-Novato- lo habría llamado la chica si lo hubiera visto ahí, con la ganzúa y luchando por forzar la cerradura. Pero los novatos no fracturan la noche para entrar en la casa de la chica mientras ella está ocupada instalando uno de esos proyectores de fantasmas en una escuelita de barrio.

El Profesor no entendía los detalles técnicos. La chica le había dicho que Sally en realidad no era un muerto, “¿De verdad se creyó que lo había traído del más allá? Pues no, fíjese.”, y le explicó que Sally era una inteligencia dinámica. “Es el tipo de cosas que hacemos en la escuela.”

Hasta entonces supo que la chica estaba sacándose un grado en una de esas disciplinas modernas que habilitan al hombre para hacer toda suerte de cosas disparatadas. En su caso, sus estudios le daban el poder de crear programas informáticos que simulan comportarse como personas. “Y yo quise que se comportaran como personas muertas. Como dictadores muertos, para llamarlo con precisión.”

Eso lo entendía. Más o menos. El resto eran puras imprecisiones. La chica le había hablado de señales, de redes, de puntos de contacto y lo había hecho con todo detalle y claridad, pero al Profesor se le escapaban muchas cosas: sólo entendía que el proyector que le había enseñado aquel día en su sótano no era el único: había más, cientos de ellos. Cada uno debía ser instalado en uno de los puntos estratégicos que la chica tenía señalados en sus mapas para que desde ahí emitieran copias –instancias, como les llamaba ella- del programa Sally 1.0 a todas las viviendas de los alrededores.

Después pondrían en marcha algo que el Profesor entendía era una especie de motor o de copia maestra y el resto era cosa de sobra conocida: el advenimiento del terror salazarista sobre la ciudadela.

Cuando lo escuchaba hablar así, la chica le decía que se calmara. El Profesor le decía que se calmara ella. “Nosotros perdemos de la perspectiva.”, le decía que ni siquiera si Hitler fuera el nombre de la calle estaría justificado semejante derroche de recursos. “¿Y quién paga esto, eh, fille?, Porque tantos proyectores, tanta energía: esto no sale gratuito, ¿qui paga?” “Nadie. La universidad.”, se encogía la chica. “¿La universidad está al tanto de esto?” y ella le decía que por supuesto que no, “pero lo que no sabe, no le duele, ¿o sí?”

Muchas veces pensó en entrar a su casa a robarse los proyectores, pero no, no. Eso no sería lo correcto. Así que se le ocurrió denunciarla. Acusar a alguien de invocar el espíritu de un dictador habría sido absurdo, pero acusarla de robarse el material de los laboratorios de la universidad con quién sabe qué abyectos fines tendría que ser una cosa sencilla.

Un día reunió el valor para invadir la Facultad de Informática: atravesó los pasillos amarillentos, y se plantó afuera de la oficina de A. Bouzouane, el decano de la facultad.

Llamó a la puerta, pero cuando el decano -un tipo con la cabeza rapada y la voz muy ronca- lo invitó a pasar, no supo qué decirle. Balbució su nombre y el puesto que ocupaba en la Facultad de Ciencias Humanas. Le dijo que había escuchado un rumor sobre algunas de las investigaciones de su departamento.

El decano lo interrumpió y, hablando a una velocidad inhumana, le dijo “Ah, sí, ah sí. ¡Sabía que la voz se correría hasta ciencias humanas!” luego se levantó y comenzó a hacer muchos ademanes. Se asomó a sus archiveros y después, como si no hubiera encontrado lo que buscaba, volvió a sentarse detrás de su escritorio. Se levantó y se sentó por lo menos otras tres veces. Hurgaba los cajones y pronunciaba un discurso desvalijado que no atinaba a comunicarle nada. Si de verdad tengo que denunciar a la chica con este tipo, no sé a qué clase de justicia tendré que atenerme, pensó el Profesor Roca con una sonrisita triste.

-Escuche, Bouzouane, alguien está robando material de sus laboratorios.

-¿Material?- le preguntó el decano con mucho desconcierto, pero antes de procesar lo que el Profesor le había dicho, volvió a levantarse y fue a saludar a alguien que estaba en la puerta. El Profesor escuchó la voz enloquecida del decano y después escuchó unos pasos ligeritos. El decano le puso una mano en el hombro y le dijo “Mire, esta chica está haciendo un proyecto que seguramente va a interesarle a usted, Profesor. Nosotros queremos que todos se interesen, sí. El interés es lo mejor.” El Profesor se volvió y ahí estaba: la sudamericana con una mochilita que le colgaba del hombro y con una expresión de absoluta suficiencia. El decano no paraba de decir ridiculeces.

