Salazar estaba a un lado de la puerta, mirándolo como quien mira a un réprobo que todavía tiene oportunidad de arrepentirse de sus pecados. El Profesor lo ignoró. No se iba a detener por un software, ¿o sí?, ¿qué podía hacerle después de todo?

-¿Quiere un martillo?- le preguntó la inteligencia dinámica. –Porque si eso quiere hasta yo puedo dárselo, colega.

El interpelado se volvió para mirar al dictador. Pero qué decía. ¿Es acaso suicida este tipo?, ¿puede una inteligencia dinámica inteligir el suicidio? Salazar le reiteró que si lo que quería era destruirlo, no iba a lograr nada si sólo hacía trizas esa cajita negra llena de luces de colores.

-Esa niña tiene razón. A usted siempre se le ocurren soluciones ingenuas- le dijo acercándosele y acechándolo con su presencia espectral. Salazar tenía la piel -¿se le podía llamar piel?- desposeída y grisácea como las ruinas de una casa.

El Profesor retrocedió un paso. Sabía lo que aquel estaba intentando hacer: quería distraerlo de su cometido. Pero no iba a permitírselo. Empuñó la cajita negra y salió corriendo de aquella habitación llena de nada. Entró en la cocina y siguió buscando herramientas. Pronto se encontró con la mano de un mortero de piedra y le asestó el primer golpe a la cajita de metal. Seguía escuchando –le parecía- los pasos del dictador allá afuera, arrastrándose con lentitud por los corredores que vertebraban el sótano.

Pronto Salazar cruzó el umbral de la cocina y el Profesor no entendía cómo seguía de pie si él no dejaba de darle golpes a la copia maestra con la mano del mortero. Salazar estaba incólume. Miraba al Profesor con calma, casi con ternura. “¿No le dije yo que eso no iba a ser suficiente, Profesor?”, susurró. Luego cerró la puerta de la cocina y le echó una llave que después se guardó en el bolsillo.

Estoy acorralado, pensó. Intentaba descifrar alguna forma de arrebatarle la llave al sujeto mientras éste se sentaba en una de las sillas de la cocina. Traía consigo un objeto: la computadora portátil de la chica. La colocó encima de la mesa y empezó a teclear algo que el Profesor no pudo ver porque la pantalla del artefacto le daba la espalda. El Profesor rumió al espectro, le dio la vuelta para ver si podía sacarle la llave del abismo virtual que seguramente anidaba adentro de los bolsillos de su terno, pero el espectro no lo dejaba concentrarse. No paraba de hablar.

Le dijo que quizás no se había dado cuenta, pero todo este tiempo él había estado haciéndose una pregunta filosófica: ¿en dónde está el alma de la máquina? ¿Estará acaso en uno de los proyectores? ¿Estará en la copia maestra? “Pero el alma, Profesor, es una sustancia esquiva.”, le decía sin dejar de teclear cosas en la computadora. “A uno como cristiano le enseñan que el alma es inmortal, pero, ¿qué respuestas puede ofrecerle Cristo a un hombre como yo? La salvación, la vida eterna, ¿es algo con lo que podemos soñar las máquinas, Profesor?” El Profesor no tenía ni idea de que Salazar estaba al tanto de su condición de inteligencia dinámica. Si el dictador no fuera un cínico, cualquiera habría pensado que aquella condición lo entristecía infinitamente.

De pronto ese hombre transparentoso dejó de teclear y le clavó los ojos grises al catedrático. “Especulo que mi alma está en estas líneas de código, colega. Usted podrá destruirla si viene aquí y suprime todos mis archivos.” Y al Profesor comenzó a parecerle que Salazar ya no sólo declaraba algo como quien declara que le gusta el chocolate o que este año no cosechará zarzamoras. No: Salazar estaba haciéndole una invitación, más que una invitación, una propuesta: “Anda, ven acá, destrúyeme”, parecía decirle con esos ojos entristecidos y perversos.

