No sé por qué tanta gente le hace el feo al fascismo. Quiero decir, sí llevó a cosas malas –exterminios y guerras mundiales, por ejemplo- pero igual tiene detallitos simpáticos que podrían servirnos para darle una retocadita a nuestra sociedad desmoronada.

Por ejemplo, la semana pasada mucha gente estuvo criticando el estreno de cierta película basada en cierta trilogía pornográfica que no merece ser nombrada. Sus críticas están muy bien, muy bonitas, muy en contra del mal cine y a favor de la dignidad de la mujer, pero creo que algo que es curioso es que ese tipo de críticas nunca responsabilizan a nadie.

Parecen asumir que una mala película o un mal libro es un acto de orfandad o de generación espontánea. Se escribió solo, se leyó solo y fue llevado al cine solo. Omiten que detrás hay un autor, una industria y un montón de consumidores. A nadie se le ocurre criminalizar al consumidor. Vamos, nadie piensa “qué gente con gustos tan horribles, todos deberían de morir.” O nadie piensa “qué horribles personas editaron ese libro, deberían de morir también.”

Bueno, nadie piensa esto porque no es correcto exterminar a un grupo por ninguna razón, pero también porque el ámbito privado, lo que nos mueve, lo que nos gusta, es una cuestión intocable desde el ámbito de lo público. A nadie se le ocurre hacer reformas políticas para promover el buen gusto o para promover el buen criterio del consumidor.

Si se habla –aunque sea muy secundariamente- de disminuir el consumo de drogas para combatir el narcotráfico, y si hasta se han retirado los saleros de las mesas de los restaurantes para no incentivar la hipertensión arterial, ¿no tendría sentido hablar también de disminuir el consumo de malos productos culturales para evitar su difusión y su propagación?

Pero bueno, esto no pasa. Y no pasa porque la libertad de lo que uno puede vender o comprar está por encima de cualquier principio ético, estético o racional. A todos les preocupa el bolsillo del individuo, pero a nadie le preocupa que realmente ese individuo sea un individuo de verdad, que tenga criterio y capacidad de discernir qué consumir y qué no.

Por eso decía que podemos aprender cosas del fascismo. Al contrario de lo que hacemos nosotros, al fascismo le preocupaban mucho sus individuos. Para mal, quizás, para fanatizarlos con el Estado y con la guerra, pero le preocupaban. El individuo no podía ser de cualquier forma: tenía que corresponderse con un proyecto concreto de sociedad y de nación porque sólo así se podía cumplir con el objetivo de crear un hombre nuevo.

Por supuesto que los mecanismos para modelar al individuo no eran amigables: implicaban control, propaganda y todo tipo de coerción y es ahí donde la puerca tuerce el rabo, pero pensar en esto puede hacer que nos preguntemos si el tipo de cultura que consumimos en nuestras sociedades libres refleja algún proyecto colectivo positivo para todos los individuos o si en realidad no refleja nada.

Quizás diremos que no. Lo que consumimos es libre, está exento de proyectos ideológicos o de cualquier tipo, positivos o negativos; pero justo por eso también está exento de control: podemos publicar y consumir lo que se nos viene en gana. Seguro que nos sentimos bien por eso, pero, ¿realmente estamos exento de control? Creo que no nos damos cuenta, pero la censura que se ejerce sobre lo que consumimos es la censura de la oferta y la demanda, la censura de la campaña publicitaria más fuerte y la censura del entretenimiento de fácil digestión frente a productos más complejos y más interesantes, pero con menos empuje de capital.

Así que, si de todos modos ha de ejercerse algún tipo de control sobre lo que consumimos, ¿no tendría sentido que por lo menos fuera un control humano, el de un proyecto que se preocupa por llevar al individuo a un estadio de mayor crecimiento ético, racional y estético en lugar de ese control ciego que compra y que vende y después deja a sus consecuencias en la orfandad y no se hace responsable de nada?

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