Ayer una amiga compartía con alarma una noticia en la que se afirma que habrá penas de cárcel para quienes osen criticar al gobierno en redes sociales. La noticia tenía mala pinta, la verdad. Y no lo digo porque ay, qué horror que nos vayan a mandar a la cárcel por ejercer nuestras libertades constitucionales, sino porque el sitio en el que estaba publicada se veía de muy mala muerte: hasta tenía un loguito de CNN colgando con timidez de una esquina como para darle legitimidad a algo que sonaba francamente ridículo.

Mi amiga, por supuesto, no se había creído la noticia. Su alarma obedecía más bien a que ese tipo de publicaciones –aunque falsas- ponen de manifiesto lo que el gobierno puede hacer a nuestras espaldas y lo que la mala información puede hacer de nosotros si no buscamos respuestas con nuestros propios recursos. Preocupaciones del todo legítimas, pero a mí me parece que detrás de esto hay preguntas mucho más perturbadoras que uno puede hacerse, a saber: ¿por qué rayos alguien se molesta en abrir un blogspot, maquillarlo un poquito, editar una foto de Osorio Chong y luego redactar una noticia tan disparatada?

Puede haber una infinidad de respuestas. La más inofensiva es la de un espíritu cínico que se levantó con ganas de inventarse un timo y ver cuánta gente se lo creía. La más siniestra, en cambio, nos lleva a preguntarnos si no habrá acaso alguien beneficiándose del hecho de que el gobierno sea percibido como una entidad mucho más represora de lo que en realidad es.

Y ojo, no estoy a punto de defender esta idea de que todo lo que está pasando es resultado de un complot del Peje para desestabilizar el gobierno de Peña Nieto, no, esa idea me parece tan reduccionista como la de afirmar que todos los males del mundo son culpa del copetudo. Simplemente me estoy preguntando quién o de dónde viene la fuerza que ha estado movilizando a tantas personas –sobre todo a los jóvenes- en los últimos meses.

Me gustaría creer que estamos viviendo un verdadero despertar de la sociedad civil y que estas cosas no vienen de ningún sitio más que del espíritu democrático de los ciudadanos, pero, siendo francos, ¿cuántos de nosotros tenemos la mínima educación política como para salir a las calles y blandir una protesta informada? Vamos, lo que me preocupa no es que haya figuras siniestras urdiendo revoluciones desde las sombras –aunque a mí, como escritora de ficción, me encante la idea-, sino que si la gente se afilia al discurso de cambio social con la misma ceguera con la hasta hace pocos meses miraban con indiferencia al régimen, ¿qué podremos esperar de cualquier cambio que se produzca si de fondo nosotros no nos hemos vuelto más conscientes y más educados?

Celebro que los jóvenes se manifiesten en contra de la corrupción, la impunidad y la ineficacia del gobierno. Celebro que amigos míos que antes sólo hablaban de animé y de renders estén preocupados por la situación política del país post-Ayotzinapa. Lo que no celebro es la desinformación y la ceguera. No basta con salir a la calle y gritar consignas. No basta con difundir noticias que empeoran la imagen del gobierno. A mí me gustaría escuchar propuestas. Me gustaría que, al menos uno de todos estos revolucionarios de clase media y de universidad privada que pasan su día en las redes sociales dijera “Las cosas van mal. Pero, ¿ven ese caminito montañoso de allá? Por ahí es por donde tenemos que irnos porque la experiencia de tal nación funcionó de tal manera. O porque ése es el camino que propone tal teórico en tal obra.”, qué sé yo, pero por ahí me parece que tendría que ir la cosa. Así quién sabe, tal vez hasta yo dejaría la comodidad de mi cinismo.

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