Estaba en clases cuando unas chicas pidieron permiso para entrar al salón y darnos un aviso. Sólo entonces, después de casi cinco años de estudiar ahí, me enteré de que en mi universidad hay una Federación de Estudiantes. ¿Qué hacen? Seguramente nada, pero en esta ocasión interrumpieron clase para invitarnos a unas charlas impartidas por el organismo Wikipolítica.

Cursigini me había hablado antes de ellos. Se trata de una iniciativa que promueve una especie de red ciudadana en la que cualquiera puede opinar, proponer y encontrar soluciones a los problemas reales de los ciudadanos reales.

Esto suena muy bonito, sí. Pero no sé por qué, cuando las chicas entraron a mi salón de clases me enojé y hasta me dieron ganas de decirles “Qué cursis son, eso no sirve de nada.” Algo en el fondo de mi cerebro pensó que esta gente quiere arreglar la vida poniendo áreas verdes y haciendo ciclovías. Seguro esos son los problemas de los ciudadanos reales, ¿qué más? ¿Y de qué sirve una ciclovía cuando el neoliberalismo y los poderes fácticos y las grandes corporaciones nos están comiendo vivos a todos, eh, eh, eh?

Bueno, exagero. Pero intento reflejar que mi mal, como ciudadana, es que siempre quiero darle al mundo una mordida muy grande. En la escritura me sucede algo parecido. Y es que esta semana un amigo y proof reader leyó los primeros capítulos del próximo relato que publicaré aquí y me dijo que una de mis constantes parece ser la de los personajes que se enfrentan a tareas que los sobrepasan.

Y es verdad. Mis personajes están agobiados por dictadores fantasma, por corporativos que quieren sustituir todas las palabras del mundo por simples imágenes y un largo etcétera. Todo lo que escribo habla de gente que se enfrenta a fuerzas que no tienen nada de humano. Y así quiero ser también como ciudadana. Por eso ocuparse de algo humano –como la ciclovía- me suena infantil y hasta ridículo.

Ahora bien, no creo que esto sea sólo culpa de mi conspiracionismo y de que leo más ciencia ficción que textos sobre participación ciudadana.  Por un lado, aunque según la ciencia política las distinciones entre la izquierda y la derecha están diluyéndose cada vez más, Alain Noël dice que estos dos polos se corresponden con actitudes muy cotidianas. La izquierda, por ejemplo, se corresponde con personas que piensan que los males siempre son estructurales: un crimen no es tanto culpa del criminal sino de sus padres, de su entorno, de su estatus socioeconómico y, en última instancia, del sistema.

Yo creo que a veces soy de izquierda. Y eso está bien, pensar en lo estructural está bien. Pero también es delegar la responsabilidad a instancias cada vez más grandes y por lo tanto cada vez más alejadas de nosotros: cada vez menos humanas.

Por otro lado, en México la clase política vive en una especie de realidad paralela que nada tiene que ver con el ciudadano. Para mí, como persona de a pie, esos tipos que discuten cosas incomprensibles en el Congreso de la Unión y los alienígenas que viven hundidos en el mar en los cuentos de Lovecraft son casi la misma cosa. Parece ser que volverse político es lo mismo que dejar de ser humano.

Por eso me pareció interesantísimo el documental que vimos en clase –luego de la interrupción- sobre un tal Antanas Mockus y una serie de medidas que aplicó para hacer de Bogotá una ciudad más amigable. Las medidas en cuestión parecen más sacadas de un chiste que de cualquier teoría política –incluyeron mimos, zanahorias y vacunas contra la violencia- y quizás algún lector bogotano tendría que decirme qué tanto funcionaron estas cosas, pero lo que yo, desde afuera, encuentro muy interesante es que este sujeto parece haber reconciliado dos términos que son antagónicos en la praxis: lo político y lo humano.

En qué momento los separamos, quién sabe. Quizás cuando el Imperio Romano inventó la burocracia para administrar todas sus provincias. Quizás antes, con las monarquías teocráticas. Quién sabe. La cuestión es que si nosotros inventamos la política, ¿por qué sería normal que la sigamos pensando como una entidad alienígena?

Sigo pensando que una ciclovía no puede resolver gran cosa. Pero preocuparnos por una ciclovía al menos implica bajar a la política de su nave espacial y volver a hacerla de nosotros. Implica hacer que los humanos volvamos a preocuparnos por todo lo que es humano y que, por ende, no puede sernos ajeno.

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