Una amiga me sacó de mi domingo en pijama para ir a ver American Sniper. Como ya nunca sé qué hay en cartelera, seguro acepté pensando que veríamos una secuela del Capitán América en la que salen francotiradores. Y bonita cosa, interrumpieron la transmisión de mi domingo en pijama para pasarme una película de guerra.

La cosa chistosa es que, después de verla, he escuchado por todas partes que la peli va sobre un héroe y exalta los valores patrióticos norteamericanos. A mí me pareció que hay que estar muy ahogado de ideología para pensar que la película es heroica y patriótica y no una crítica a la paranoia. Así que pensé que o bien Clint Eastwood los timó, o bien ni él mismo se dio cuenta de que en realidad su filme hace una denuncia muy acertada sobre por qué estas cosas pasan y nos seguimos matando los unos a los otros.

Aparte de que el protagonista se porta como un trastornado toda la peli, en los primeros minutos sale el papá del sujeto –un ultraconservador de lo más agradable- explicando brevemente a su familia que el mundo está compuesto por tres tipos de personas: las ovejas, que son buenas e indefensas ante el mal; los lobos, que son malos nada más porque se les pega la gana; y los perros ovejeros, que usan su agresividad para combatir al enemigo y proteger al rebaño.

No sé si lo políticamente correcto sea identificarse con esta visión del mundo. Seguro que sí, pero creo que hacer metáforas faunísticas a la ligera para explicar la condición humana pasó de moda desde que algún biólogo descubrió que los animales no actúan guiados por principios morales sino por el instinto de supervivencia.

Así que si uno hace una metaforita de estas, puede pensar que está hablando sobre la bondad y la maldad, pero en realidad sólo está diciendo que cada quien hace lo que necesita para sobrevivir. Además, si uno lo piensa: el lobo no es un animal invulnerable. El hombre lo caza porque sí o por su pelaje, destruye su hábitat; las crías pueden caer presas de osos o pumas y un lobo adulto puede ser herido por una presa grande y puede morir porque no tiene penicilina.

Ser lobo no es una cosa fácil, no es nada más levantarse con ganas de ser malo y empezar a matar a las ovejas. Pero todos le hacen el feo al lobo. Nadie piensa en sus sentimientos. Nadie se pone en sus patas porque nos enseñan a tener empatía con los nuestros pero nunca con el que parece de otra especie o peor: con el que parece nuestro enemigo.

Y como insistimos en no tratar de comprender a nuestro enemigo, pues no tardamos en desplegar nuestra manada de perros ovejeros a sueldo y entonces, ¿qué tanto tarda un rebaño de ovejas en convertirse en otra manada de lobos? O, más bien, ¿puede de veras el hombre pretender que es una oveja y que todos los otros son los lobos?

Ya diría alguien que en realidad todos somos lobos entre y para nosotros, pero más allá de si una agresividad primitiva nos hace comportarnos a todos como lobos, lo que importa es que somos de la misma especie. Lo que importa es que el mundo no está dividido en tres clases de personas, sino en una sola.

Y el daño que nos hacemos como especie al seguir repitiéndonos que hay tres clases de personas está en que ellos, esos a los que vemos como lobos, se dicen exactamente el mismo discurso: son ovejas y perros ovejeros que tienen que proteger a los suyos. Para ellos, nosotros somos los otros que vienen a arrasarlo todo.

Si entendiéramos que todos somos lobos, no creeríamos que el mal viene siempre de afuera. Sabríamos que el mal, si existe tal cosa, viene siempre de adentro porque el mal no empieza con el lobo que viene a atacarnos. El mal empieza cuando desconocemos al otro como uno de los nuestros y empezamos a pensar que tenemos derecho de atacar nosotros primero. Y lo que pasa es que no es que el otro sea malo, es sólo que, pensando lo mismo que nosotros, él nos ha desconocido primero.

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