El Profesor Roca se tropezó por primera vez con el rostro de su enemigo en el sótano de la chica. Como no esperaba el encuentro, aquel mediodía empuñó la mano y llamó a la puerta de la chica mientras pensaba que finalmente ella le firmaría la petición.

La chica le abrió solamente a medias, se asomó por el resquicio y le preguntó “¿Qué quiere hoy, monsiú? Ya ríndase. Yo le dije que nadie le iba a firmar, ¿no se acuerda?”

El Profesor abrió con desmesura sus ojos de batracio y la miró sin comprender. ¿A qué venía ese cinismo? Por qué ya no lo invitaba a pasar ni le servía bebidas indescifrables en tazas con dibujos de animalitos como hacía antes, cada vez que él pasaba de nuevo por su quartier buscando las firmas que todos le negaban.

La chica tampoco tenía intención de firmar, pero por lo menos no le cerraba la puerta en la cara y optaba mejor por reírse de sus esfuerzos por cambiarle el nombre a la Rue Salazar. “Cómo es posible que en un país amante de la democracia hay todavía calles con nombres de tiranos”, le decía el Profesor y ella se reía con la risa de un mamífero pequeñito.

Él la reprendía. Daba un puñetazo que hacía temblar las tacitas y le decía “No se ría, enfant. Usted no conoce a Salazar, pero usted viene del sur. ¿Cómo se sentiría si hay una Rue Pinochet? ¿O una Rue Trujillo, eh? ¿Eh, fille?” La sudamericana -de qué país venía, nunca se lo dijo- lo miraba con sus ojitos brillantes y sin disolver su sonrisa de suricata le decía que no se quejara. “Allá en el sur votaríamos por Pinochet si se presentara otra vez en las elecciones. Y usted reúne firmas para que le cambien el nombre a una calle, monsiú, usted es un terco. Por eso debería quitarse su apellido francés y cambiárselo por Roca, ¿ve cómo le sienta mucho mejor?”

Y ahora ni siquiera sus bromitas tropicales. Solamente el quicio de la puerta abierto, los ojos de pupilas redondas que lo miraban con desprecio y la excusa de siempre. “Hoy no lo invito porque tengo mucho que estudiar, monsiú, pero suerte con las firmas.” Y un portazo. Pero ya fue suficiente. “Esta niña me va a oír”, se dijo el Profesor aquel día y atravesó los dedos en el faldón de la puerta para que la chica no pudiera cerrarla.

¡Attendez!– le gritó.

La chica lo miró con unos ojos torvos. Él le sostuvo la mirada mientras pensaba en decirle alguna línea fulminante. Ella se le adelantó:

Atendé, atendé- repitió con aire burlesco– ¿Sabe cuál es el problema con usted, monsiú Roca? A usted le ultraja mucho que ay, tengamos una calle con el nombre de un dictador portugués del año de Marras. Pero, ay, ¿qué hace al respecto usted: el hombre radical, el paladín de todas las democracias pasadas, presentes y futuras?- al Profesor le rechinaron los dientes.

-Nada. Usted no hace nada. Escribe al periódico. Recaba firmas. Organiza, junto con sus colegas de la universidad, una marcha pacífica. Cualquiera diría que su amor por la democracia lo ha convertido en un iluso, ¿y sabe qué pasa con los ilusos, Profesor?

El Profesor soltó un abstruso gruñido.

-Todos los ilusos reciben su lección- le dijo  la chica, apoyada en el marco de la puerta y mirándolo con el aire de quien se pasea por una feria local. Una lección. ¿Lo estaba amenazando acaso? Además, ¿qué quería que hiciera, pues? “¿Quemar la puerta del Palais de la Justiciá?”, le preguntó empujándose hacia el frente, hacia el umbral de la puerta.

La niña soltó un resoplido y luego le dijo que no, no, “¿quemar puertas? Por favor. No, lo que usted tiene que hacer es actuar como un profesional.” Como un profesional, ¿qué quería decir con eso? El Profesor la hizo a un lado y atravesó la puerta. Alcanzó a ver que las escalerillas que bajaban al sótano estaban más oscuras que de costumbre. Pero no se distrajo:

-¿Y cómo es que actúa un profesional eh, fille?

La chica torció la sonrisa. Cerró la puerta de la casa y comenzó a contarle una historia que se sabía de memoria porque él mismo se la había contado:

Cuando el Profesor visitó el departamento de planeación urbana, un funcionario tan ocre que parecía víctima del paludismo le dijo que jamás cambiarían el nombre de la calle. Sí se llamaba así por Antonio de Oliveira Salazar, el dictador ése, pero Salazar es también un apellido muy respetado entre la comunidad hispanohablante, ¿para qué cambiarlo? “Eso sólo sucederá si la ciudadanía lo exige o –los ojos le resplandecieron a la chica en la violenta penumbra del umbral- si el nombre de la calle se convierte en una amenaza para la seguridad de la villa, ¿se acuerda usted de eso?”, le preguntó.

El Profesor la miró sin comprender.

-Pues bien, monsiú- añadió la chica tomándolo del brazo para que bajara con ella las escalerillas del sótano.- He estado pensando que si el fantasma de Salazar se estuviese apareciendo en algún lugar de la villa –digamos, aquí abajo en mi sótano- y comenzase a atormentar a los ciudadanos con sus malos hábitos de dictador, y la gente asociase esta –carraspeó- calamidad. Sí, llamémosle calamidad, con el nombre de la calle, ¿no cree usted que estaríamos ante una amenaza para la seguridad de todos en la villa?

El Profesor tardó un momento en comprender. Un fantasma. Esta  vez fue él quien rompió a reír. “Ustedes, los del sur. Vienen al Canadá y creen que ya con eso se vuelven muy civilizados, pero, ¡óigase!, ¿qué superchería es ésa de hablarme de fantasmas?”, le espetó entre risitas.

Pero no se rio por mucho tiempo. Habían llegado al final de la escalera y desde el rellano pudo ver que allá, en la cocina, se transparentaba la silueta de un hombre vestido con un terno impecable y gris. Llevaba el cabello engominado y a una orden de la chica -que lo llamó con algún absurdo diminutivo, quizás le dijo Tony o Sally- el tipo tornó la cabeza con el pasmo de una manecilla de reloj para encontrarse cara a cara con el catedrático.

El Profesor retrocedió un paso pero no le soslayó ni un momento la mirada. Le inyectó con los ojos todo el desprecio del que se sintió capaz, pero aquel, el aparecido, le devolvió el gesto con unos ojos de santo y luego colgó de sus labios delgadísimos una sonrisa que parecía decir “Está bien, hijo, te perdono todos tus pecados.”

Ésa fue la primera vez que el Profesor Roca se tropezó con el verdadero rostro de su enemigo. Y no fue la última, porque verá, tengo un plan, fue lo siguiente que le dijo aquella niña de ojos puntiagudos y de nacionalidad imprecisa.

Y  vaya si se trataba de un plan disparatado.

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