A mí papá le gusta mucho hablar sobre los poderes fácticos. Como me ha pasado con innumerables cosas, yo siempre pensé que eso de poderesfácticos era un terminajo que él se había inventado.

Después, claro, se lo escuché a un señor en la tele; después lo vi en un texto muy exaltado de Alberto Aziz y Jorge Alonso que nos mandó leer el profesor de ciudadanía. Después vi un documental muy divertido sobre cómo la Anaconda Copper Company y la CIA conspiraron para poner una dictadura en Chile. Antes de nada me descubrí mi propio potencial para ver conspiraciones en todas partes.

No sé si es un gen, no sé si es un talento que me viene de familia, la cosa es que ahora, en lugar de decirle a mi papá que creo que exagera y que es un conspiracionista, yo igual veo conspiraciones, por ejemplo, en el hecho de que la educación en México no mejore: ha de ser porque los poderes fácticos quieren que México siga siendo un país en el que pásele, pásele, lleve su mano de obra barata y poco educada. Y vamos, que cuando mencioné eso delante de mi papá, él me dijo “¡Eres una conspiracionista!”, como dándome la bienvenida a su muy selecto club de mentes afines.

La cosa es que no sé si me gusta pertenecer al club de los conspiracionistas. Hace algunos meses escuché en un programa de radio una entrevista con un señor que acababa de publicar un libro justamente sobre este tema. El señor en cuestión decía que nos inclinamos por las conspiraciones porque son una alternativa fácil, una excusa para no considerar las múltiples causas que tiene la Historia. Condenaba el conspiracionismo, entonces, porque nos aleja del verdadero conocimiento de la realidad.

Más allá de eso, creo que el asunto de las conspiraciones nos remite a una pregunta fundamental acerca de nuestra condición humana. Aceptar la conspiración es aceptar que todo pasa y todo nos arrasará sin que nadie tenga ningún poder para detenerlo. La conspiración, en realidad, plantea el problema de si somos autónomos o deterministas.

Explicar el mundo por medio de la conspiración constante es lo mismo que decir: si alguna vez tuvimos la más remota autonomía o el más remoto poder individual, no se preocupe, éstos ya han sido secuestrados por el poder fáctico de su preferencia. Y es que la conspiración nunca viene con su kit de antídotos. Venden muchos libros que nos informan sobre quiénes nos controlan la vida, pero nadie nos dice qué hacer. Estar informados no sirve de mucho. La información sólo es el barranco al miedo, a la apatía, a la sensación constante de estar viviendo en un libro de George Orwell o de Philip K Dick.

Después de la conspiración, la libertad individual parece el credo en el que se refugian los ingenuos. Y entonces toda posibilidad de acción y toda posibilidad de cambio quedan automáticamente anuladas.

Por eso cuando mi amiga Cursigini me dijo que quería vender unas playeras y juntar dinero y donarlo a instituciones que promueven la mejora educativa en México, me pareció un poco ingenuo, pero igual le dije que estaba dentro. No fue sino hasta que hablé cara a cara con ella que me di cuenta de que la propuesta tenía verosimilitud. Me dijo que la idea de apoyar a individuos específicos para que continúen con sus estudios es porque la educación puede mostrarles otra perspectiva de qué podría gustarles hacer con su vida aparte de ser mano de obra y/o vender drogas.

Quizás lo que se puede hacer con el dinero recaudado de unas playeras no es mucho y quizás no va a cambiar el hecho de que la política internacional tal vez sí esté orientada a no mejorar la educación de los países en desarrollo, pero al menos es no resignarse al determinismo conspiracionista. Al menos es levantarse y afirmar que, después de todo, uno sigue teniendo un poquito de poder individual.

No me gustan estos discursos de “hay que poner nuestro granito de arena” porque me parecen sencillamente muy cursis. Pero sí creo que si nosotros no afirmamos nuestro poder individual contra el determinismo, nadie lo va a hacer por nosotros. Y eso, creo, es justamente lo que ellos no quieren que hagamos.

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