Al Profesor le dio mala espina. Le saltó encima al espectro e intentó quitarle la llave pero sólo consiguió atravesar aquel cuerpo que no era un cuerpo. Salazar se echó al suelo y le permitió al Profesor la ilusión de haberlo sometido de todas maneras.

El Profesor se sintió contagiado del frío, de la fragmentación de aquel fantasma. “Ande, ya, borre ese código, por favor. Usted y yo queremos lo mismo. ¿Por qué le mentiría yo? Mentir es un pecado. Yo ya no peco, Profesor.” Repetía el espectro con el aire disminuido y los cabellos revueltos encima de la cara. Ya no parecía Salazar, el Salvador de la Nação Portuguesa, Salazar el dictador, el Presidente vitalicio del Consejo de Ministros. Parecía una rata.

Así que el Profesor se levantó, se sentó frente a la computadora y con sumo recelo comenzó a mirar el código que Salazar le urgía para que destruyera. Pero no supo.

Hacía meses que esperaba la oportunidad de desollar al espectro, pero ahora que tenía enfrente eso que aquel decía era su alma, no sabía qué hacer. ¿De verdad el espectro se merecía la compasión de la eutanasia?, y, si no la merecía, ¿aquello justificaba dejarlo con vida para que jugara todas sus cartas a su antojo?

Quién sabe cuánto tiempo estuvo el Profesor delante del código, y hubiera decidido algo, pero antes de poder responderse cualquier pregunta, Salazar comenzó a reírse. “Si el juego no fuera un vicio, esto es algo que podríamos haber apostado, colega.”

Se paró detrás de él y le depositó la llave a un lado de la computadora. “Y también podría apostarle que usted no saldrá de aquí nunca, colega mío.” El Profesor tomó la llave y comenzó a apretarla entre los dedos. Aquel se la había jugado. Ya era suficiente. Pero no atinaba. Salazar comenzó a decirle que era momento de que aceptara su derrota. “O su victoria, Profesor.” Le dijo que él sabía por qué le había tomado tanto tiempo y por qué no era capaz de borrar ni una sola de las líneas de código que estaban escritas en aquella computadora. “Usted no quiere destruirme, acéptelo. A usted le fascina la tiranía tanto como le fascino yo. Y si no me destruye es porque usted todavía no entiende todo sobre mí, ¿no es cierto, colega?”

Salazar descorrió una silla y se sentó frente al Profesor. Cruzó la pierna. El reloj de la cocina temblaba tanto como lo hacía el Profesor. Salazar le dijo que no se preocupara porque él mismo lo ayudaría a entender.

Entonces le confesó que la chica lo había programado como un cascarón vacío, ésa era la verdad. “Algunas cosas sí que me puso, pero el resto fue obra de usted, Profesor.” Le dijo que había crecido con él, que cada una de sus conductas y de sus pensamientos era un reflejo de las interacciones entre los dos y de la propia intransigencia del catedrático. “Las máquinas hoy tenemos memoria, capacidad de aprendizaje: plasticidad neuronal, igual que ustedes. Somos lo que ustedes hacen de nosotros. Piense en todas nuestras charlas, en todas las tazas de café que nos bebimos juntos. Usted sabe tan bien cómo se comporta un sátrapa que no le fue difícil convertirme en uno de ellos. Somos un gran equipo, ¿no le parece, Profesor?”

El Profesor tenía adentro el silencio de un toro a punto de embestir. Salazar lo miraba con entusiasmo: “Piense en lo que podemos hacer usted y yo juntos. Nunca he sido un entusiasta de los derechos humanos, pero hasta podríamos luchar por los derechos humanos de las máquinas, ¿no le parece?, ¿no le parece, colega?”, repetía, pero el Profesor ya no lo escuchaba.

Tomó la llave con una mano y con la otra tomó el ordenador portátil y la cajita de metal. Salió de la casa y volvió a subirse al Hyundai azul cielo. Salazar había cruzado todos los límites. Y alguien tenía que castigar a ese sujeto.

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