Antes de salir de la prepa, recuerdo haberle dicho a la maestra de Diseño que había cambiado de opinión e iba a estudiar Psicología porque desde ahí se podía tener impacto sobre las personas. Desde el Diseño, no. Al  borde de la indignación, la señora me dijo: “Pero el Diseño también ayuda a las personas.” No estuve muy segura de cómo.

Tampoco estoy segura de por qué me preocupaba tanto elegir una profesión desde la que se pudiera hacer alguna diferencia social. No soy una persona particularmente empática. No hablo en las reuniones. No me gusta la gente. Y no sé por qué aun así, la idea de encontrar la manera correcta de hacer algún bien a la sociedad me obsesiona desde hace mucho.

Viene y se va. A veces caigo en el cinismo, a veces en la esperanza. Como dije, viene y se va.

Quizás todo esto es porque fui comunista de los catorce a los dieciséis años. A los doce, desafiando todas las prohibiciones sobre chatear con extraños, yo ya tenía un montón de ciberamigos regados por toda Latinoamérica. Uno de ellos –un peruano que se llamaba Ignacio y era mayor que yo- me explicó todo lo que sabía sobre Marx, la sociedad sin clases y la Unión Soviética.

Supongo que lo que pasa cuando le sueltas una bomba así a una niñita es que antes de que a sus pares se les ocurra siquiera pensar en el cambio social, ella ya va a estar decepcionada de todo y de todos. Pero también puede que le quede una marca indeleble, una necesidad de relevancia social que persiste muy a pesar de su propia naturaleza misántropa.

Ahora estoy por hacerme adulta y me pregunto si de verdad la relevancia social puede ser inherente a una ocupación profesional. Creo que hay gente que lo tiene muy claro. Ya saben, está el médico que quiere curar a la gente de escasos recursos, el trabajador social que quiere cambiar el sistema desde adentro y el periodista que quiere denunciar los abusos de poder.

Pero, ¿qué pasa con los que tenemos ocupaciones menos claras? ¿Cómo le aporta un diseñador a la sociedad además de haciendo pósters para promover conciencia ciudadana? ¿Qué aporto yo con las casitas que esculpo en 3D para un microempresa de videojuegos? Y, ¿qué pasa con los que tienen ocupaciones claras, pero están paralizados por los intermediarios, por la burocracia, por el director del periódico que no le deja publicar lo que él quiere?

Si uno es optimista, entonces no importa. Todos prestamos servicios y desde cualquier frente se puede aportar algo interesante. Ya saben. Está la prensa independiente. Están las empresas de tecnología que quieren mejorar la educación. Está mi profe de Progra que no perdía oportunidad para decirnos “Quiero que su proyecto final sea un videojuego que promueva la cultura de la paz y la memoria histórica y cosas bien cursis.” Ahora me burlo, pero qué visión más refrescante frente a los videojuegos como objeto de alienación y de hiperviolencia.

Ahora, si uno es pesimista, ¿prestar un servicio es garantía de ser socialmente útil? El narcotraficante también presta un servicio. El político nos cumple la ilusión de votar cada seis años para hacernos sentir que vivimos en democracia. El especulador de la bolsa le baja los precios al petróleo para que los que ajustan el presupuesto estatal tengan en qué entretenerse. Ya saben, debe ser un trabajo muy aburrido.

Si uno lo mira de cierta forma, todos prestamos servicios, pero casi nadie cumple funciones reales: todos estamos jugando, estamos construyendo una pirámide imprecisa que crece por encima de nosotros sin saber hacia dónde. A veces me convenzo. Me convenzo de que “el diseño también ayuda a las personas” y de que las casitas que modelo en 3D servirán al menos para que alguien se entretenga jugando un videojuego.

Un mundo destruido necesita diversión, necesita belleza. Necesita mundos en 3D en los que uno pueda esconderse cuando ya no soporta el suyo. Pero igual a veces me pregunto, ¿no sería mejor si no hubiésemos destruido el nuestro?

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