No sé en qué momento se puso de moda hablar de los millennials, pero lo está tanto que mi profesor de Ética nos dice que, aunque tiene más de cuarenta, él se siente millennial y por eso entra al aula con una bici plegable y combina sus clases en la universidad con una microempresa de aplicaciones móviles.

Además de eso nos pone videos que dicen que para un millennial all work is all play: un millennial no hace distinción entre la diversión y el trabajo porque el mejor trabajo es aquel en el que más te diviertes. Aunque comparto esa perspectiva de vida, no dejo de preguntarme qué diría al respecto Marguerite Yourcenar en sus Memorias de Adriano: ¿hemos llegado ya a esa época en la que a los humanos se nos fomenta “un gusto por el trabajo tan violento como la pasión de la guerra entre las razas bárbaras”?

Un millennial me diría que no, eso es absurdo: nunca antes fuimos tan libres ni nos divertimos tanto ni conocimos el mundo a una edad tan temprana. Ésas parecen ser las virtudes de los millennials. Y hay aún más según un articulito que leí hace algunas semanas: los millennials somos los nuevos hippies; la obsesión por el veganismo es la nueva defensa de la ecología; la defensa de las mil minorías sexuales, étnicas, religiosas y lo que a usted se le antoje es la nueva lucha por levantar a los oprimidos; también están el espíritu libre, la defensa de la marihuana y un largo etcétera.

Luego alguien le responde a ese artículo que no es cierto, que los hippies fueron rebeldes auténticos y que nosotros somos caricaturas banalizadas que se involucran con las causas a través del teléfono móvil y cuya rebeldía no tiene ningún impacto porque no es más que un producto precomercializado. Lleve sus camisetas que lo hacen sentir rebelde. Escuche la música que lo hace sentir único. Quéjese sobre el mundo en su blog mientras incrementa el valor mercantil de las acciones de WordPress. Viva, millennial, su energía transformadora no sirve de nada.

Y eso si es que alguna vez quisimos transformar algo, porque quizás fue la circunstancia quien nos transformó a nosotros. A menudo hablo con mi novio o con Cursigini -mi amiga cursi- sobre cómo no queremos atarnos a una actividad ni a una ciudad ni a un trabajo. Queremos carreras ligeras, flexibles. Yo quiero emprender y escribir y traducir, todo haciendo malabarismos con mi tiempo en una base de freelancing.

No sabía que al pensar así estábamos siendo millennials. Tampoco sabía que no estábamos yendo contra la corriente, sino siendo parte de una estadística: resulta que una persona promedio cambia de trabajo once veces a lo largo de su vida, y, dentro de esas once, cambia de giro por lo menos unas tres.

Resulta que este nuevo esquema de vida no necesariamente es pernicioso para su economía personal, pero sí contribuye a precarizar aún más el valor que tenemos como seres humanos. Si en las sociedades de los siglos anteriores el hombre valía por la definición o por la especificidad de su trabajo, ahora no valemos ni por eso. Ahora somos sets de competencias abstractas que se intercambian, que se quitan y se ponen de acuerdo a los caprichos de esa cosa ciega y no tan ciega a la que llaman mercado. Visto así, es como si fuéramos una generación más libre, sí, pero no libre como los hombres: libre como las mercancías.

Nadie quiere volver a la rigidez de las generaciones anteriores. Creo que no sabríamos cómo. Pero me rehúso a seguir aceptando que todos los valores que produce una generación sean absorbidos de inmediato para ser utilizados en nuestra contra. O bien, si somos nosotros el producto de los valores de la época, entonces me rehúso a que los aceptemos sólo porque sí, porque tienen buena pinta y publicidad y videos bonitos.

Si lo aceptamos todo, entonces sí estaremos como dice Yourcenar: máquinas estúpidas y satisfechas, creídas de nuestra libertad en pleno sometimiento.

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