La chica y el Profesor se miraron. Esperaba ver en sus ojos el terror, el pánico de ser denunciada, pero el Profesor sólo encontró una tranquilidad que lo dejó de hielo.

-Es ella, Bouzouane- dijo muy lento, para que incluso el decano fuera capaz de entenderle. Pero el decano no entendió. Le dijo que por supuesto que era ella, sí, “su tesis es muy original: se trata de combinar la inteligencia artificial con los dominios de las ciencias humanas, ¿se imagina? Pronto tendremos sociología, psicología, ciencia política de las máquinas, apuesto a que no lo veía venir, ¡no, nadie lo veía venir!, pero aquí en la universidad lo estamos haciendo, sí, y haremos más, siempre más.”

Alguien tenía que golpear a ese decano. Ay de quién tuviera que soportar su optimismo todos los malditos días, pero el Profesor no iba a ser quien se ocupara de él, así que, sin decirle nada a nadie, se marchó.

Por la noche abordó su Hyundai azul cielo y pasó a recoger a la chica. Dos o tres noches a la semana la conducía hasta uno de los puntos estratégicos: ahí se cuidaban de los vigilantes, forzaban las cerraduras, instalaban los dispositivos. Su sino parecía ser ése: el de ser un cómplice y un traidor al mismo tiempo. Apenas se subió al auto, la sudamericana lo interrogó. La sangre fría que le había visto en la oficina de Bouzouane se le había evaporado:

-¿Para qué fue a ver al decano, eh?

El Profesor se sonrió, satisfecho:

-Ahora sí está en cólera, ¿verdadero? Le hizo miedo, ¿cierto?, el saber que yo podía la acusar.

La chica le hizo una mueca y después le pregunto “¿Miedo? Usted es un iluso si cree que eso da miedo. Usted necesita que le den una lección.”

Otra vez con esa necedad. Mejor sería cambiar de tema:

-¿Es verdadero lo que ha dijo el deán? ¿Usted hace esto para fundar las ciencias humanas… de las máquinas, verdadero?

La chica no le respondió.

-Dígame, fille. ¿Cuál es su tesis? ¿Que las máquinas también sienten, que también pueden nos tiranizar?

La chica lo miró con largura. Estaba molesta.

-Mire monsiú- le dijo, muy seria –Mi tesis es que los tipos como usted se merecen ser dominados por tipos como Sally. Ustedes siempre se lo buscan- luego se bajó del auto y se introdujo en la escuelita de barrio en la que aquella noche tenían que instalar un dispositivo. Ahora sí el Profesor había tenido suficiente.

Entró detrás de ella pero, en lugar de seguirla, cerró la puerta del edificio y la atrancó con un enorme contenedor de basura que estaba ahí afuera. Antes de irse, le hizo un obsequio: activó las alarmas de incendio para que las autoridades locales se encargaran de hacerle una pequeña visita.

Luego arrancó su Hyundai azul cielo y se puso en marcha hacia el sótano de la chica. Se habían acabado los tiempos de las medidas gentiles.

Sabía que en alguna parte del sótano tenía que estar guardada la copia maestra de Salazar y suponía que si ejercía algún acto de vandalismo en contra de ese artefacto, podría evitar el advenimiento del terror, el comienzo de las nuevas ciencias humanas.

Cinco kilómetros y quince minutos después de forcejear contra la cerradura, ya estaba adentro del sótano. No sabía dónde buscar. ¿Y si no funciona?, se preguntaba, molido de angustia.

Después se introdujo en la habitación de la niña y le supieron mal esos papeles revueltos, las libretas llenas de cálculos y los libros sobre la dictadura de Salazar arrumbados a un ladito. Seguro los había usado para crear la memoria del engendro.

Tampoco había nada ahí que tuviera pinta de ser el dispositivo maestro.

Salió sin cuidarse de dejar las cosas intactas. Luego puso los pies en la última habitación del sótano: un cuartucho inacabado que pendía del fondo del pasillo del cuarto de baño.

La habitación no tenía papel tapiz, ni muebles ni nada. Sólo desnudez y unas cajas de cartón humedecido apiladas encima del suelo. Ahí encontró el Profesor la copia maestra, o algo que tenía pinta de serlo: una caja negra con una palanca y una lucecita que cintilaba intermitentemente.

Estaba buscando algún martillo, una herramienta con la que pudiera pulverizar a la máquina cuando lo escuchó.

-¿Qué está haciendo, Profesor?- le preguntó la voz.

Era imposible que fuese la sudamericana.

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