A mi universidad le gustaría creer lo contrario, pero mi educación humanística apesta. He pasado cuatro años frente a una computadora haciendo dibujitos digitales, ¿qué tanto puedo saber yo de humanismo?

Así que bueno, para hacerle frente a mi deficiencia, aproveché mi semestre en el extranjero y la libertad de una asignatura tópico para meterme de polizón en una clase de ciencia política.

No esperaba que mi futuro como politóloga pirata fuera brillante, pero he de decir que tampoco esperaba quedarme con cara de ¿qué de veras escribí puras patrañas? cada vez que el maestro me regresara mis ensayos calificados. Bueno, pero estás aprendiendo, ¿no?, me decía a mí misma y sí, estaba aprendiendo. El profesor, aunque de leguas se ve y actúa como un hombre de derechas, también se ve y actúa como un hombre inteligente.

O eso pensaba yo hasta que el otro día el señorcito invitó a uno de los compañeros -un treintón que quiere complementar su carrera militar con formación política- a hacer una exposición en clase sobre un libro que se llama ¿Qué queda del Occidente?

El título del libro me hizo esperar algún ilustrador –y gratificante- discurso sobre la decadencia de la civilización occidental, pero no, lo que el chico militar nos expuso fue un sumario medio soso de los costes de la guerra contra el Estado Islámico. Luego finalizó repitiendo la misma pregunta que hizo al inicio: ¿Está usted de acuerdo con la intervención occidental en el Medio Oriente? Y complementó la reflexión con tres fabulitas, o mejor dicho, con tres dilemas morales de esos en los que tienes que sacrificar algunos civiles para poder salvar miles de millones de vidas humanas.

Mis compañeros comenzaron a debatir y yo me quedé como siempre, calladita con mi francés horrendo y mi falta de erudición, hasta que finalmente lo comprendí. Escuchando a mis compañeros y sobre todo, al maestro, entendí que el libro sí se trataba sobre la decadencia del Occidente: pero no porque los valores occidentales sean decadentes per se, no, ¿cómo se me ocurre pensar eso?, sino porque es una pena que los hombres del Occidente, envilecidos por las satisfacciones materiales, duden sobre el valor de sacrificarse para salvar vidas y exportar la democracia al Medio Oriente, sin importar que los costes hasta ahora hayan sido altos y los resultados, muy escuetos.

El profesor argüía repetidamente que cómo es posible que algunas personas piensen que Occidente no debe intervenir porque no es asunto nuestro. Si usted ve a un hombre golpeando a su mujer en la calle, tampoco es asunto suyo, pero, ¿lo va a permitir?

El chico que estaba sentado a mis espaldas se atrevió a disentir y cuestionó la legitimidad de imponerles nuestros valores aun si se trata de evitar la violencia. Me cayó bien el chico. Se me ocurrió alzar la mano para comentar su intervención, pero el militar le respondió antes, con más de lo mismo:

-Pero es que mira, allá una mujer vale menos que una vaca. No se trata de imponer, porque abrimos escuelas y la educación puede hacer mucho- y bla, bla, bla.

Fue suficiente para mí. Levanté la mano y con mi francés de tres pesos dije bueno, si se trata de intervenir para salvar a la gente, entonces ¿por qué no empezar a intervenir en todos los sitios en los que hay violencia? Por ejemplo, en mi país, cien mil o quién sabe ya cuántas muertes en la guerracontraelnarco; en Ciudad Juárez a las mujeres las matan peor que a las vacas, ¿qué tan difícil puede ser una operación para desmantelar todos los cárteles y tirar al narcogobierno? Pero nadie lo va a hacer porque no se trata de eso. Y lo saben. Salvar a la gente y promover la democracia es sólo la excusa. Y subrayo: sólo una excusa. Fin.

Claro, mi intervención fue la mitad de elocuente. Y mucho más cauta, también. El profesor me miró como si acabara de contar un chiste malo y dijo “Bueno, no cabe duda de que hay muchas opiniones.” Me sentí como una imbécil, pero, mientras caminaba a casa de regreso de la universidad, me eché a reír. “No cabe duda de que hay muchas opiniones”. Sí, y no cabe duda de que mi comprensión del mundo es pobre y de que mi metáfora fue mala. Basta con abrir cualquier portal de noticias para darse cuenta de que hay como diez escalones de absurdo entre intervenir en el Medio Oriente e intervenir en México. Eso lo supe desde antes de abrir la boca.

Lo que quería decir -y por eso el absurdo intencional de mi ejemplo- es que no veo la necesidad de la mentira. En la Edad Media la gente hacía la guerra para apoderarse de los recursos del vecino. Nadie se esforzaba en ocultarlo. Y ahora que nos hemos civilizado, resulta que mentimos y mentimos porque ésa parece ser la única bondad que nos ha dado la adorada democracia de los occidentales: la de tener que escuchar mentiras cursis todo el maldito tiempo porque si no mentimos, ¿qué va a pensar la opinión pública de todas las abyecciones de nuestra cultura?

Y yo no concibo que un señor que tiene doctorado, libros publicados y que es tan inteligente sea cómplice de una mentira tan chafa. Tampoco concibo que nosotros, en nuestras problemáticas regionales, también seamos cómplices de las cursilerías de la democracia todos los días. Y subrayo, sí: todos los días.

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