Una amiga escritora me mandó un inbox para decirme que quería matar a un amigo suyo. No es raro que quiera matarlo. En realidad, se ha quejado tantas veces de él que a mí lo que me sorprende es que siga siendo su amigo. “¿Y qué te hizo ahora?” Nada, resulta que el tipo -uno de esos gamers empedernidos- quería convencerla de que un videojuego tiene el mismo valor que una obra literaria.

“¿Y qué has leído tú, pues?”, le preguntaba mi amiga al sujeto éste. “Medea… Momo… ya no me acuerdo. Una vez vi una peli en la que todos se quedaban ciegos y me gustó. Estaba chida la historia.” Quizás el tipo tenía el referente vago de que la película Blindness está inspirada en Ensayo sobre la ceguera. Pero de seguro no sabe ni siquiera quién es José Saramago. Lo único que le importó es que “la historia estaba chida”.

No es raro esto. A todos nos cautiva una “historia chida” y cada vez somos más exigentes con las narrativas que consumimos. Pero, al mismo tiempo, cada vez distinguimos menos entre la literatura y el story-telling. Pregúntele usted a quien quiera: le van a decir que un libro tiene la misma función primaria que una película, un cómic o un videojuego: todas cuentan una historia.

La cuestión, lo que se les escapa es que la literatura tiene que ver con la belleza, la honestidad y los deseos de explorar el alma. Lo esencial en ella es la atención al lenguaje: decir con las palabras lo que las palabras no pueden comunicar. El story-telling, en cambio, es una herramienta que nos sirve para contar historias. Ni siquiera está ligado a un medio de expresión y ni siquiera tiene un fin más allá del de una historia bien contada y que le guste a la gente.

Los que hacen series, videojuegos o cómics tienen que seguir las reglas del story-telling. Los que hacemos- o queremos hacer- literatura, podemos seguirlas. Ayudan, sí, pero no creo que tengamos la obligación de escribir con ninguna fórmula ni de producir nada al gusto de nadie; así que me gustaría decir que nunca escribiré más que lo que me dé la gana, pero a quién engaño. Esta semana me inicié en una empresita de videojuegos y parte de mi tarea será escribir cosas que yo no me inventé y que quizás de mi gusto no escribiría nunca.

Lo irónico es que sí me dan ganas de escribir videojuegos. O no. Es un deseo ambivalente. Por un lado, he tenido trabajos mucho más horribles: es natural que ahora me emocione sacar pasta de algo que por lo menos tiene un poquito que ver con lo que deseo hacer de la vida.

Por otro lado a veces reviso el catálogo de Steam y encuentro cosas cada vez más raras: me da la impresión de que no hay nada que no se le haya ocurrido ya a alguien: hay juegos ambientados en el surrealismo de los años veinte, en el Chile colonial –con indios mapuche y todo- y en las favelas de Sao Paulo.

Miro estos juegos con curiosidad pero también con una creciente desazón: ¿a dónde nos llevan todas estas historias?, ¿de verdad nos enseñan algo, cumplen una función en nuestra alma o sólo están ahí para hacernos aguantar nuestras horas de ocio cada vez más infladas y nuestras vidas cada vez más miserables?

A veces me descubro pensando que el estado más avanzado del capitalismo es éste en el que la industria vomita historias y no productos físicos. Lo que empezó en Hollywood a principios del siglo veinte hoy se consuma con el internet, con la publicidad, con el social-gaming y todas esas cosas que a uno le enseñan en las clases de narrativas emergentes y que le hacen pensar a uno “¡Pero mira! Ahora podemos contar historias hasta con la sopa, ¡qué buenos tiempos son éstos para los narradores!”, pero, ¿tenemos razón en pensar así?

Marcel Gauchet dice que la democracia se ha vuelto impotente ahora que está extendida por todos lados en el globo porque, a fuerza de no tener opositores, perdió su energía vital y su espíritu combativo. Qué cosas: a veces la victoria es la derrota. Lo mismo parece suceder con las historias: en estos tiempos en los que la microficción es la reina y en los que el story-telling está en las albóndigas, en los tennis de tu hermanito y en todos lados porque todo cuenta una historia, la narrativa parece haber perdido su capacidad de significar y su espíritu subversivo. Ya no leemos historias para encontrarnos, ahora las consumimos para perdernos.

Por eso creo que escribir literatura no es nada más un ejercicio de la imaginación o un capricho de individuos obsoletos. Escribir literatura, así nadie la lea, es también un pronunciamiento político.

Glosario para despistados:

-Gamer: una persona clavada con los videojuegos.

-Steam: es una de las principales tiendas y comunidades online de videojuegos para PC. En su catálogo hay de todo: desde los videojuegos más populares hasta juegos rarísimos de estudios pequeñitos. Se distingue por su apoyo a los juegos independientes y por sus increíbles descuentos en ciertas épocas del año.

-Social-gaming: son los juegos o modos de juego que involucran interacción social. Es un concepto amplio. Entran aquí los juegos multijugador en línea, pero también los juegos que usted juega en Facebook y después envía invitaciones masivas a sus amigos y cosas por el estilo.

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