Cuando regresó a la escena del crimen, tuvo miedo de no volver a encontrar a la chica. Casi se arrepintió de haberle lanzado a las autoridades y a todos esos carros de bomberos, pero a estas alturas ya qué podía hacer. Se bajó del coche y le preguntó a uno de los matafuegos qué había pasado ahí. El individuo le dijo lo que él ya sabía: que todo apuntaba a una falsa alarma. “¿Y encontraron algún responsable?” El bombero se mordió el labio y miró hacia la escuelita. El Profesor pensó que habrían apresado a la chica y que ahora tendría que inventarse alguna excusa para sacarla del aprieto, pero luego el matafuego le dijo que no: no habían encontrado a nadie en los alrededores. “Ningún incendio ni ningún culpable.”

Pero el tipo erraba. Aquella noche el mundo estaba ardiendo.

El Profesor fue a encontrar a la chica pegada al muro de una de las calles circunvecinas. Estaba jugando con su celular como quien espera desde el aburrimiento algo que sabe ocurrirá tarde o temprano.

Torció las cejas cuando el Profesor aparcó a un lado de su acera y le dijo “Súbase.”

-¿Qué hace usted aquí? ¿Por qué no se huyó usted más lejos?- le preguntó una vez que estuvo adentro del auto.

La chica se encogió de hombros y le dijo: “Usted iba a arrepentirse de todas maneras.” El Profesor se echó a reír. ¿Arrepentirse? No, jamás. Sólo se arrepentía de haberse quedado tan corto y de no haber destruido al espectro muchísimo antes. Le dijo eso y luego le dijo que necesitaba que le hiciera un favor.

Pero ella se echó a reír, cómo iba a querer hacerle favores ahora, justo ahora. El Profesor la miró. Se reía con rabia, pero era una rabia fría, casi desganada.

Para zanjarle la risa, el Profesor le dijo que tampoco se lo pediría por la buena. No le estaba pidiendo un favor, lo que quería que hiciera era más bien su obligación moral, su escarmiento por todo el mal que había hecho. “¿El mal? Escúchese nomás, ¿quién es usted para hablarme del mal?” Luego le preguntó cómo se sentía ahora que había destruido su proyecto.

Pero el Profesor le dijo que no había destruido nada: no se trataba de echar a perder nada. “Es más, usted va a se divertir con lo que voy a le proponer.” “No quiero”, le dijo ella de mala gana.

Después quiso. El Profesor sabía que la justicia no le daba miedo y que el decano era un inepto, pero esto no se trataba ya de la justicia: la acusaría con quien hiciera falta, se encargaría de que le anularan su permiso de estudios, de que la deportaran, de que no pudiera estudiar nunca más en ninguna universidad de aquel país. “Tendrá que se volver al agujero del que salió, fille.”, la amenazó y a la chica no le quedó más remedio que ponerse en el regazo su laptop que estaba todavía en el asiento trasero y modificar a regañadientes el código fuente tal como le exigía el Profesor.

Tardó mucho. Mientras la chica trabajaba, el Profesor no paraba de preguntarse si acaso Salazar habría tenido razón en todo lo que le había dicho: ¿sería verdad que el espectro era una tabula rasa y él mismo lo había educado? Podría preguntarle a la chica pero ya sabía lo que le diría. La escuchaba riéndose “Así que es por eso. Usted tiene miedo de ser como Sally.” y no. No podía dejar que se burlara de él. No así. Además qué importaba. Pronto Salazar ya no sería Salazar.

-Envíele mis saludos a Sally cuando lo vea- le dijo la chica cuando al fin terminó. Le dijo también que para reiniciar el programa tenía que pulsar un botón azul en el lateral de la caja negra que seguramente se había robado. Se despidió llevándose el ordenador y dándole un portazo al Hyundai azul cielo. Pero ya no parecía molesta, al contrario: le dijo adiós con una sonrisa cínica que el Profesor nada más no pudo comprender en ese momento y que comprendió, tal vez, al día siguiente cuando finalmente accionó la palanca para enviar copias de la nueva versión de Sally a todos los hogares de la villa.

Lo que le incomodaba no era que Salazar iba a aparecerse en todas las casas como se había aparecido en la suya y luego iba a ofrecerles el desayuno con esa actitud servil y pusilánime con que se lo había ofrecido a él. No, eso estaba bien. La máquina cocinaba raro, pero ya aprendería, ¿no había dicho ella misma que tenía plasticidad neuronal?

Tampoco le incomodaba que Salazar siguiera siendo el mismo tipo insufrible de siempre: todavía estaba en contra de la democracia, de los derechos humanos y a favor de los partidos de masa. Todavía evadía sus crímenes con respuestas esquivas y se miraba las uñas mientras hablaba. Era el mismo, pero al Profesor no le incomodaba porque ahora Salazar servía café y pancakes, se ofrecía a organizar la agenda del día y, además, ahora se le podían dar lecciones de humildad al muy tirano.

Cuando el Profesor le preguntó cómo debía referirse a él, dado su elevado cargo en la administración pública, Salazar le respondió “Me llaman Profesor Doctor.”

-Profesor Doctor- repitió el Profesor Roca- Pero a usted no le molestará que le llame Sally, ¿o sí?

Salazar lo miró con los mismos ojos de tenedor afilado con los que había mirado a la chica muchísimo tiempo atrás. Al parecer quería proferir algo: una imprecación, una amenaza de enviarle a los escuadrones de la policía secreta. Pero no pudo. El nuevo código en el que lo había encerrado la sudamericana no le permitía ese tipo de desplantes.

Torciendo la boca y, muy a pesar de sí mismo, Salazar le respondió:

-Sí, puede llamarme Sally. Como usted ordene.

“Como usted ordene.”, al Profesor no le molestaba el respeto con que lo trataba el fantasma. Ni tampoco creía que fuera a molestarle a ninguno de los habitantes de la villa: pensarían que era un fantasma, sí, pero, ¿quién no quiere un fantasma que se ocupe de todo y nos resuelva la vida? Ahora por lo menos tendría sentido eso de la Rue Salazar: nombrada en honor al fidelísimo servidor de la ciudad, en honor a Sally, el que por fin purgaba todos sus pecados.

Nada de eso lo incomodaba. Lo que lo incomodó fue que, cuando accionó la manivela de la cajita negra, una hoja de papel brotó del agujero en el que estaba empotrada la palanca. El Profesor la recogió del suelo, la desdobló y leyó el mensaje aturdido, con la sangre encendida de imaginarse la voz de mamífero, el acento tropical, el español cantadito de la sudamericana:

“¿Y al final quién fue el tirano, monsiú? Espero que esté aprendiendo la lección.”

Dedicamos este relato a todos los que le han querido cambiar el nombre a una calle por alguna razón igual de ridícula a la aquí presentada. 

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