El Taquero había dicho: “Sea paciente. No querrá darle la caja al principio. Sea lo que sea lo que le proponga, usted juegue su juego, Vargás.

Así que lo jugué. Se metió en la central de autobuses y ahí la perseguí por un túnel larguísimo. Me pareció ridículo hacerlo: hubiera preferido rastrearla y alcanzarla después en lugar de estar con estas niñerías, pero qué hacer. El túnel fue a dar a la estación Berri-UQAM. Excusez-moi, excuse me, les decía a todos los que se me atravesaban. Aventé a una señora que no se quitó, quizás. Un vagabundo se me puso enfrente y casi la perdí de vista. La alcancé en la última tripa del infierno, cuando me metí con ella a un vagón de la línea verde, en dirección de Honoré-Beaugrand.

Me apoyé en una de las barras del metro. Jadeaba. Paper no me miró, pero me ignoró con tal elegancia que sentí que me decía “Eso de huir. Ya lo superamos.” Seguro yo le importaba tan poco que ya ni se molestaría en evadirme.

-¿Y a dónde vamos?

Paper no respondió. “Lo pondrá a prueba. Se tomará su tiempo. Sea paciente, porque esas son las cosas que hará ella, Vargás.”, me había advertido el Taquero y yo me preguntaba cómo sabía el Taquero todas esas cosas si nunca había tratado con Paper en persona, pero de qué me extrañaba. El Taquero lo sabía casi todo.

No me dijo, sin embargo, que tendría que pasar con ella el día entero agusanándome en el metro. Entrando y saliendo de todos los sitios a los que uno va para ir a ver flora y fauna desagradables. Fuimos al Jardín Botánico, al Biodomo, al Insectario.

-¿Te gustan los insectos?- le pregunté mientras mirábamos un espécimen del tamaño de una barra de chocolate extra grande.

-No.

-¿Y esto sí?- le pregunté después, en el museo de paleontología que estaba dentro de los castillos anacrónicos de McGill University. Ella estaba mirando el fósil de un animal que yo nunca había visto: tenía pinta de cangrejo y de araña y era tan grande que habría salido mal en cualquier fotografía.

Ya era de noche y estaba harto. Nunca había visto tanta fauna en toda mi vida y, si esto seguía siendo una prueba antes de entregarme la caja, era un exceso. Alguien tenía que decirle a Paper que parara. Volví a palpar la navaja que traía dentro del abrigo. El Taquero había dicho que fuera paciente, pero seguro que meter un poquito de presión no le haría daño a nadie.

Deslicé la navaja hacia afuera. La tenía a medio camino cuando Paper habló:

-Te prometió resolver tu problema. Y volver, ¿verdad?- dijo, sin despegar los ojos del fósil- A México. –Hizo una pausa- Por eso le ayudas.

No me sorprendió que supiera de mi situación. En la red todos sabíamos un poco de todos. Le dije que no. El Taquero no hacía promesas.

-Yo no volví.- ¿yo no volví? ¿Qué quería decir con eso? Pero no supe. Paper dejó de mirar el fósil y me miró por segunda vez en el día:

–La caja- dijo –No hay nada dentro, ¿sí sabes?

La miré creyendo que bromeaba. Pero no se reía, tenía el mismo gesto gris de toda la vida.

-¿Nada? ¿Cómo que nada?

Paper levantó las cejas en dirección al fósil de la araña-cangrejo.

-Todavía no. Tenemos que robarlo.

-¿Robarlo?- escupí yo. Pero qué le pasaba a esta coreana. -¿El qué? ¿El…? -Paper abrió los ojos tanto como pudo y me señaló con insistencia la vitrina.

-¿Vamos a robar…?- farfullé -¿El fósil?

-No nosotros. Vas a robarlo tú solo.

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