A propósito de lo de Charlie Hebdo, mi papá y yo concluíamos que la consigna es defender las libertades cuando su uso implica insultar a los que no viven como nosotros –o a quien caiga, realmente- y negarla cuando se trata de gente a la que se le da la gana vivir en teocracia o regir su vida por principios que no comprendemos, porque entonces se dice de ellos que son bárbaros, que viven en el siglo IX y peor: entonces se justifican intervenciones militares en su contra.

Quizás suene descabellado, pero creo que el catálogo de las libertades occidentales se enriquecería si se le añaden el Derecho a ser un bárbaro, el Derecho a vivir en el siglo IX o cuando yo quiera y el Derecho de un pueblo a no vivir en democracia si no le parece apropiado.

Estas son el tipo de cosas que me descubro pensando cuando sale alguna noticia sobre los países islámicos o sobre Corea del Norte. Seguramente me dirían que los deseos de estas personas de vivir así no emanan de la libertad, sino de una especie de lavado de cerebro a través de la propaganda, pero vamos: nosotros también recibimos la propaganda que nos hace favorables al estilo de vida libertario desde que somos unas creaturas diminutas, así que, ¿qué nos hace fundamentalmente diferentes?

He pensado esto en varias ocasiones. Esta vez, sin embargo, de repente me sentí muy radical. Me dije: “Hablas como si tú no te beneficiaras en nada de las libertades occidentales. ¿De verdad te daría lo mismo vivir en un país en el que imperase el fundamentalismo islámico?”

Entonces pensé en aquella vez que una amiga muy cursi, después de darme una lista de las seis o siete empresas que controlan todos los medios oficiales en el mundo, me dijo “Pero no es para alarmarse, eh. Yo creo que hoy en día hay mucha libertad de expresión: en los medios independientes y en internet realmente la gente puede hablar sin ningún tipo de censura.”

Y es cierto. Si en estas latitudes las cosas funcionaran como en Irán, por ejemplo, yo no podría abrir mi blog y escribir que quizás los periodistas de Charlie Hebdo se lo buscaron sin estar segura de que el gobierno no va a cerrar mi blog y tal vez hasta venir a buscarme. Así que sí: una de las cosas que más me gusta hacer descansa sobre una de las libertades occidentales, por lo tanto, ¿debo callarme ahora mismo y adherirme a los que claman Je suis Charlie como consigna para defender la libertad de expresión?

No lo creo. En primer lugar porque es una consigna muy ideológica. Vuelvo a mi necedad de este otro post y menciono que hace no mucho leí la noticia de unos ya no periodistas, sino ciudadanos de a pie a los que mataron por decir algo acerca de no sé qué narcos en el blog de denuncias de una red ciudadana, ¿quién les inventó a ellos una consigna que defienda su libertad de expresión?

En segundo lugar, porque creo que es necesario denunciar el doble discurso. Apoyo que vivamos con ciertas libertades, lo que no apoyo es que el discurso de la libertad se use para justificar actitudes contrarias a la libertad misma. Por ejemplo, creo que Occidente me caería mejor si dijera: “Oye Medio Oriente, la verdad es que no queremos exportarte la democracia porque te vaya a hacer más libre. Sólo queremos hacerlo porque nos da miedo que pienses diferente y que puedas encontrar la fortaleza de arremeter contra nosotros.” “Oye América Latina, la verdad no te impusimos la economía neoliberal porque ya sabes, neoLIBERAL. Sólo lo hicimos porque queremos pagarte tres centavos por tu mano de obra y venderte nuestros productos sin competir con tu industria local.” “La verdad es que vamos a seguir imponiéndoles cosas cuando se nos dé la gana, pero a cambio les daremos ciertas libertades individuales, ¿cómo ven?, ¿les late?” Eso por lo menos sería honesto.

Sé que alguien me diría que Occidente no puede decir eso porque todo sistema necesita del discurso para sostenerse, pero entonces, justo por eso la defensa de la libertad de expresión debe estar en el cuestionamiento del discurso y no en una tragedia que se mediatiza solamente para seguir sosteniéndolo.

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