Cuando la chica le explicó el plan, el Profesor le escupió con la voz angulada que se trataba de terrorismo y él jamás participaría en una actividad de esa índole. No importó cuántas veces la chica le dijo que sólo sería terrorismo si a la gente le daba miedo. “¿Y a usted le da miedo?”, le preguntaba. “Porque si le da miedo ha de ser por cobarde y no porque nosotros seamos  terroristas, no, no eso nunca.”

Mira si esta niña pretende darme lecciones de qué es y qué no es el terrorismo. A mí. Precisamente a mí, se dijo mientras abría zanjas alrededor de la mesa de la cocina y se llevaba las manos a la cabeza. No se iba de aquel sótano solamente porque se le ocurría que tenía que hacer algo. Debía de haber algún delito inscrito en el Código Penal en el que se pudiera encuadrar lo que estaba haciendo aquella señorita. Invocación ilícita del espíritu de un dictador. Conspiración y tentativa de reproducir la aparición e introducirla en los hogares de cientos de familias québécoises para atormentarlas con el propósito, ¿con el propósito de qué? ¿De ejercer presión para que le cambiaran el nombre a una callecita de ochenta metros?

No, no, a la chica el nombre de la calle le daba igual. El insulto, el homenaje a la tiranía le daban igual. Eso estaba visto. Entonces, ¿qué pretendía lograr con esa tentativa?, se preguntaba el Profesor mientras la miraba ahí, sentada a la mesa con su carita de yo no me comí ese insecto y los ojitos antorchados. Esta niña quiere hacer el mundo arder, se dijo el Profesor. Pero ay de mí si yo se lo permito.

-Está bien. Haremos lo que usted quiere- le dijo al fin, martillándola con las pupilas- Pero llévese a este tipo, porque su presencia me hace incómodo.

Pero la chica no se lo llevó ese ni los otros días. Parecía que sus poderes de vudú o de médium o de lo que fuera no le alcanzaban para mandar al espíritu de Salazar un ratito de regreso a la Ciudad de Ultratumba, aunque fuera sólo durante la cortedad de las visitas que le realizaba el Profesor una o dos veces por semana con el propósito oficial de discutir los detalles y progresos del plan terrorista y con el propósito secreto de descubrir las fallas, de saber qué hacía la chica para invocar a aquella entidad y entonces ser capaz de detener sus apariciones.

Así que el Profesor deshacía su semana desempolvando estudios etnográficos, llamando a amigos antropólogos a los que no había visto en cientos de años para buscar coincidencias y para poder, al fin, cuando se llegaba el día de poner los pies en el sótano de la chica, identificar el signo de los brujos yaquis o de algún ritual de Catemaco.

No encontró el signo ninguna de las veces que la visitó. Siempre hallaba a la chica con unas gafas de pasta que la hacían ver todavía menos bruja y con la cabeza inclinada encima de mapas, mapas y mapas. No parecía haber nada de sobrenatural en ella salvo las interrupciones que hacía a su trabajo para preguntarle al señor transparente que se sentaba a su lado: “¿Quieres el periódico de hoy, Sally? ¿Te sirvo más café, Sally?” Y luego le rellenaba una taza de aspecto tan incorpóreo como el del sujeto mismo y éste se acomodaba en el asiento y, dándole un sorbito a la taza, seguía leyendo sus periódicos o sus libros sobre los debates políticos contemporáneos: sobre el ascenso del Islam o el neoliberalismo.

Al Profesor le hervía la sangre de verlo ahí, tan seguro de su derecho a la existencia. Le hervía la sangre la normalidad retorcida con la que se comportaban la señorita y el engendro. ¿Así cuándo voy a descubrir algo?, se preguntaba y se revolvía en el asiento. Pronto hacía también el ademán de querer marcharse.

-¿A dónde va, Profesor?- le preguntaba entonces aquel, con una voz bien modulada. Se quitaba las gafas y dejaba su lectura sobre la mesa. Luego le preguntaba su opinión sobre cualquier tópico y el Profesor no podía resistirse a responderle con virulencia y a llevar la discusión hasta los salones del Tribunal de La Haya para juzgar al espectro por todos los crímenes de su régimen.

Pero el Profesor era un tribunal incompetente. El dictador zanjaba todos los barrizales con la elegancia de quien nunca se moja los pantalones. Le sonreía después, con ese aire paternal, y seguía hablándole de las maravillas de su Estado Novo. Hablaba siempre en presente, como si nadie le hubiera dicho que a estas alturas él ya no pintaba de nada en Portugal ni en ningún otro sitio.

Hasta le contó en presente una anécdota pavorosa sobre los cincuenta días de indulgencias que la Iglesia concede a quienes rezan la oración de Salazar, Salvador da Nação Portuguesa. “¿No lo cree, Profesor?”, añadió al ver que el hombre se reía con escepticismo, y luego sacó del bolsillo de su terno una estampita amarilla. Ahí estaba, escrito en portugués: cincuenta días de indulgencia para quienes recen estas preces, y una foto del aparecido envuelto en una capota horrendo. “Tome, récela para ver si se le aplacan esas ideas demócratas que tiene, caballero.”

Usted es un sinvergüenza, Salazar, pensaba el Profesor y lo peor era que se iba volviendo más sinvergüenza cada día. No conforme con pedirle su opinión, ahora arremetía contra él: lo acusaba de ser un comunista, un libertino, un enemigo de todas las naciones.

A veces la chica lucía complacida de verlos discutir. A veces, sin embargo, se acaloraban tanto que la chica tenía que callarlos a los dos porque estaba mirando unos planos de las instalaciones eléctricas de la ciudad y el par de freaks de la política no la dejaba concentrarse.

-¡Basta ya, Sally, deja en paz al Profesor!- y Salazar se callaba. Volvía a su lectura. Un dictador abyecto obedeciendo las órdenes de una espiritista todavía más abyecta. Un día Salazar le respondió que se callaría por decencia, pero tú deja de llamarme así. “Ya te he dicho que Sally no es nombre para el padre y el esposo de la patria. Tienes que llamarme Profesor Doctor como todos los demás, señorita.”

La chica miró al techo y luego miró al lusitano y le dijo que no fuera ridículo. “No te llamaré así, Sally. Yo no.” Pero Salazar le clavó unos ojos afilados como tenedores y le dijo: “Si me llamas Sally otra vez, el Profesor Roca –quien evidentemente es un experto- te hablará sobre cómo se resuelven este tipo de problemas en los cuarteles de la policía secreta.”

La sudamericana no despegó los ojos del techo y, entre dientes, le susurró: “Está bien, Profesor Doctor, lo que usted diga.” Pero al parecer le resultó tan humillante darle ese tratamiento a su mascota fantasma que en la siguiente ocasión en la que el Profesor Roca tuvo que visitarla, ya no se encontró al aparecido sentado a la mesa de la cocina.

-¿Y qué hizo usted con él?

-Nada. Lo apagué.

-¿Cómo que lo apagó?

-Pues sí, monsiú, lo apagué.- la chica se levantó de su asiento y se quitó los zapatitos negros para subirse a la silla- ¿Qué quería que hiciera, pues? ¿Que lo dejara prendido toda la vida?

El Profesor volvió la vista al techo para ver qué rayos hacía la chica, pero antes de comprender lo que pasaba, la niña se bajó de la silla y le puso en la mesa un dispositivo parecido a los proyectores que se usan en los salones de la escuela.

-Pero si tanto lo extraña puede prenderlo otra vez, digo, allá usted- le dijo señalándole un botoncito verde que adornaba uno de los costados de la máquina proyectora.

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