Tomo un taxi afuera de la central y le pido al taxista que me lleve al aeropuerto. Apenas me escucha hablar, me pregunta si soy española.

-No, mexicana- le digo. Ni que me viera tan europea. Y ni que no hubiéramos mexicanos deslavaditos, pienso mientras el taxista empieza a contarme que hace poco estuvo dos semanas en México. “En Acapulco”, dice. Yo le digo que no conozco Acapulco y él dice que le pareció maravilloso. “Es que es como allá donde nosotros, ¿sabe?”, entonces me dice que es marroquí y que México es como Marruecos: la comida picante, el clima, el aspecto de las calles. Hasta la gente se parece.

La conversación toma otro curso y ya nunca le digo que a mí me gustaría conocer Marruecos. Pienso en las dunas, en esas ciudades de adobe enterradas de sol y de arena contra un cielo ignominiosamente azul y luego pienso que probablemente me estoy imaginando las ciudades de más allá del Narrow Sea que salen en Game of Thrones. O sea, no me estoy imaginando nada. Nada realista, por lo menos.

Lo mismo que nadie se imagina nada realista cuando les digo que vengo de México. Todos me dicen, “¡Ah, sí, México! ¡Rivi-e-ra maia!”, que según me dicen ya está llena de parques que son como Disneylandia, pero a lo maya. Ofrecemos un turismo folklórico, una especie de país de ficción para que los extranjeros que vienen de países civilizados puedan olvidarse un ratito de sus ciudades asépticas y hundirse en esa otredad que sabe a barbarie y a modos de vida muy anteriores al tiempo.

Y mientras ese deseo de folklor subsiste en el imaginario colectivo, nosotros, los que vivimos en esos mundos todavía semisalvajes nos la pasamos añorando una civilización que nada más no nos llega. Por eso el taxista se sale de Marruecos y viene acá, donde tiene seguridad social y un cuarto para cada uno de sus hijos. Por eso mi novio se la pasa pensando en Europa: en los museos, en las universidades y en el día en que su pasaporte ya no diga que es mexicano. Pero yo me pregunto, ¿de verdad aspiramos a esa civilización que a veces es sinónimo de renuncia y siempre es sinónimo de homogeneidad?

Hace algunos días leí en un artículo que hay un montón –trillones tal vez- de lenguas que van a desaparecer en el mundo digital. Es decir, como nadie desarrolla software en lituano, si usted habla lituano, va a tener que resignarse a aprender ruso o alguna lengua en la que Photoshop sí esté disponible. Un usuario comentó que es natural que las lenguas desaparezcan, que no debemos preocuparnos de que cada vez vayamos a hablar menos y menos lenguas porque estamos llamados a la homogeneidad: así como antes los hombres se vestían de distinta manera en cada país y ahora ya nos vestimos igual en todas partes, también así todos terminaremos hablando inglés, chino o árabe solamente.

El comentario del sujeto me heló porque lo relacioné con otra cosa: en una exposición sobre especies amenazadas aprendí que casi todas las especies que están en peligro son endémicas. A futuro, si no mejoramos nuestra conciencia ambiental, no acabaremos con toda la fauna, pero sí acabaremos con toda la fauna específica y estaremos condenados a vivir en ecosistemas homogéneos y encuadrillados, en donde encima vivirán hombres que se visten igual y que hablan la misma lengua porque no está mal que las lenguas desaparezcan, no está mal que nos civilicemos y que todo lo que nos hace específicos sea desplazado por modos de vida más y más postmodernos, ¿o sí?

Cuando llego al aeropuerto pienso que quizás por eso todos estos monos arrastra-maletas salen de viaje: porque la ficción del viaje, la ficción de la Riviera Maya o la ficción de un Marruecos de ciudades de adobe es lo único que le queda a quien en nombre de la civilización ha decidido arruinar todo lo salvaje.

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